Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com.

Steve Walt, en su blog de Foriegn Policy, ha escrito un brillante artículo sobre el Top 5 de las razones más comunes que llevan al Gobierno de los Estados Unidos a enfrascarse en guerras sin sentido (Irák, Afganistán, Libia, contra las drogas, etc). De todas ellas, la más interesante es la cuarta, referente al famoso “establishment” de la política exterior americana[1]. Creo que el razonamiento de Walt en este punto es fundamental para comprender la paranoia de Washington, y es también aplicable para todo tipo intervencionismo estatal, sea a nivel nacional o internacional. Existe toda una casta de tecnócratas que viven por y para un Gobierno hiperactivo.

Señala que, sin importar el trasfondo ideológico, todos quienes pertenecen al establishment tienen algo en común: su inclinación a hacer siempre algo, sin importar lo que sea, con tal de desplegar le poder del Tío Sam para salvar al mundo de las garras del mounstruo de turno. Los neoconservadores, con su característica pasión por exportar “democracia”; por otra parte, los “progresistas intervencionistas”, que justifican cualquier masacre con un barniz de multilateralismo. La nación “indipensable” debe siempre aparecer con la caballería.

De hecho, Walt no lo menciona pero esta es una tradición imperialista que se inicia en realidad a comienzos del siglo XX, con el héroe progresista y militarista, Teddy Roosevelt. Dicho presidente americano señalaba que los tribunales impedían injustamente que el Gobierno regule “el uso de la propiedad para […] las vidas de los trabajadores sean más seguras, libre y felices”, mientras al mismo tiempo apuntaba para justificar sus aventuras imperiales que la “pérdida general de lazos con la sociedad civilizada puede requerir la intervención de una nación civilizada”. Por activa o por pasiva, el Estado estaba llamado a socorrer al mundo, dentro y fuera de las fronteras.

En la actualidad se trata, apunta Walt, de toda una legión de “do-gooders” que pasan años tratando de entrar al establishment, generalmente escribiendo y publicando sobre algún místico proyecto de ingeniería social de alcance de alcance global, que tan sólo requiere de algunos cuantos cientos de millones de dólares para cristalizarse. Como bien señala el autor del Lobby Israelí, ¿qué sentido tendría ser un “big shot” en Washington si no puedes desplegar el poder del Gobierno para hacer que el mundo se ajuste a tus preferencia? Y todo ello es patrocinado por una extensa y millonaria red de think-tanks, escuelas universitarias, agencias estatales, etc.

En lo esencial, cuando se trata de política exterior, progres y neocons son lo mismo, como lo explica Walt en otro artículo:

La única diferencia importante entre los intelectuales neoconservadores y los intervencionistas progresistas es que los primeros tienen desprecio por las instituciones internacionales (las que ellos ven como limitaciones del poder de EE.UU.), mientras los segundos ven estas como una herramienta útil de la legítima dominación estadounidense. Ambos grupos de ensalzan las virtudes de la democracia, ambos grupos creen que el poder de EE.UU. – y sobre todo su poder militar – puede ser una herramienta muy eficaz para el arte de gobernar. Ambos grupos están profundamente alarmados por la posibilidad de que armas de destrucción masiva pudiesen estar en manos de cualquiera que sea los Estados Unidos o sus aliados más cercanos, y ambos grupos piensan que  Estados Unidos tiene el derecho y la responsabilidad de solucionar muchos problemas en todo el mundo. Ambos grupos constantemente sobreestiman su capacidad del Gobierno americano para hacer esto,  por lo que todos ellos tiene propensión a involucrarnos en conflictos donde nuestros intereses vitales no están comprometidos y que terminan costando mucho más de lo inicialmente esperado.

Desde luego, ninguno de los miembros de este establishment sufre de forma directa las consecuencias de sus aventuras institucionales, porque sus hijos no van a la guerra, ni son sus sueldos los que peligran con las crisis. Ellos saben que tienen un puestito de profesor o académico cuando salgan, en algún think-tank o universidad, sin importar que sus proyectos hayan resultado en un completo fracaso.

Y hay algo que resalta Walt que me parece especialmente acertado: los conservadores llevan el papel más patético, caen en una contradicción enorme: demonizan (con razón, para quien suscribe estas líneas) el despilfarro fiscal del Estado de bienestar y los impuestos; pero, al mismo tiempo (y ahí es donde entro en radical desacuerdo), defienden un incremento absurdo del gasto militar, para inflar una maquinaria de matar que sólo sirve al tartufócrata de turno para embarcarse en misiones imperiales.

¿Hay una lectura liberal en todo esto? Sí, y a menudo se olvida. Es importante recordar que, como señaló Ron Paul, el liberalismo se opone a “la omnipresencia del gobierno a nivel local y exterior”, porque el “intervencionismo [internacional] es el otro lado de la misma moneda estatista del intervencionismo interno”. “La omnipresencia estatal no es ni más competente ni más honesta en la política exterior que lo que es en la política doméstica. En ambos casos era la misma institución, la misma gente, operando bajo los mismo incentivos” (Revolution, pp. 29-30).


[1] Sobre este tema, recomiendo Yves Dezalay y Bryant G. Garth, “Law, Lawyers, and Empire”, en Michael Grossberg y Christopher Tomlins (eds.), The Cambridge History of American Law (Cambridge University Press, Cambridge, 2008).

One thought on “Walt: ideas, intervencionismo militar y Estado hiperactivo.

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