Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com

Apenas una breve observación sobre el episodio de Vargas Llosa y la sensible intelectualidad argentina.

Y una aclaración previa: no me he leído una sola novela del peruano en mi vida, lo cual me impide emanar dictámenes sobre sus dotes literarios . Me parece brillante porque he leído muchos de sus ensayos y artículos de prensa, son brutales. Lo cual no quiere decir que sea infalible, porque alguna vez sí que patinó, como cuando estuvo  con su hija en Irak y describió aquello como un jardín de rosas. Pero, de lo que sé, me parece un gurú intelectual, lo respeto, y aprecio mucho el hecho de que se haya sabido zafar de los prejuicios dominantes en una época donde sí que era duro hacerlo.

Dicho esto, quería decir con relación a la intelectualidad progre, sus majaderías patrioteras, y su patética y creciente lambonería con el poder, que….

Hay como un pacto anti-blasfemia entre ellos, como se vio en Argentina. El artista debe respetar las verdades evidentes, de lo contrario es un hereje. A menos que su Iman, o Imana, llame al orden y haga excepciones. En Ecuador está pasando lo mismo, el millonario Estado “Cultural” (en torno al cual giran empleados de la TV pública, artistas subsidiados, asesores, contratistas, etc.) está creando una casta parasitaria de cheerleaders que actúan como anticuerpos ante cualquier amago de “infección” ideológica. Ganan sueldos de ejecutivo medio de Microsoft, usan Ipads, y se visten como la versión andina de bohemios de Soho (el look resulta un híbrido a caballo entre John Lenon y Delfin Quishpe), pero quieren liberarnos de la alienación de escritores “funcionales” de un “modelo de dependencia” como Vargas Llosa (palabras más o menos textuales del Ministro-Ayatolá de Cultura argentino).

Les recomiento un libro que he empezado a leer, el Estado Cultural, de Marc Fumaroli, que horrorizó en su tiempo al establishment artístico francés; y hasta que lo lean les recomiendo una entrevista en la que se define su visión. Es muy revelador sobre esa cercana y nociva relación entre cultura y Gobierno.

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