La política económica del Gobierno de Rafael Correa es como un perro que se quiere morder la cola. Y, lo peor, es un perro que ya hubiera parado hace mucho, si no es porque cuenta con una droga muy potente, llamada petróleo, que lo mantiene activo, sobreviviendo, pero sin llegar a ninguna parte.

El mejor ejemplo viene dado por las medidas arancelarias aplicadas a las importaciones de autos. Imaginemos el dialogo entre alguno de sus tecnócratas y el líder:

Líder: ¿Qué quiero lograr? En primer lugar, parar el drenaje de divisas al exterior, todo el dinero que se está yendo en comprar importaciones. ¿Cómo lo logro? Bueno, para comenzar, le subimos aranceles a los autos extranjeros. Así de paso fomentamos la industria nacional automovilística, dominada por marcas tan castizas como GM o Kia. Esto además crearía puestos de trabajo. O al menos así dice la canción. Además, gastamos a tutiplen: subsidio por aquí, contratitos por allá, sueldos a burócratas, etc. Así todo el mundo piensa que nos está yendo bien y compran carros nuevos, aunque nos endeudemos a la coronilla. Todo el mundo quiere a un padre generoso.

Tecnócrata: ¿Qué pasa si en el camino se forran un par de empresas monopolistas?, ¿qué más da que se encarezcan los carros para los ecuatorianos? Total, son pelucones, que elijen el carro que compran motivados por nimiedades como calidad y seguridad para transportar a su familia, y no por amor a la patria.

Líder: Ups, un problema: el 95% de las piezas con las que se construyen esos patrióticos vehículos son importadas: las hacen unos chinitos en la China, más rápido y más barato que cualquiera. Ah, entonces le ponemos aranceles a las esas partes, poco a poco, para ir formando una gloriosa industria de partes en Ecuador, y así no se nos escapa la plata.

Tecnócrata: Uy, pero va a ser que para fabricar esas partes, también necesitamos insumos y maquinarias importadas. Son máquinas especiales que producen en Alemania, o en Japón; minerales que se extraen en Bolivia, o en Australia. Más dinero que se va.

Sumado a ello,  la industria automovilística tampoco genera tantos empleos que digamos.

Líder: ¡Mierda!

Tecnócrata: Pero eso no es lo peor. Resulta que la producción de esos bienes de capital lleva tiempo, porque que hay que montar las fábricas, o al menos agrandarlas. Otra vez nos lleva a importar más y más. Aunque ya sabemos cuál es la respuesta: elevamos los aranceles a las importaciones de todo lo que necesitamos, para obligar a la mayoría de los ecuatorianos—consumidores y productores—a comprar la opción local, no importa que sea mucho más cara, o de menos calidad.

Líder: Da igual, ellos no saben lo que necesitan, nosotros sí. Podemos poner como parte de nuestro “plan estratégico” que planeamos descubrir minas multiminerales (como las pastillas que toman los hijos de los pelucones, compradas en Miami) en el 2015.

Tecnócrata: Pero si encarecemos los productos, ¿no estamos disminuyendo el valor real de los salarios, restándole poder adquisitivo?

Líder: Bueno, sí. Pero eso nuestros votantes no lo saben, y tampoco nosotros lo tenemos claro. Lo importante es obligar a los productores a que les paguen más, conforme se les encarezca la vida. Lo llamaremos salario digno, y ningún capitalista pérfido que reporte sus mezquinas ganancias podrá disponer del fruto de su obra sin antes compensar a sus asalariados por el aumento del coste de la vida que nosotros hemos creado.

Tecnócrata: Pero hay quien dice que esa medida sólo generará menos incentivos a la contratación, que causará más desempleo e informalidad. Mira que Ecuador lleva muchos años con un código laboral muy rígido, y nada bueno ha salido. Además, hasta los propios sindicalistas en países como Alemania y Dinamarca te dicen que eso contraproducente, que no se puede llegar a ser competitivo así. Es más, la ministra Cely puso como ejemplo el otro día (caso real) a Corea del Sur y Taiwan. En ambos casos, la esencia de su estrategia inicial fue el poder ofrecer mano de obra barata como única ventaja real, para fomentar exportaciones.

Líder: ¡No me vengas con argumentos neoliberales!

Tecnócrata: ¿Qué hacemos entonces?

Líder: Una consulta, o esperamos a que suba el petróleo. Lo que pase primero. ¡Cuánta soberbia, compañerito!

One thought on “Soberana economía: un diálogo imaginario en Carondelet.

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