Que el Gobierno ecuatoriano esté nervioso con la campaña de recolección de firmas iniciada por el antiguo periodista Carlos Vera, no me extraña. Es lógico, cualquier tartufócrata estaría preocupado por una persona que lo quiere sacar del puesto. No debe sorprender a nadie el numerito de la tartufoministra pidiéndole información al diario El Universo, en un ejercicio interpretativo bastante alegre de la legislación de trasparencia informativa.

Lo que sí me impresiona es la mecánica argumentativa de la tartufoministra Soliz. Usa el adjetivo “público” como una especie de fórmula mágica que hace que el Estado automáticamente se convierta en un Dios todopoderoso al que ningún profano ser humano se puede resistir.

El término “público”, hoy en día, es el equivalente de lo que antes se conocía como “sagrado”, aquello que la RAE define como “digno de veneración por su carácter divino o por estar relacionado con la divinidad”. Todo lo “sagrado” antiguamente estaba regulado por la Iglesia, o por el Estado. Ejemplo: a Denis Diderot, el famoso enciclopedista del siglo XVIII, lo encerraron un tiempo por “hereje”, que es lo que se dice de quien “niega alguno de los dogmas establecidos por una religión”. Es decir, lo encarcelaron precisamente por meterse a opinar en el ámbito de lo “sagrado”, territorio reservado al clero o a las autoridades encargadas de la censura. Más aún, durante los muchos años que se editó la L’Encyclopédie, sus artífices tuvieron que hacer malabares para pasar el examen de los censores de lo sagrado (algo así como el Consejo Nacional de Telecomunicaciones de la época).

Así vemos que los tartufócratas siempre se inventan algún adjetivo para justificar su ánimo de control. Antes decían “sagrado”, luego dijeron “patriótico”, o “nacional”,  y ahora es “público”. Pero el concepto siempre reposa en la más pura metafísica; en la creación de una entidad incorpórea (Dios, pueblo, nación, etc.), justificada en la realización de algún fin mesiánico (salvación eterna, justicia social, igualdad, grandeza nacional), y por tanto digna de veneración. Así, quien ejerce el poder político justifica todas sus gracias. Lo “público” o “nacional” adquiere una categoría superior, es un universo por encima de lo “hereje”, de lo “profano”, de lo “privado”. Lo “privado” se convierte en el reino de la herejía, el ámbito de lo pecaminoso.

Hay que reconocer que la Iglesia, al menos, no anda con pretensiones racionales, se reconoce a sí misma como una entidad de naturaleza religiosa, sabe que la aceptación de sus verdades depende, en última instancia, de la fe. Y, gracia a Dios (nunca mejor dicho), hoy el clero ya no tiene el poder para imponer nada a nadie. El que decide creer y seguir sus dogmas lo hace voluntariamente. No sucede lo mismo con el socialismo del siglo XIX y sectas afines, porque estos sí que tienen pretensiones seculares, y usan el Estado como herramienta para imponer su beatería justiciera.

2 thoughts on “Lo público/sagrado y lo privado/hereje en Ecuador

  1. Muy acertado punto de vista desarrollado en el articulo anterior. Lo mas lamentable es que desgraciadamente con el lavado de cerebro que se le ha hecho al pueblo a travez de la masiva campaÑa propagandista de este gobierno. Muchos todavia responden con la Fe de que les llego el Mesias. Es verdad vendieron la idea como algo sagrado. Una nueva religion. Lo vengo diciendo hace tres años,

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