Original en El Mundo.es, del27 de octubre de 2010.

Por Aparicio Caicedo Castillo

Los adolescentes asesinados por un pelotón de sicarios en Tijuana se suman a una triste lista de mil doscientos menores que han caído en México, víctimas de las balas de los narcos, víctimas del sinsentido. Un ítem más al catálogo de tragedias como la sucedida, hace pocos meses, al ecuatoriano Luis Freddy Lala Pomavilla, quien sobrevivió a la carnicería perpetrada por los Zetas haciéndose el muerto entre una pila de 72 cadáveres.

Ese incidente deja en evidencia, una vez más, las derivas más absurdas de la guerra contra las drogas que el gobierno estadounidense lleva librando por décadas. Una “guerra”, la más larga del siglo XX, en la que sólo han salido ganando los propios narcotraficantes, algunos contratistas de la DEA y el Pentágono, uno que otro político estadounidense populista, varios grupos terroristas, y una enorme burocracia trasnacional; una “guerra” que ha cobrado millares de vidas en Latinoamérica (más de 28.000 muertos, sólo en México, desde 2006), y que ha sido perdida una y otra vez, año tras año (porque el consumo y la producción de drogas es hoy más alto que nunca, al igual que su rentabilidad). Una “guerra” que ha creado monstruos como los Zetas. Véase entrevista al juez conservador de California, Jim Gray; desnuda el absurdo de esta mal llamada “guerra”:

La “guerra contra las drogas” es una de las consecuencias menos reconocidas pero más nocivas del auge del paternalismo estatal. Se incubó a comienzos del siglo XX, de la mano de la prohibición del alcohol, aupada por la ilusa fe del movimiento progresista americanoen el Estado-papá-terapeuta, ese que cuida nuestra salud física y mental mejor que nosotros mismos (la serie de TV de HBO, Boardwalk Empire, retrata magistralmente este episodio histórico). Fue declarada oficialmente durante los 70s por el conservadurismo nixoniano, hincha del Estado-papá-sacerdote, ese que cuida nuestra salud moral y espiritual mejor que nosotros mismos. Y fue universalizada en los 80s por Reagan, el héroe del Estado-papá-imperio, ese que cuida de la salud mental, espiritual, moral y física de los estadounidenses repartiendo plomo por medio mundo (recomiendo dos libros muy reciente sobre este proceso: Politics of Cocaine y Cocaine Nation).

Lo que acabó con el imperio de Al Capone no fue Eliot Ness, sino la relegalización del alcohol. Lo que acabará con los Zetas y compañía no será el Plan Mérida, ni el Plan Colombia, ni ninguna otra fórmula mágica repleta de dólares y balas. Lo que se necesita es reformular la cuestión en esencia. Últimamente están tomando cada vez más fuerza las voces que defienden la legalización de las drogas como única medida realista. Haymuchas razones éticas y prácticas que avalan estas propuestas. Hasta el antiguo presidente mexicano Vicente Fox se ha declarado abiertamente partidario de esta alternativa; lo mismo que han hecho antiguos mandatarios de Brasil, Colombia, España, y hasta el ex secretario general de la OEA. En California se está discutiendo seriamente la legalización de la marihuana, posibilidad que ha recibido mucho apoyo, incluso del propio artífice intelectual de la inquisición farmacéutica de Reagan, Eric Sterling.

No obstante, como bien apunta Ted Galen Carpenter, del Cato Institute, mientras el gobierno de EE.UU. —principal mercado de las drogas del mundo— no tome cartas en el asunto, nada de esto servirá. Lastimosamente, parece que Obama no quiere oír hablar del tema por el momento, él prefiere seguir con la receta estatista tradicional. Al fin y al cabo, el coste político es tolerable; la mayoría de las “bajas” son mexicanas, o colombianas, o ecuatorianas, y mueren en otros países. Al elector estadounidense eso lo tiene sin cuidado.

Mientras tanto, “el narco” puede dormir tranquilo, su negocio seguirá prosperando ad infinitum.

4 thoughts on “War on Drugs: la política del sinsentido

  1. Como sabes, Vargas Llosa hablaba de esto mismo en su último artículo de El País. Mi vena liberal me anima a estar de acuerdo con su planteamiento (y el tuyo, claro). Pero veo varios problemas (en los que en ningún momento entra la moral) para los que admito mi falta de respuestas claras:

    1. O la legalización es mundial o, si no, se mantendría la veta criminal del narcotráfico. Es decir, por muy legal que sea el consumo en California, ¿eso erradicaría las mafias en producción y distribución en otros países si allí son ilegales? En un mundo como el actual, ¿de verdad sería realista pensar en poner a todos los países de acuerdo, sabiendo la cantidad de intereses creados y corrupción institucional en torno a la droga?

