Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com

Retrato de Wheelwright en estampilla conmemorativa de la introducción del barco a vapor en Chile.Nunca leí su nombre en esos textos de Historia, repletos de leyendas cursis, con los que me adoctrinaban en la escuela. Sin embargo, la vida de William Wheelwright, primer Cónsul de EEUU en Guayaquil, debería ser contada mil veces en los colegios latinoamericanos, como ejemplo del potencial creativo del ser humano. Pero no, prefieren que memoricemos nombres de caudillos y militares con delirios mesiánicos, fechas de “revoluciones” intrascendentes y guerras absurdas.

Wheelwright nació en Massachusetts, en 1798, como miembro de una familia muy acomodada. Le dio por hacerse marinero muy joven, y a los 20 ya era capitán, cuando cualquier viaje en barco era una proeza. Un día zarpó y se fue a probar suerte en Suramérica. Llegó a Guayaquil por 1824, y se percató del potencial económico de lo que era el puerto más importante de la costa occidental, la parada obligada entre el Cabo de Hornos y Panamá.

Si hoy es difícil vivir en una ciudad donde el sol y la humedad conspiran contra todo ser humano, entonces era heroico. Wheelwright vio oro en ese pantano interminable, y estuvo dispuesto a sudar lo que haga falta. Además, habían razones para el optimismo: la formación de un área de integración económica, la Gran Colombia, sin aranceles que entorpecieran el comercio interno hacia su puerto natural. La historia reciente ofrecía ejemplos que parecían exitosos. Trece colonias americanas se habían unido pocas décadas antes, formando, en la práctica, una unión aduanera en la que fluían libremente las mercancías, y de la que Tocqueville escribiría unos años después.

Pidió a Washington que lo nombre Cónsul, y logró así ser el primero de toda Suramérica, gozando de todos los privilegios diplomáticos de un embajador.

Su estatus diplomático le permitió hacer importantes amigos. Cada vez que había una escaramuza entre caudillos, los perseguidos de turno llegaban a solicitar asilo. Hizo muy buenos negocios. Sin embargo, Guayaquil perdió pronto su vocación estratégica. Se balcanizó la Gran Colombia en republiquetas, todo siempre por los sacrosantos intereses del pueblo, la nación, o el tótem de turno. Se impusieron fronteras artificiales, y con ellas aranceles que restringieron el paso de mercancías hacia el río Guayas. “En consecuencia, Guayaquil dejó de ser el puerto de la principal república americana…, y se convirtió en un mero puerto del pequeño Estado del Ecuador”, según apuntó Juan Bautista Alberdi en su libro sobre Wheelwright

Decepcionado, el americano decidió marcharse a Valparaíso, que ofrecía mejores perspectivas. A partir de ahí, fue imparable. Llevó alumbrado público a Chile, introdujo la primera línea de vapores del Pacífico en Perú y en Ecuador, construyó faros y puertos por toda la costa. Gracias a sus barcos, por ejemplo, el cacao ecuatoriano alcanzó fama mundial. Emprendió la construcción de un ferrocarril para conectar comercialmente Chile y Argentina. Era recibido como una celebridad, ahí donde iba. Él era el símbolo del progreso, de una revolución industrial que apenas comenzaba

Pero nadie lo recuerda hoy, quizá porque no cruzó los Andes o el Pacífico con cañones, sino con trenes y mercancías. Tampoco prometió milagros con dinero ajeno, sino que modernizó países enteros arriesgando el suyo propio. Murió en Inglaterra, en 1873. Fue enterrado sin aspaviento oficial, muchedumbres llorosas, ni discursos patrioteros. No podía ser de otra forma, porque él representa la única dimensión posible de la grandeza humana: el ánimo de realización individual. Y como decía Hesse, desde el momento que intentamos realizarnos, con nuestros dones como único medio, hacemos lo máximo y lo único sensato que se puede hacer.

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