Original en el El Mundo.es, del 1 de octubre de 2010

Por Aparicio Caicedo Castillo

Lo que se está viviendo en Ecuador es macondiano. Se impuso una vez más el sinsentido, el más absoluto sinsentido. Un puñado de policías, reclamando prebendas y privilegios, ha sido capaz de colapsar el país entero. La debilidad institucional es obvia, manifiesta, pero a eso estamos ya más que acostumbrados. No es novedad. No se trató de un amago de golpe de Estado, apenas una huelga de la policía, secundada por uno que otro militar que quiso pescar en río revuelto.

Al final, eso ha sido lo mejor que le podría haber pasado al régimen de Correa, que se dará un bañito de popularidad, mientras explota las escenas cursis de un presidente llamando a la muerte, a la vez que su propia guardia pretoriana repartía plomo ante unos manifestantes sin nada más que gases lacrimógenos. Cualquiera se hubiera envalentonado, porque en Ecuador nadie teme a la policía, saben que les cobran cada bala que disparan, cuando tienen alguna que disparar con sus vetustas pistolas. Eso y algunas hordas de delincuentes de medio pelo, oportunistas que saquearon tiendas en barrios populares.

Ha pasado inadvertido en el mundo entero el espectáculo de censura mediática implementado. Esa sí que ha sido la única novedad de lo ocurrido en Ecuador, suceso inédito. Correa inmediatamente ordenó sacar del aire a las emisoras de radio y televisión privadas, para llenar su espacio con la propaganda goebbeliana emitida por los medios públicos. Desde el hospital en el que estaba supuestamente secuestrado, pudo ordenar la censura, declarar el Estado de excepción, y seguir “demostrando” lo bravo que era.

Ni la omnipresente CNN internacional tenía más que emitir que lo que le filtraba el Gobierno. La única versión de los hechos que el mundo conoce es la que el Estado ecuatoriano ha querido dar. Y por muchas horas esa fue la única versión que incluso los ecuatorianos conocieron. El espectáculo de las redes sociales ha sido penoso, con decenas de periodistas en twitter, mendigando al menudeo alguna fuente independiente de información. Y nada. La respuesta recibida del director de un canal de televisión local: “nos han dicho que si emitimos nos cierran”.

Mientras, las fuerzas armadas, esos eternos parásitos, que en Latinoamérica terminan siempre fungiendo de árbitros del bien y del mal, llamaron a la calma, supuestamente “subordinadas al Gobierno”, pero sin olvidarse de imponer ciertas condiciones: asegurarse más privilegios. Una facción del Estado chantajeando a la otra, lo de siempre. Y todas sacaron algo.

Sabemos también lo que vendrá. La tartufocracia correísta iniciará una campaña de victimización, aprovecharán la ocasión para sumar más poder, para arrinconar más la poca libertad que el Estado no haya engullido todavía. La patria lo valdrá todo, todo sacrificio, todo abuso.

Un nuevo episodio de bananorepublicanismo. Pero nosotros ya estamos acostumbrados. Y mientras, la OEA, esa gran insignificante, monta el número, improvisa un guión perogrullesco. Al final del día tendrán la culpa lo yanquis, o las oligarquías.

Para ponerle más exuberancia, el ministro español Moratinos advierte que desplegará todo el “arsenal diplomático español”. Supongo que nada es poco para defender los feudos de poder de sus coleguitas latinoamericanos.

Algo se demostró y se demostrará. La oposición, y la propia sociedad civil, no tiene capacidad de reacción en Ecuador, ya no. Cerraron canales, y los periodistas cedían antes las amenazas del Gobierno. Mientras, todos los “analistas” internacionales justificarán sus honorarios y atención hablando de democracia, de respeto al orden inconstitucional. Y estaré de acuerdo con ello. No habría nada peor para Ecuador que dejar que el gorillorium castrense tome el poder, o dirima su ocupante nuevamente. Pero pocos, muy pocos, reconocerán que gran parte de lo que analizan es un encuadre mediático urdido desde Quito, que se apuró a poner los filtros adecuados tan pronto pudo, y dominó el flujo de información con facilidad.

One thought on “Ecuador: censura mediática y falso golpe

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