Por Miguel Casanova y Mario Silar

La discusión suscitada en España por la polémica ley anti-tabaco, vigente desde el pasado 2 de enero, constituye un nuevo síntoma del delicado y complejo avance de la cosmovisión científica moderna sobre todas las áreas de la vida social. Gabriel Zanotti, ofreciendo una aguda reinterpretación del epistemólogo Paul Feyerabend, ha advertido de los peligros que subyacen en algunas leyes actuales, funcionales a la cosmovisión cientificista, y que reflejan una decidida unión ciencia-estado. Se trata de una unión que poco tiene que envidiar a la unión Iglesia-estado propia de la premodernidad. En efecto, hace algunos siglos, resultaba normal que las verdades enseñadas y defendidas por la Iglesia fueran, en cierta medida, impuestas a través de la autoridad civil secular-estatal. En las sociedades con fuertes convicciones religiosas, la certeza de estar en la verdad, otorgada por la fe, hacía que fácilmente se creyera que era oportuno imponer un determinado modus vivendi, aunque ello supusiera la coerción y la violencia. Además, no se debe olvidar que en el contexto cultural medieval, la Teología era “el” saber científico por excelencia. Por tanto, nada resultaba más razonable que dejar al saber teológico iluminar las reglas que regían la convivencia social. Con el tiempo, las revoluciones y, fundamentalmente, con la razón, se llegó a la conclusión de que, como señalaba uno de los grandes pensadores del siglo XX, “la verdad no se impone sino por virtud de sí misma” siendo inútil obligar, prohibir o imponer la verdad. La adecuada distinción entre Iglesia y Estado, que supone nuevos desafíos –bien es sabido que el número de personas que dicen profesar la religión en Europa occidental ha disminuido significativamente en los últimos años– constituye una mejor comprensión en la interrelación entre ambas esferas. Entre las cosas positivas cabe destacar un elemento que resulta fundamental para la existencia de la libertad religiosa: los practicantes hoy pueden profesar su fe libremente, en virtud de sus propias convicciones; no de modo formal o por imposición o por buscar los beneficios que se seguirían de formar parte de una religión oficial.

Con las legislaciones anti-tabaco (anti-descargas, etc.), sucede algo parecido. En efecto, se ha producido una suerte de unión ciencia-estado por la que se pretende imponer algunas “verdades” respecto del bien y de la vida humana que quedarían legitimadas por el aura de “cientificidad” que estas conclusiones tendrían. Y todo esto sin tener en cuenta el intenso debate epistemológico sucedido a lo largo del siglo XX en el que se da cuenta del carácter conjetural y falible del saber empírico-científico (Popper, Kuhn, Lakatos). Como se puede apreciar, se trata de un cambio en el contenido de legitimación del saber científico (antes la Teología, en la actualidad las tecnociencias empíricas) pero que conserva la misma forma mentis del medioevo. Ciertamente, las normas morales o religiosas impuestas por el poder secular medieval se basaban en verdades incuestionadas por la gran mayoría de la población en aquel tiempo. Una buena prueba de ello lo constituyen las innumerables vidas que se ofrecieron en protección de esas convicciones. En cambio, no puede afirmarse que los argumentos de salud pública esgrimidos por la ley anti-tabaco del estado-científico posean una certeza absoluta y, sin perjuicio de ello, con gran licencia, se ha optado por restringir severamente la libertad personal y empresarial de las personas. No se trata de impedir que las leyes se “ilustren” por el saber humano, en el que el saber científico posee singular importancia. Por tanto, la crítica ofrecida no exige caer en la deriva relativista posmoderna.

Sin embargo, sí se debe advertir que lamentablemente el ciudadano contemporáneo se ha acostumbrado a una unión sui generis ciencia-Estado que cercena cada vez más ámbitos de la libertad humana. La táctica parece ser la del fuego lento. Casi sin que el hombre se de cuenta, la libertad, pieza esencial de la dignidad humana, se va consumiendo poco a poco bajo el calor de la intervención gubernamental. La ley anti-tabaco es otro pequeño escalón en esta dirección. La alternativa parece clara. Solo con libertad informada se respeta la dignidad humana. En tal sentido no parece tan desacertada la anterior estrategia de propaganda estatal en contra del cigarrillo.

En este ámbito, el rol del gobierno convencido del perjuicio a la salud que ocasiona el tabaco debería ser el de convencer con argumentos de razonabilidad pública y que, así, “la verdad se imponga por sí misma”, sin normas coactivas que, como muchas otras, acabarán perjudicando incluso a aquellos a quienes pretendían proteger.

8 thoughts on “Ley, tabaco y libertad en España

  1. Gran verdad.

    La ley “antitabaco” es falsa… en realidad es una ley “antifumadores”. Se criminaliza a quién fuma, a quién vende y a quién permite fumar. Por el contrario el Estado es el bueno por hacer esas mismas cosas (vende y permite fumar… en caso contrario que saque una ley que prohiba el tabaco al 100% y no sólo su “uso y disfrute”)

    La ley se ha creado con dos finalidades.
    Una: Sacar dinero. Como saben que la ley no va a ser cumplida, tienen la total y absoluta certeza de sanear un poco las arcas que tan tontamente han malversado en los años anteriores. Las multas se fijan antes siquiera que las leyes. Y a mayores están los gritos de la ministra de “Tu denuncia a quién fume y se salte la ley bajo el total anonimato”. Lo que viene a ser un régimen stalinista totalitario. Si me caes mal, antes te denunciaba por “no comunista”. Ahora te denuncio por “fumador”.

