Original en El Mundo.es, del 11 de noviembre de 2010

Por Aparicio Caicedo Castillo

Ecuador, cada día que pasa, se parece un poco más a España. A la España franquista quiero decir; la de los cincuentas y sesentas, la de la represión, la mojigatería y los emigrantes pobres. Y como Madrid en aquellos años, Quito también quiere salvar la nación de la “desinformación”, construyéndose un emporio mediático propio, y limitando el mezquino libertinaje de los diabólicos medios privados, apostando por la “producción nacional”.

De hecho, la TV Española fue creada por Franco, al igual que la agencia EFE, etc. El Caudillo, patriota empedernido, quería preservar la españolísima españolidad de España y defenderla de sus “enemigos” (es decir, cualquiera que lo contradiga), asegurándose los instrumentos adecuados para vender su perorata. Para ello restringió la propiedad privada de los medios de comunicación, dio preferencia a la difusión de contenido de origen local, evitando nocivas influencias extranjeras, e incluso prohibió la difusión de la corrupta cultura pop americana, tan proclive ésta al pernicioso liberalismo económico que él como buen fascista odiaba. Ni hablar de la censura draconiana aplicada a los diarios por décadas, justificada siempre por ese misterioso bien común del que todos hablan pero nadie ha visto.

Lean las restricciones que quieren imponer los legisladores ecuatorianos adeptos al Gobierno (“Proyecto de Ley de Comunicación” le dicen, siempre tan satíricos ellos) y las similitudes saltan a la vista: satanización de medios privados (con eufemismos baratos como “dimensión social de la libertad de expresión o con frases acartonadas de algún académico europeo de medio pelo), restricción de la inversión extranjera, prohibiciones absurdas para banqueros y otras especies rapaces, cuota impuesta de “talento” local, idealización del Estado como encarnación de las bondades públicas, bla, bla, bla.

Pero los neofranquistas ecuatorianos han sido honestos, hay que reconocerlo; nos dejan pequeñas pistas que nos ayudan a descifrar la genética autoritaria de sus ideas; la más llamativa sin duda es una referencia perdida en un pie de página del proyecto de ley oficialista (nota 10), una cita de Arturo Jauretche, sponsor intelectual del peronismo. Dice así:

“Porque los medios de información y la difusión de ideas están gobernadas, como los precios en el mercado y son también mercaderías. La prensa nos dice todos los días que su libertad es imprescindible para el desarrollo de la sociedad humana, y nos propone sus beneficios por oposición a los sistemas que la restringen por medio del estatismo. Pero nos oculta la naturaleza de esa libertad, tan restrictiva como la del estado, aunque más hipócrita, porque el libre acceso a las fuentes de información no implica la libre discusión, no la honesta difusión, ya que ese libre acceso se condiciona a los intereses de los grupos dominantes que dan la versión y la difunden”.

Lo imagino derramando sus lágrimas sobre el papel que escribía estas palabras, con devoción “justicialista” pura. La cosa es que detrás de este poema en prosa con pretensiones doctrinales se esconde la esencia misma del totalitarismo estatista. Y la historia se encargó de demostrarlo. Juan Domingo Perón era un populista de vocación fascista, admirador acérrimo de Mussolini; definía su ideología como “socialismo pragmático” (¡alucinen!). “Primero la Patria, después el Movimiento y luego los hombres” solía decir (Las 20 Verdades Peronistas no tiene desperdicio). Esta fichita llegó a controlar los medios argentinos, estableciendo una fuerte represión y censura, comprando con dinero del Estado medios privados, creando otros estatales, llegando a controlar todas las radio (advertencia: cualquier analogía con el presente será elucubración de la mente cochina del lector). Así fue como el mítico Perón plasmó la máxima de Jauretche, cuyo legado hoy también inspira al proyecto legislativo correísta, de acuerdo a sus propios autores.

Otra pista maravillosa es la que nos dejan en el propio preámbulo del proyecto de ley; me enteré leyéndolo “que la vigente Ley de Radiodifusión y Televisión [ecuatoriana] fue promulgada durante la dictadura militar”. No me extraña, los proyectos de ese tipo siempre escudan ínfulas liberticidas. Demasiados ejemplos nos pone la historia, incluso entre gobiernos democráticos: Woodrow Wilson inauguró los esquemas de propaganda estatal moderna con el tristemente célebre Comité de Información Pública, creado para convencer a los ciudadanos de apoyar la I Guerra Mundial. Fue él mismo presidente americano quien impuso el servicio militar obligatorio y encarceló a todo paisano que osaba contradecir en público sus ansias bélicas. El newdealer Franklin D. Roosevelt, por su parte, creó Voice of America para colar también propaganda del Gobierno durante la II Guerra, mientras mandaba a campos de concentración a todos los ciudadanos con ascendencia japonesa. Y todo esto se hizo con la complacencia del respetadísimo Tribunal Supremo de los Estados Unidos (moraleja para los tartufócratas: no citen en el proyecto de ley un mamotreto judicial como si se tratase de las Sagradas Escrituras). Y ni qué decir de las gracias publicitarias de verdaderas dictaduras, de auténticos gendarmes de la soberanía nacional como Pinochet o la monarquía Castro.

Y ya que les gustan las frases célebres, para el próximo proyecto de ley, les recomiendo a los cruzados de la democracia mediática esta cita, de un tal Hesse: “Todo hombre es algo personal y único, y querer colocar en lugar de la conciencia personal una colectiva, es lo que se llama abuso y el primer paso hacia todo lo totalitario”. O esta otra, de un tal Camus: “El Estado se identifica… con el conjunto de mecanismos de conquista y de represión. La conquista dirigida hacia el interior del país se llama propaganda (‘el primer paso hacia el infierno’…) o represión”. Aunque creo que encaja mejor con su encomiable propósito ésta, de un tal Chesterton: “El antiguo hipócrita, un Tartufo…, era un hombre con unos objetivos realmente mundanos y prácticos, pero pretendía hacernos creer que eran religiosos. El nuevo hipócrita es un hombre cuyos objetivos son realmente religiosos, pero pretende hacernos creer que son mundanos y prácticos”.

5 thoughts on “Neofranquismo Andino

  1. Pues lo que cuentas no me suena tan raro y lejano… aquí las cosas van por el camino. De forma un poco más sutil, si tal, pero poco a poco hacia el control total y absoluto de los medios de comunicación. Incluyendo la censura como parte de su política, claro está. O sino que se lo digan a Albert Boadella y su grupo “Els Joglars” que han tenido que “emigrar” de Cataluña por sus comentarios.

    No podemos criticar a los de fuera, cuando aquí vamos a peor.

    Un Saludo Felino
    miau

  2. Tienes toda la razón, gracias. Los Gobiernos nacionales con Estados y los Gobiernos nacionalistas sin él se parecen mucho en eso. Lo que sucede en Ecuador (donde nací y viví casi toda mi vida) y muchas partes de Latinoamérica, se parece mucho a lo que sucede en algunos rincones de esa España invertebrada.

  3. ¡Coctél perfecto! Populismo latinoamericano con totalitarismo europeo. Lamentablemente, el Ecuador no aprendió de los intentos dictatoriales de Velasco, ni de las dictaduras de botas y votos… y veo difícil que realmente lo haga.

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