Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia. 

Se dice que no hay nada más práctico que la buena teoría. Cada vez nos convencemos más de que eso es lo cierto. Muchos de los apóstoles del colectivismo estatistas parten de premisas fundamentales equivocadas, a partir de las cuales se derivan conclusiones falaces, de las cuales a su vez nacen una serie de medidas gubernamentales destinadas a imponer por la fuerza sus errores. La principal fuente de error es una imagen tergiversada de la historia, en la que pasan inadvertidas las verdaderas causas de los procesos sociales que más nos afectan.

La leyenda urbana reza que la debacle que significó la explosión de la burbuja financiera se debió a la “liberalización” del sistema financiero, en virtud de lo cual se dejó rienda suelta a la avaricia corporativa, que se embarcó en una vorágine de malabares especulativos en los complejos—inentendibles, para la mayoría de nosotros—circuitos del mercado financiero global. La respuesta ante ello sería, como es lógico, que el Estado retome las riendas de ese universo tan proclive a los excesos. Más aún cuando líderes políticos e intelectuales advierten la necesidad inminente de controlar la “fuerza destructiva del capitalismo”.

El problema con lo anterior es que constituye una reconstrucción deficiente de la historia, que por tanto tergiversa la explicación teórica de los fenómenos involucrados, y deriva en falsas soluciones. Los políticos de turno se apresuran a llevar a la práctica estas soluciones, porque los electores se encuentran expectantes y quieren show, quieren un Gobierno activo que los proteja de los malos. Los ánimos guillotinescos se exacerban, empezando el ciclo de marchas y contramarcha de la tradición demagógica. La libertad y el erario público son los que siempre salen perdiendo, en beneficio de unos pocos: de hecho, el salvataje financiero implementado por Washington significó una mayor concentración del mercado bancario en EEUU.

Este documental, “Overdoze: the next financial crisis”, ofrece una explicación muy ilustrativa de lo que en verdad sucedió, y además hace una predicción acerca de la burbuja que actualmente están inflando los gobiernos con sus planes de salvataje. Intentaremos resumir y explicar (sin tecnicismos económicos, sino con lenguaje accequible para dummies, como el editor este blog) sus puntos más importantes, limitándonos únicamente a las causas de la actual crisis.

Existe una forma muy poco visible pero sumamente trascendente de intervencionismo estatal que se llama política monetaria. Los bancos centrales, por lo general, juegan con las tasas de interés—es decir, con el precio del dinero prestado—para alcanzar diversos fines económicos, y es a esto a lo que llaman política monetaria: fomentar la devaluación de la moneda, impulsar la concesión de préstamos y el consumo, etc.

La Reserva Federal de EEUU, a raíz de la burbuja dotcom, en 2001, bajó los tipos de interés para que sigan fluyendo los créditos y no baje el consumo, para de esta manera evitar que el nivel de crecimiento económico se vea afectado. Esta medida, como señaló entonces el mandamás de la Fed, Alan Greenspan, estaba orientada a mantener inflar otra burbuja, para que los precios no bajen y se mantenga la fiesta hasta un cierto punto. Nadie se imaginó entonces que poco después vendría el atentado del 11-S. Ante esta hecatombe, la Fed vuelve a aplicar la misma receta para evitar el colapso económico, y baja aún más los tipos de interés, a mínimos históricos, en los que se mantiene por muchos años.

Gobierno interviene para salvar la economía de sí misma.

En teoría, las tasas de interés tienen una función básica en la economía—al menos, hasta que pasaron a depender a la voluntad arbitraria del tecnócrata de turno. Cuando bajan, alertan a los inversores sobre la abundancia de ahorro; es decir, es una señal que indica que la preferencias temporales de consumidores han cambiado, que están dispuestos a sacrificar consumo inmediato por mayores gratificaciones en el largo plazo. Esto se da en sociedades que han alcanzado un cierto grado de prosperidad, donde existen instituciones legales y un grado de estabilidad política capaz de generar confianza a futuro. No obstante, un día los gobiernos descubrieron que se podían saltar todos esos pasos lógicos, y que simplemente podían jugar con los tipos de interés a su antojo, especialmente para causar subidones económicos.

