La andina ciudad de Ambato se ha convertido, nos dicen, en la muestra empírica de las bondades del modelo proteccionista aplicado por el Gobierno ecuatoriano. Al parecer la sustitución de importaciones ha hecho de la ciudad una joya: tiene bajo desempleo y su industria florece. Y todo ello gracias a su industria de calzado.

Es indudable que la industria del calzado crece como nunca gracias a los aranceles impuestos a las importaciones de zapatos desde el extranjero. Imponer un arancel a productos que podríamos importar de afuera beneficia a la industria nacional que fabrica ese producto; incluso si esta es muy ineficiente y sus precios poco competitivos.

Dada esta ventaja artificial quien resulta perjudicado es el consumidor. Miles de consumidores tendrán que pagar más por un producto de calidad inferior o a un precio mayor al que podría encontrar en un mercado libre de aranceles. El perjuicio esta distribuido en los miles de consumidores de zapatos a nivel nacional. Las medida proteccionista protegerá a centenas o decenas de productores. Esto no hace más que propiciar la desigualdad dándole un mercado cautivo a uno o varios empresarios.

Parafraseando a Frederic Bastiat, el agudo intelectual francés del siglo XIX, este es el típico caso donde lo que “se ve” está concentrado en unos pocos beneficiarios, y es fácil de identificar; y lo que “no se ve”, es decir, el perjuicio, está disperso en muchos afectados y es difícil de identificar.

Henry Hazlitt en su libro “La Economía en Una Lección” nos indica que aparte de los consumidores existe un segundo grupo de afectados por esta medida, otros empresarios:

El arancel ha sido definido como un medio de beneficiar al productor a expensas del consumidor. Ello es correcto en un sentido. Los partidarios del arancel piensan solamente en los intereses de los fabricantes directamente beneficiados por los derechos de que se trata. Olvidan, desde luego, el interés del consumidor, al que directamente perjudica el pago de tales gravámenes. Pero es equivocado examinar el problema arancelario como si se tratase de un conflicto de intereses entre consumidores y fabricantes, considerados en su conjunto. Es cierto que los aranceles perjudican a todos los consumidores en cuanto tales. Pero es equivocado suponer que benefician a todos los fabricantes en cuanto tales. Por el contrario, como acabamos de ver, subvencionan a los fabricantes protegidos a expensas de todos los demás fabricantes nacionales y particularmente de aquellos que poseen un mercado potencial de exportación más amplio.

Ilustremos con un ejemplo lo que indica por Hazlitt, y digamos que, por ejemplo, los aranceles elevan unos cuantos dólares el precio de todos los pares de zapatos; el precio de los zapatos nacionales sube porque los empresarios tienen un mercado cautivo. En resumen, el consumidor ecuatoriano deberá desembolsar un monto mayor de sus ingresos para comprar zapatos. Lo que no está a la vista son todos los puestos de trabajo que no se crearon o se destruyeron cuando se deja de consumir bienes y servicios con ese dinero extra que el consumidor deberá invertir en zapatos. Antes, con el mismo dinero, podría haber adquirido unas medias, ahora sólo le alcanza para los zapatos.

Esto hace más pobre al consumidor pues tendrá solo los zapatos (posiblemente de menor calidad) y si quiere las medias tendrá que abonar dinero extra, también hace más pobre al comerciante de las medias que verá reducidas sus ventas; o al desempleado, que podría haber buscado trabajo en la industria de medias.

Los teóricos del proteccionismo–encarnado también en distintos siglos y lugares por el mercantilismo, el corporativismo o las políticas de sustitución de importaciones–justifican sus medidas indicando que al importar productos del exterior las industrias nacionales son afectadas en sus ingresos, y por tanto el desempleo aumenta.

Aquí hay dos cuestiones claves: la primera es que la industria nacional, sin la protección artificial del Estado, se habría visto obligada a ofrecer un mejor producto a un menor precio; pues solo así se convertiría en la primera opción de compra para los consumidores ecuatorianos. La única manera de hacerlo es siendo más competitivos y eficientes. La otra opción es dedicarse a producir algo en lo que sí puedan competir.

Si no podemos competir con los chinos en zapatos, juguetes y baratijas, debemos cerrar esas industrias en el Ecuador y dedicarnos a producir lo que nos resulte más ventajoso y especializarnos en lo que seamos más productivos. Debemos aprovechar la división del trabajo global que nos permite comprar al menor precio posible un bien o servicio.

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La segunda cuestión es que, efectivamente, un mercado libre produce perdedores; específicamente, los trabajadores y empresarios ligados a las industrias que no pueden competir con los productos fabricados en el extranjero. Pero también existen dos claros beneficiarios: los consumidores que conseguirán un producto a un mejor precio por lo cual tendrán mas dinero en su bolsillo para destinarlo a consumir otros bienes o servicios. De esta manera se benefician los empresarios y trabajadores que producen esos productos y servicios. No existe un aumento del desempleo sino un desplazamiento de los trabajadores de las industrias afectadas.

Los gobiernos engañan a mucha gente haciéndole creer que, al limitar las opciones de compra de los consumidores, por arte de magia aparecen productivos empresarios, quienes a su vez disminuyen el desempleo al contratar empleados. Esta prosperidad artificial, un verdadero juego de suma cero, solo favorece a los propietarios de empresas protegidas, pero empobrece al país como conjunto. Nuevamente cito a Henry Hazlitt:

Hemos visto que el sobreprecio que los consumidores pagan por un artículo protegido reduce en una suma igual su capacidad adquisitiva para comprar otros artículos. No se deriva de ello ganancia alguna para la industria del país considerada en su conjunto. Pero como resultado de tal barrera artificial levantada contra los productos extranjeros, el trabajo, el capital y la tierra son desviados de las producciones más rentables a otras que ofrecen menores perspectivas. Por lo tanto, como consecuencia de los obstáculos arancelarios, la productividad media del trabajo y del capital nacional queda reducida.

Todo arancel favorece a unos pocos, pero perjudican a un número grande de consumidores que estará tan disperso como para tomar cartas en el asunto y reclamar al respecto. El beneficio debería ser para el consumidor, que somos todos, y no de uno o varios productor con conexiones políticas.  Si no queremos premiar injustamente la incompetencia de  determinados grupos de presión, lo que se debería fomentar es un verdadero libre mercado sin aranceles, cuotas de importación u otras barreras al comercio. No se debería dar protección artificial a industrias nacionales ineficientes, a costa de otras empresas más eficientes y competitivas.

One thought on “El mito del proteccionismo en Ecuador

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