    2. Imaginemos que la legalizamos. Como el tabaco o el alcohol. Yo vería razonable poner algún límite, por ejemplo, de edad para su consumo. En ese caso, ¿cómo combatir el mercado ilegal para menores? En general, ¿qué hacer con los menores en un entorno donde las drogas, no solo blandas, pueden estar a su alcance con facilidad? ¿Ahí sí que, de repente, pediríamos ayuda al estado para que nos ayudara a deslegitimar su uso?

    3. El coste económico. Supongamos que se legalizan las drogas y se crea un mercado libre de drogas (con los impuestos para el Estado, por supuesto, ejem). No me parece descabellado pensar que aumentaría el consumo. Mucha gente que ahora ni se asoma a las drogas puesto que son un producto ilegal, clandestino, de gente “mala”, podría empezar a consumir. Habría anunciantes que reclamarían nuevos usuarios, competiciones de surf financiadas por “Cocaina Pérez” y cosas así. Porque supongo que cuando hablamos de legalizar las drogas hablamos de legalizarlas todas, no solo las blandas como en Holanda, ¿no? En ese caso, visto el enganche que producen las drogas fuertes y sus devastadores efectos en quienes las consumen, ¿quién pagaría los tratamientos médicos de tanta gente (que, según la premisa inicial, cada día serían más)? Porque en la Europa estatista en la que nos movemos, la Sanidad es universal… es decir, que la tendríamos que pagar tú y yo, ejem, “contribuyentes”. Lo que nos faltaba.

    Sin más, son dudas para las que no encuentro salida intelectual satisfactoria.

    Un abrazo.

  2. Muy buenas Alberto,

    Perdona por la demora. Gracias por el comentario. Te digo lo que pienso.

    1. Tienes toda la razón en el primer punto, hasta que no se universalice el tema poco efecto tendrán las “legalizaciones puntuales”, aunque bien son un primer paso muy importante, como en Holanda, Portugal, etc. Y no sólo eso, las drogas que en realidad causan violencia son las más duras, como la cocaína, que son las únicas lo suficientemente rentables como para financiar los ejércitos privados de los narcos y los sobornos millonarios. En el post sobre los “errores” de la Prop. 19 tengo un enlace interesante que habla sobre el tema.

    2. Encuentro una falacia en ese argumento, y es el considerar que hoy en día el acceso a las drogas no es fácil para menores. Es muy, muy fácil. De hecho, en EEUU, es más fácil conseguir drogas de todo calibre que comprarse una cerveza. El hecho de que sea un mercado sumergido e informal lo hace más difícil de controlar. Y, lógicamente, como hoy se hace con el alcohol en algunos lugares, deberían haber restricciones para menores, así como para su consumo en lugares públicos, centros educativos, etc. Las drogas ya están al alcance con facilidad, hoy. Y, por otro lado–y este es un argumento más intuitivo–sabemos que la decisión de consumir o no para un menor no depende de si la droga es legal o no, sino de otros factores como su consciencia de los peligros de la adicción, seguridad personal, educación recibida. El hecho de que sean ilegales, por último, las hace más atractivas. Un ministro holandés decía que en Holanda de ha reducido el consumo juvenil de cannabis porque la “legalización” hizo que la marihuana se torne aburrida”.

    3. El consumo puede aumentar inicialmente, sin duda. Pero hasta ahora también ha crecido, y cuando ha bajado no ha sido generalmente por la vía de la criminalización, sino por que las personas han tomado consciencia de los peligros. No obstante, la historia dice esto no pasa siempre. En Portugal han tenido muy buenos resultados con la discriminalización del consumo de absolutamente todas las drogas, y no han subido los niveles de consumo. Y, además, si lo que preocupase en verdad serían las consecuencias indirectas (violencia, costes de salud, adicción, accidentes, etc.) deberíamos, si quisiesemos ser consecuentes, comenzar por prohibir la principal causa de todas esas “desgracias eventuales” que es el alcohol, de acuerdo a todo estudio realizado.

    4. Y por último, es que creo el argumento de base, el Estado no es competente constitucionalmente para decirme que debo consumir, o que sí, apenas para regular esos escenarios y situaciones en los que el consumo pueda causar daños de manera muy probable (cuando conduzco, cuando estoy en ciertos lugares, si soy menor de edad, etc.). Y considero que el hecho de prohibir su comercialización también es contrario a los principios constitucionales básicos. Es un tema muy distinto a, por ejemplo, el aborto, porque en este caso entra en consideración los derechos de un tercero (el feto), y ya estamos discutiendo la posible vulneración de la vida de éste. Y ahí si que el Estado está legitimado a intervenir, pero no para defenderme a mí, de mí mismo, como con las drogas.
    Un abrazo