¿Que las exportaciones están bajando porque otros competidores producen mejor y/o más barato? No te preocupes, un toque aquí y allá, bajamos las tasas, aumentamos así la oferta de dinero y ya lo tienes: devaluación monetaria. De la noche a la mañana, nuestra moneda vale menos frente al euro, y al importador europeo le resulta más barato comprarnos a nosotros. Todos contentos. El Gobierno recibe aplausos de sectores exportadores que no tienen tiempo para mejorar sus niveles de competitividad, y que ahora lo vanaglorian por haber salvados los “miles” de empleos que ellos, autoproclamados gendarmes de los intereses económicos de la nación, representan. El hecho de que le hayas encarecido la vida a los consumidores con la inflación creada y, por tanto, recortado el nivel adquisitivo de esos mismos trabajadores que dicen defender, no importa mucho.  Lo importante es el efecto inmediato y mediático, el subidón.

Lo mismo sucede cuando se bajan los créditos para “incentivar” la economía, se busca el efecto inmediatista creando una burbuja de gasto que está por encima de la capacidad adquisitiva real de los ciudadanos, financiado todo con deuda y no con ahorro. En tiempos de shock social, como el del 11-S, se recurre a este mecanismo para evitar que los bancos y empresas paralicen sus actividades.

Lo explica Juan Carlos Hidalgo, del Cato Institute:

Greenspan se gestó su reputación al frente de la Fed por el llamado “toque Greenspan”, el cual consistía en bajar las tasas de interés en tiempos de aprietos económicos con el fin de estimular la economía a través de mayor liquidez. Así lo hizo luego del “Lunes Negro” de 1987, cuando la Bolsa de Valores de Nueva York experimentó su mayor caída porcentual en un día (22,61%), desatando el pánico financiero a nivel mundial. El toque Greenspan funcionó, y luego fue puesto a prueba en otros episodios de incertidumbre política y económica: la Guerra del Golfo, la crisis del Tequila, la crisis asiática y finalmente la “burbuja punto com”. Una y otra vez la política de reducir las tasas de interés fue implementada con relativo éxito a lo largo de los años, así que cuando esta última recesión producto del estallido de la “burbuja punto com” golpeó a la economía estadounidense —aunada a la incertidumbre generada por los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001— Greenspan procedió a implementarla de nuevo.

De tal forma, a inicios de enero del 2001 la tasa de fondos federales se encontraba en 6%, pero fue cayendo hasta cerrar el año en 1,75%, y permaneció por debajo de esa cifra por casi 3 años. Aún cuando la economía ya estaba saliendo de la recesión del “punto com”, la Fed continúo con las tasas de interés bajas e incluso la recortó a 1% en junio del 2003, donde permaneció por todo un año

Con las tasas de interés más bajas de los últimos 50 años, la Fed envío una señal clara a los actores económicos: ‘No es momento para ahorrar. Gasten. Endéudense’[1].

Es como si, ante una pelea en una fiesta, el dueño de la casa decide subir la música y repartir más alcohol para que no se desanime el evento. El problema es que la lógica de la economía no funciona así, por más que nos empeñemos en ello.

Comienza la fiesta: dinero fluye

Como apuntamos antes, cuando las tasas bajan se envía una señal: hay ahorro. Lo malo es que, si el nivel de la tasa de interés no depende de ese requisito previo sino de la voluntad de un burócrata, lo que se envía es una señal falsa. Lógicamente, los empresarios y consumidores no pasan por este paripé teórico, por la misma razón que la mayoría de nosotros compra más unidades de un determinado producto por el simple hecho de que está a menor precio, y no conocemos si tal descenso se debe a las fuerzas de mercado o a una imposición reglamentaria que puede generar escasez en el futuro.

