Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com


Hay una cosa que tienen en común todos los proyectos encaminados a mermar la libertad de las personas: la anécdota dramática. Cuando el conservador justifica la penalización del consumo de drogas, siempre te sacará alguna experiencia extrema de drogadicción terminal que acabó con la vida de tal o cual persona. Los mismo el agorero de las restricciones a los empresarios; nunca faltará quien, en una discusión sobre las leyes de salario mínimo, saque la desgarradora imagen de aquel hombre humilde que se encuentra en situación de desventaja ante el patrón explotador. Lo mismo pasa con las restricciones al consumo de tabaco, etc.

Lo que es más llamativo aún es que los dos individuos siempre aludirán al concepto “real” de la palabra “libertad”. Te dirá uno: ¿es acaso libre ese infeliz obrero que sólo puede elegir entre sueldos de miseria? Te dirá el otro: ¿se puede hablar de libertad cuando un adicto acude ante el camello, desesperado por su dosis? Puesto así, uno se la piensa dos veces antes de dar la respuesta correcta, que es: sí, así es, porque libertad quiere decir simplemente ausencia de coacción para hacer todo aquello que no afecte la libertad de los demás, sin más; no quiere decir ni “poder de negociación” ni “sentido de la responsabilidad”. Pero nadie quiere quedar como un orco que menosprecia el dolor humano en sus situaciones extremas, y por tanto caemos en la trampa, dudamos.

La “anécdota dramática” es un instrumento muy eficaz, y se aplica para cien mil ejemplos. Cuando en EEUU se debatía la famosa Patriot Act, bodrio legislativo que desdice los más mínimos parámetros de civilidad, bastaba con nombrar la frase 11-S para que quien pusiese reparos sea visto como un antipatriota-amante de Bin Laden. Obama, el iluminado redentor de la progresía, no ha derogado uno sólo de los decretos inconstitucionales suscritos por Bush, al amparo de dicha ley. ¿Por qué? Una vez que el Estado ha succionado ese espacio de libertad, no importa cuál sea la orientación política del sucesor, difícilmente este se va a desprender de esa porción de poder.

En Ecuador, el empleo de la “anécdota dramática” es práctica común hoy en día. Un ejemplo paradigmático es el de la consulta popular patrocinada por el Gobierno. Una de sus preguntas plantea posibilidad de prohibir a los propietarios y administradores de medios de comunicación el ejercer otras actividades productivas. Así, un administrador de un banco no podrá tener acciones en una empresa de software, y el director de un canal de TV no podrá a la vez ser parte del directorio de un banco o una empresa camaronera. En este caso la anécdota dramática viene dada por el “conflicto de intereses”.

La frase “conflicto de intereses” hace alusión, obviamente, a una serie de incidentes que se dieron a raíz de la “crisis bancaria” en Ecuador. Fui testigo cercano todo ello, porque durante los años que esto empezaba yo trabajaba de asistente en el despacho del Superintendente de Bancos de entonces, Juan Falconi Puig. Fue tremendo. Los medios de comunicación de propiedad de Roberto Isaías (hoy en manos del Gobierno) iniciaron una campaña de desprestigio y calumnias con Falconi exenta de cualquier escala ética, día y noche, taladrando su honra sin ningún miramiento. Todo ello mientras sus cómplices partidistas en el Congreso Nacional (PRE y PSC) lograron destituirlo de la Superintendencia. Lo tengo grabado. Fue una anécdota muy dramática, sin duda.

Habrán habido otros incidentes parecidos. Pero, como pasa en el caso de la ley de salario mínimos y la penalización de las drogas, podemos ver que la “anécdota dramática” es precisamente eso, una circunstancia esporádica que por cruda que resulte no puede servir de estándar para valorar la libertad de todos los demás. Lo que vi en esos años fue impactante, pero no por eso tengo derecho a satanizar a todo banquero, porque nuestra libertad no puede estar sujeta a los vaivenes de ninguna mayoría, su único límite es la libertad de los demás. Y, si hubiese un mínimo ánimo de coherencia, veríamos que el potencial de un “conflicto de intereses” es mucho mayor en cualquier puesto de Gobierno.

Por el contrario, como pasa también con los salarios y la drogas, este tipo de restricciones resultan completamente ineficaces, cuando no empeoran el mal que busca prevenir. Las restricciones laborales crean más desocupación, la guerra contras las drogas más violencia. Los males de nuestra sociedad no se deben a un atado de voraces financistas apoderándose del mercado, ni de propietarios de medios sin escrúpulos.

Pero la “anécdota dramática” impacta, fija un escenario de buenos y malos, de pérfidos magnates en contra de los intereses de los pobres. Nadie quiere quedar como una apologeta del mal. Se invierte la carga de la prueba. Somos nosotros los que debemos demostrar que hacemos un uso “correcto” de nuestra libertad. Y así vamos, poco a poco.

Y lo peor es que cuentan con una legión de cheerleaders encargadas de dotarlos de credenciales teóricas. Mejor que nadie lo ha dicho Robert Higgs, así que cerramos con sus palabras:

En esta aventura, los Gobiernos han recibido el apoyo de una creciente cofradía secular de intelectuales y un número mucho mayor de seudointelectuales—F. A. Hayek los llamaba “traficantes de ideas de segunda mano”—quienes por diversas razones han tendido abrumadoramente a propugnar doctrinas colectivistas (Hayek 1949; Mises [1956] 1972; Nozick [1986] 1998; Rothbard [1965] 2000, 61-70; Feser 2004). Estos vendedores ambulantes de ideas, muchos de los cuales hoy en día viven a expensas de los contribuyentes, han desarrollado una serie de interpretaciones sobre los problemas del mundo y de su potencial cura en las que presentan a ciertas acciones privadas, especialmente aquellas encapsuladas dentro del concepto de “capitalismo”, como la fuente de una plétora de amenazas contra la vida, la salud y la felicidad. Ellos consideran al Gobierno como el salvador que descenderá del cielo—ubicado en Paris, Madrid, Bruselas, Washington y otros lugares del estilo—para remediar todos los pesares de la gente, alejar a los malhechores y especialmente para echar a los “mercaderes” privados del templo. Karl Marx ganó celebridad cuando dijo que la religión es el opio del pueblo. Quizás de forma menos célebre, pero igualmente correcta, Raymond Aron (1957) llamó al colectivismo, especialmente en su variante marxistas, “el opio de los intelectuales”.

One thought on “La “anécdota dramática” como muletilla liberticida

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