    Dos: Vender a la opinión pública algo “bueno” (así se ha vendido, aunque la realidad sea que se trata de otro más de los “marrones dictatoriales” a que nos somete “papacito Estado”) mientras se esconde todo el caos económico y político que hay detrás (paro, crisis, déficit, pensiones, jubilación, etc.) Una cortina de humo más (aunque claro… tal vez debamos denunciar al gobierno nosotros por tanto “humo” nocivo).

    Un saludo Felino
    Miau

  2. Los liberales os equivocáis de bando. Esta Ley termina con más de 3 siglos de Monopolio estatal tabacalero, desde 1636. En 1998 Aznar privatizó Tabacalera, sin reconstruir ni un poco una sociedad estatalizada, que había hecho del hábito de echar humo por la boca, algo normal. Durante esos siglos, las campañas a favor del consumo de tabaco fueron orquestadas por el estado español, con el dinero de fumadores y no fumadores. La privatización de Aznar dejó a los no fumadores desamparados, no había libre mercado, sino una tradición artificialmente creada desde el órgano de socialización, el estado. Un proceso privatizador no puede hacerse de la noche a la mañana, sino que debe estudiar el nacimiento del sector que se privatiza y su evolución. En 2003, por ejemplo, el supuesto mercado libre, no fue capaz de crear un solo bar exclusivamente de no fumadores en ninguna ciudad española, en un país en el que el 70% de la población es no fumadora. Algo fallaba verdad??? Ni siquiera con la Ley de 2006 se logró que hubiera bares de no fumadores en muchas ciudades y pueblos. En 10 años, el mercado no ha podido funcionar contra la sombra de un monopolio latente.

    1. Oliver,
      Gracias por tu lectura.
      Creo que una cosa es el punto que señalas respecto de la genésis del “proceso de mercado” en la industria tabacalera, plagada de elementos de economía “mixta” (con elementos tan contraintuitivos como el subsidio al productor, el impuesto al consumo, la normativización sobre la publicidad etc. etc.) y otra el marco sociológico de aplicación de este este nuevo marco regulatorio. Nuestro escrito ha preferido focalizar este segundo aspecto.
      Por cierto, si has leído “La teoría de los fenómenos complejos” de Hayek (¿socialista?) verás que la “lógica de bandos” no es muy característica de un análisis en sede liberal de los problemas sociales.
      Un saludo,
      Mario

  3. Oliver:
    Gracias por tu comentario. Creo que el hecho de que no hubieran bares exclusivamente para no fumadores no sería una falla del mercado, en el sentido de error a ser reparado. Es simplemente una cuestión de oferta y demanda y de creatividad empresarial. En primer lugar, habría que ver si es verdadera tal afirmación. En todo caso, si lo fuera, la explicación es fácilmente deducible: o bien a los no fumadores no les importaba demasiado compartir el aire con los fumadores o bien aún no había sido descubierta la oportunidad de negocio por los emprendedores. El mercado es simplemente un proceso de descubrimiento de oportunidades de negocio. Si el empresario ve que la demanda existe y es redituable, aprovechará la oportunidad. No hay razón para que no lo haga. Si no lo hace él, lo hará otro. En cambio, la prohibición estatal corta esa creatividad empresarial y la posibilidad de elegir de las personas. Es esa libertad lo que nos diferencia de los animales, del rebaño…
    Saludos…

  4. Es una forma de ver las cosas… habría que ver en dónde queda el derecho de los trabajadores a disfrutar de un ambiente de trabajo sin humos, por no hablar del derecho de la inmensa mayoría de no fumadores a que no nos ahumen en los bares, discotecas, entrada de colegios, etc. En no muchos años veremos esto como algo absolutamente normal. ¿Acaso alguien no recuerda cuando se fumaba en los cines, o en los transportes públicos, las oficinas, e incluso en las salas de espera de hospitales y establecimientos sanitarios? Creo que es una cuestión de respeto, el problema no es que el tabaco sea perjudicial para la salud de quien lo consume, sino que a diferencia de otras drogas, también lo es para los fumadores pasivos. Quien desee intoxicarse que lo haga en su casa o en lugares en que no perjudique a quien le circunda.

  5. Bmouth,
    Gracias por tus comentarios.
    Nadie niega el derecho de nadie, ni se pretende excluir el respeto en las relaciones sociales; simplemente se argumenta que la intervención directa puede generar daños y consecuencias no previstas.
    Tengo presente lo que dices. Si ves MadMen tal vez te resulte hasta chocante ver cómo fumaban y bebían en la oficina, en las reuniones, en los puestos de trabajo, en el avión, en los lugares de espera, etc. etc. etc. Simplemente que me asombra ver cómo los criterios de los que no parece “normal” están tan vinculados a los resultados de la ingeniería social.
    En sede científica, la noción de “fumador pasivo” ampliamente discutida en los estudios epidemiológicos es, cuanto menos “problemática”.

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