Así, los empresarios simplemente ven tasas de interés más bajas, que significan dinero prestado más barato, y por tanto se embarcan en proyectos a largo plazo que no hubiesen considerado tan ligeramente con tasas de interés más altas (recuérdese aquí que, en teoría, la abundancia de capital se debía al sacrificio en el presente). Por su parte, los consumidores hacemos lo mismo, y empezamos a consumir e invertir ese dinero que nos ofrecen los bancos—quienes ahora quieren generar volumen para compensar el descenso de ingresos que significan tasas más bajas de interés—en bienes y servicios que están por encima de nuestras actuales posibilidades. Y lo primero que todos queremos asegurar en nuestras vidas es una casa propia, por razones emotivas, sicológicas y económicas bastante evidentes. ¿Ahorrar?, ¿para qué ahorrar?, eso era algo que ya no se usa. Ahora con 25 años de edad puedo comprarme esa casa por la que nuestros padres hubieran tenido que ahorrar décadas, y sólo hace falta que vaya al banco y demuestre que tengo ingresos aquí y ahora para pagar las mensualidades de la hipoteca. ¡El ahorro es cosa de antes! Esta escena no sonará tan ajenas a quienes han vivido en países como EEUU, España o Irlanda durante los últimos 6 o 5 años.

Esto genera una espiral, un shot de placentera morfina se desplaza por el sistema sanguíneo de la economía; nos adormece, conforta y relaja. La feliz pareja recién casada compra el departamento de sus sueños, con dinero prestado fácilmente por el banco a treinta años. El constructor recibe este dinero contento, con el que luego paga a los proveedores, a los albañiles, a los arquitectos e ingenieros, etc. Incluso las administraciones públicas—y es especialmente a nivel municipal— reciben su parte, con los impuestos y tasas que generan la construcción de nuevos inmuebles y las transacciones comerciales que se generan. Por otra parte, el banco dio a la feliz pareja un dinero extra en el préstamo para que financien esa cocina italiana de sus sueños, y un viaje por Indonesia. Total, 20 mil euros extra no hacen mucha diferencia en las cuotas mensuales. Esto se multiplica ad infinitum y empieza el ciclo de prosperidad que a todos hace felices. Florecen nuevas tiendas de lámparas caras, supermercados por todas partes para abastecer a esas nuevas familias que tienen su casa nueva, agencias de viaje, estudios de arquitecturas que no dan abasto ante la demanda de servicios, nuevas empresas inmobiliarias, gasto en publicidad, abogados, asesores, etcétera, etcétera, etcétera. Y lógicamente el gobernante de turno sacará el pecho orgulloso por haber logrado un ritmo de auge económico nunca antes visto. Ni a su almohada le confesará que más bien no entiende de qué va todo esto.

En Europa, pasó algo muy parecido, como bien apunta Juan Ramón Rallo:

Por mucho que los socialistas de todos los partidos se empeñen en que la crisis actual se ha debido al turbocapitalismo desrregulado, la realidad es que la depresión ha sido provocada por un torrente de crédito artificialmente abaratado que los bancos centrales –monopolios estatales de la emisión de dinero– introdujeron a machamartillo en el mercado. En Europa padecimos lo nuestro con el Banco Central Europeo (BCE): el mismo Trichet que hoy amenaza con subir los tipos de interés no tuvo ningún remordimiento en colocarlos al 2% entre 2003 y 2006 para que la gente se sobreendeudara[2].

Los bancos también animan la noche.

Existen otros factores fundamentales, y relacionados también a la intervención del Estado en la economía. El más importante de ellos es del sistema de reserva fraccionaria, privilegio que sirve de base del funcionamiento de la mayoría de regímenes bancarios en el mundo. En pocas palabras, consiste en un privilegio otorgado a los bancos para crear dinero de la nada, mediante malabares contables que resultaran manifiestamente ilógicos si no fuese por el denso barniz de tecnicismo retórico que los cubre. Esa explicación, no obstante, desborda nuestro objetivo en este escrito (y probablemente nuestros conocimientos), así que nos limitamos a recomendar explicación de Jesús Huerta de Soto sobre el tema:

Los precios suben, todos bailan.