  3. Gracias, Apa.

    1. OK.

    2. No es una falacia. Quizá lo expresé mal. No conozco tanto USA (aunque dudo de esas facilidades: para comprar alcohol solo necesitas de alguien mayor que te lo proporcione, así de simple), pero en España la cosa es así: puede ser fácil conseguir drogas de todo calibre, de acuerdo, pero es infinitamente más fácil conseguir alcohol de cualquier gradación. La ley limita la compra a los 16 años pero esto es un jolgorio y casi cualquier barbilampiño puede comprar un Jack Daniels en cualquier tienda de barrio, de chinos o, incluso, en los supermercados (si no son muy grandes). ¿A qué voy con esto? A que precisamente la legalidad el alcohol (y la permivisividad de los vendedores) lleva a que cualquier chaval de entre 12-16 años haga botellón sí o sí. Ayer mismo salía en las noticias.

    ¿Este consumo masivo y facílisimo del alcohol tiene que ver solo con su legalidad? Estoy de acuerdo en que no. Como dices, también influye la “consciencia de los peligros de la adicción, seguridad personal, educación recibida”, etc. Pero, ¿no crees que el hecho de que sea legal el alcohol conlleva todos esos otros elementos? Hagamos por un momento el paralelismo, en un país como España, de que comprar drogas duras fuera tan fácil como comprar tequila. Ufff. Ese es uno de los problemas que me encuentro con mi propio liberalismo: que es idealista como él solo, jeje, sin terminar de pactar con la realidad.

    Por cierto, el mito de que lo ilegal las hace más atractivas es, eso, un mito. Nada demostrado. !Como si la ilegalidad de la pederastia o del robo los hicieran más atractivos…! Que no todos los jóvenes son imbéciles y se saltan los semáforos en rojo por rebeldía permanente, jeje.

    3. Muy interesante el caso de Portugal. Pero, claro, ahí sigue siendo ilegal el tráfico y la creación de drogas. Lo que no deja de ser un absurdo: usted puede consumirla, mientras no pregunte qué muertos hay detrás. Para el caso del narcotráfico, Portugal sigue siendo tan daniño como cualquier otro país, ¿no?

    4. En este último punto, por supuesto, comparto cien por cien la base de lo que dices, Apa. Pero apuntas un matiz intervencionista, regulador, que es el que me preocupa. El que no consigo encajar en mi razonamiento, quiero decir. Y donde creo que radica una de las claves de todo esto. Dices: “apenas para regular esos escenarios y situaciones en los que el consumo pueda causar daños de manera muy probable (cuando conduzco, cuando estoy en ciertos lugares, si soy menor de edad, etc.)”. El problema, intuyo, con las drogas duras como la cocaína, es que esos daños de manera muy probable se sitúan (los sitúan, razonablemente, supongo) en el mismo acto de consumir. Si el consumo me crea adicción y me destroza a mí y, a largo plazo, a mi entorno, ¿por qué no regularlo también? Si el consumo de cocaína me convierte en un ser no-libre, ¿cómo reivindicar la libertad de acción? Y si aceptamos que el Estado, tan tartufo, pueda intervenir en la responsabilidad de mi conducción para defender los derechos de un tercero, ¿por qué no puede hacerlo antes o en más casos? ¿Por qué es el estado el que se arroga el derecho de decirme a mí cuáles y cuándo surgen esas “causas probables”?

    En esto, me da que los más coherentes que conozco son los “objetivistas”, los seguidores de Ayn Rand: aborto sí porque es mi cuerpo y, por supuesto, cualquier tipo de drogas y que el Estado no se meta ni un ápice en mis decisiones. Como si quiero conducir bebido: tendré la libertad para asumir las consecuencias de mi libertad. Vamos, en resumen: el derecho al propio suicidio, si a uno le da la gana. Por eso creo que hace aguas la filosofía de Ayn Rand: porque es una pescadilla que se muerde la cola.

    Perdona que escriba algo desordenado. Te respondo mientras como el bocadillo de media mañana y voy a toda prisa. Insisto: me ha encantado descubrir el blog y ver que estamos en la onda. Pero, por desgracia, no tengo certezas en muchos de estos temas y noto agujeros difíciles de solventar.

    Gracias por tu tiempo.

    Alberto.

  4. No creo que el objetivismo sea coherente por el hecho de aceptar el aborto. En el universo académico liberal este es un tema muy abierto, unos a favor y otros en contra. Yo creo que quienes defienden esa posición dan por supuesta una premisa básica: que el feto no es una vida humana digna (porque si lo fuera no podrían defender el aborto sin contradecir la máxima primaria del liberalismo: Estado debe proteger vida, libertad y propiedad). Yo creo que ese punto es precisamente el centro del debate, y mientras no se resuelva, es decir, mientras no sepamos exactamente cual es el comienzo de una vida digna, no se puede aseverar fehacientemente nada. Las drogas, creo yo, son otro cuento distinto.

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