Y en medio de todo esto, empiezan a subir los precios más y más, por una simple aplicación de la básica ley de la oferta y demanda. La demanda de bienes de consumo (aquellos que compramos para consumir inmediatamente) y capital (aquellos que nos sirven para producir otros bienes y servicios) crece desproporcionadamente, fruto de la intervención del Estado por medio de la fijación de bajos tipos de interés. Más gente con más dinero en los bolsillos compitiendo por recursos relativamente escasos; esto lleva a que suban los precios: hay que ofrecer sueldos más altos para atraer trabajadores, honorarios más altos para los arquitectos y técnicos, precios más elevados por los materiales y maquinarias, etc. Y todos felices en el fondo, porque si bien los precios se elevan los ingresos de la mayoría suben casi en la misma proporción. Los políticos se apresuran a inaugurar obras y más obras, con este magma de dinero que entra en impuestos; y cuando estos ya no son suficientes también se unen a la espiral de endeudamiento, porque esta fiesta parece no terminar nunca y siempre se podrán pagar las deudas mientras dure.

La “justicia social” se une a la farra.

Y por si esto fuese poco, viene el Gobierno a con más champán para el festejo. Comienzan los subsidios a las hipotecas de aquellos pobres que no pueden sumar a la fiesta porque sus ingresos son tan bajos que ningún banco quiere darles préstamos. Todos tenemos derecho a una casa propia, al American dream, apuntaba henchido Bush mientras anunciaba su programa de incentivos fiscales y subsidios estatales para aquellas personas de bajos ingresos, y en especial para las minorías raciales: “A Home of your Own”, se llamaba el programa. Sumado esto a las entidades Freddie Mac y Fannie Mae que aseguraban prestamos hipoteca actuando bajo la garantía y el patrocinio del Gobierno. Hidalgo apunta:

Recordemos que el crédito “subprime” es el que se le entrega a gente con capacidad de pago comprometida. El financiamiento de este tipo de préstamos por parte de Fannie Mae y Fredie Mac tuvo un efecto importante: En el 2003 los créditos chatarra representaban el 8% de todas las hipotecas en EE.UU. Eso aumentó al 18% en el 2004 y al 22% en el tercer cuatrimestre del 2006. Cuando el mercado estaba en su punto más alto, el 40% de las hipotecas adquiridas por Fannie y Freddie era subprime[4].

Ya no sólo no hacía falta ahorrar, ya ni siquiera hacía falta ser solvente o tener un mínimo de credibilidad financiera. Si lo que quieres es una casa, you got it. Un nuevo mensaje tácito a los banqueros: ahora sí presten a mansalva, que si los deudores no responden, yo papá-Estado les pago la entrada y además respondo por ellos. Y con este humanitario gesto por parte del Gobierno americano la cuestión de las hipotecas basuras pasa de ser un problema excepcional a convertirse en una enfermedad crónica que se cuela rápidamente por todos los conductos financieros, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo entero. Los bancos hicieron abultado portafolios de títulos respaldados con hipotecas “a prueba de todo” y los vendieron como pan caliente en Wall Street.

El funcionamiento de este proceso de “infección” en el mercado financiero está muy bien explicado en el documental infográfico, “The Crisis of Credit”.

Cuando invertimos, buscamos por lo general aquello que nos de certeza en el futuro. En el mercado financiero, tan volátil y complejo, cualquier resquicio de certeza es aún más apreciado. ¿Cuál es entonces la reacción natural si te dicen que inviertas en instrumentos financieros respaldados con hipotecas, los cuales están garantizados con el aval de los Estados Unidos? Más aún, ¿qué reacción podemos esperar cuando vemos que todos lo están haciendo, y que todos se están forrando de dinero con ello? La respuesta es bastante predecible: una avalancha de inversionistas comprando y vendiendo estos títulos. Nadie comprende nada de ellos, pero eso no importa porque al final del día están respaldados nada más y nada menos que por el todopoderoso Gobierno americano.  Y así el jefe de la oficina de ese pueblo perdido en Castilla-La Mancha, en España, convence a ese par de ancianos de que pueden multiplicar en pocos años sus ahorros si invierten en “credi-defal-suas del “Citiban”, que están garantizados con la hipoteca de algún señor en Detrói.

Party is over

El problema es que la lógica económica siempre termina por colarse y aguar esas fiestas a las que no se siente invitada. Y lo hace siempre cuando los cortesanos de la justicia social, el colectivismo y el estatismo más animados se encuentran. Se puede demorar uno o varios años, incluso una década si tenemos suerte, pero siempre llega al final, pero mientras más tiempo le toma más trágico es el final, y más áspera la resaca.

Un día, algo falla, y nos damos cuenta que todo era mentira, que estabamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, que no eramos más productivos, ni más competitivos, sino que todo era un espejismo. Llamamos nuevamente a las puertas del Gobierno, porque no nos resignamos a que se acabe la fiesta. La empresas piden que las salven de nuevo, y usan de pretextos los miles de puestos de trabajos que dependen de ellas, directa o indirectamente. Los políticos no quieren perder elecciones, lo cual sucedería si le dijesen a sus electores la verdad: hay que apretarse los cinturones y dejar que este proceso nos devuelva a la realidad.

No. ¡Que siga la fiesta!

Revienta la burbuja y nos dimos cuenta que todo era mentira, que efectivamente el camino de la auténtica prosperidad no es tan corto ni tan fácil. Una simple verdad, casi clichetesca, pero contundente. No obstante, los ciclos electorales son cortos, y ningún votante quiere escuchar razones complicadas, ni saber que su nivel de vida era irreal, que era una mentira que sólo se puede enmendar comenzando de nuevo. No, eso no da votos. Lo que el pueblo quiere es que mantengamos la ilusión, que inyectemos dinero a mansalva, para mantener inflada esa burbuja que ellos no comprenden ni tienen ganas de comprender ahora. Pero ya no hay dinero de los impuestos, ahora los gobiernos se ven presionados y empiezan a gastar dinero que no tienen, dinero que problabemente tengan que pagar nuestros bisnietos. Parches, parches y más parches, nos elevamos para volver a caer con más fuerza, en algún momento.  Y no sólo eso, sino que vemos como otros países repiten el mismo error.

Conclusión

Esto no será lo que enseñen en colegios y universidades a nuestros hijos, por la misma razón que a nosotros nos dijeron que todas las catástrofes económicas del siglo XX se deben a las salvajes fuerzas del capitalismo global. Siempre acudirá el Estado a salvarnos, y siempre nos dejaremos, temerosos ante la incertidumbre. Porque hace falta un esfuerzo individual grande para enterarse de estos detalles de la historia. Nada más práctico que la buena teoría, y nada más improbable en  la práctica.


[1] Juan Carlos Hidalgo, “Crisis financiera mundial: ¿Réquiem del capitalismo o del intervencionismo?”, disponible web del Instituto Cato: http://www.elcato.org

[2] “España sí es Portugal”, publicado, en La Gaceta de los Negocios, el 29 marzo 2011

[4] Hidalgo, Ibid.

6 thoughts on “La crisis financiera que el Estado causó (for dummies).

  1. Gran explicación, y para dummies como debería de ser siempre. Lo único que no logro entender es por qué alguien como Greenspan haría eso: ¿es torpe, ingenuo o tiene algún otro interés?

    1. Hola Ernesto. Yo creo, en primer lugar, que fue una decisión política,y en segundo una decisión apoyada por los bancos, que también se beneficiaban de la fiesta. Creo, además, que la supuesta “superioridad intelectual” no era tal. La Fed tiene un grave problema de falta de trasparencia, nunca lo sabremos sospecho.

  2. Excelente resumen, si bien el apartado “Conclusión” podría ser un poco más despiadado con quienes se lo merecen, y aventurero (no hace falta serlo en gran medida) con las predicciones. Yo estoy por guardar hasta el último centavito a partir de ahora debajo del colchón, sólo que allí de vez en cuando se asoma algún alacrán.

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