Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com

Original publicado en Elmundo.es

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Suena paradójico el reciente triunfo electoral de Oyanta Humala, precisamente en Perú, donde el liberalismo económico ha probado rotundamente ser el mejor arma contra la pobreza. La historia se repite: el auge, durante los primeros años, exacerba la desigualdad heredada, genera impaciencia e incertidumbre, prepara el camino del oportunismo mesiánico. La moraleja tampoco es nueva: todo logro de la libertad, por beneficioso que resulte, puede desvanecerse si se descuida la defensa de las ideas que lo sustentan.

Y es que las ideas importan, mucho, y el socialismo latinoamericano lo sabe bien. Correa, Chávez, Evo, y ahora quizá Humala, son sólo cabezas visibles de un movimiento que los trasciende, que viene madurando pausada y metódicamente, en universidades y redes de activismo. Su autoritarismo no es un rasgo especial de su personalidad, constituye la secuela ineludible de un paradigma ideológico cuya vigencia depende de la pérdida constante de libertad individual.

Hasta el siglo XIX, aquello que llamamos “izquierda” a partir la revolución francesa se identificó, al menos en teoría, por su irreverencia ante el Estado, por su fascinación con la libertad; a la derecha la caracterizaba su complicidad con el poder establecido. Se trataba de la ética de la autodeterminación individual contra la superstición colectivista. Y esa ha sido, en esencia, la esgrima central de la teoría política, desde muchísimo antes que Karl Marx o Adam Smith; a la izquierda estaba la libertad, a la derecha la imposición. El siglo XX tergiversó esa ecuación, mediante una constante perversión de conceptos, y la doctrina liberal se encasilló erróneamente en el bando del status quo, del privilegio, cuando representa exactamente todo lo contrario.
Desde la perspectiva original, veríamos que personajes aparentemente antagónicos como Chávez o Bush, Humala o Fujimori, pertenecen a la misma esquina del cuadrilátero histórico.

De hecho, como el neoconservadurismo, el neosocialismo andino constituye un nuevo exceso del lenguaje metafórico, otro rechazo moralista al presente y alarmismo ante la incertidumbre del futuro; explota el desconcierto, la ignorancia y el complejo de inferioridad individual diluyéndolos en un ente colectivo, fuerte y altivo, exitoso cuando logra convertirse en proyección sicológica de la mayoría.

Una de las manifestaciones más estrambóticas de ese proceso es el Principio de buen vivir (sumak kawsay, en quechua), base del constitucionalismo andino-socialista y norte de sus experimentos de ingeniería social. Impresiona descubrir la cantidad de tinta que se ha gastado en este tema. Al igual que el neoconservadurismo, no es una invención pasajera, y cometemos un error si lo menospreciamos como tal; se trata de un concepto labrado por una legión de académicos y policymakers, dispersos por toda América Latina y Europa. Es un champú de leyendas negras y falacias teóricas, tomadas por dogmas, cuyo eco se sintetiza atropelladamente en el discurso de sus caudillos de turno.

Leo Strauss, el héroe intelectual de los neocons, hubiese estado cómodo con las directrices filosóficas del Buen vivir, particularmente con su inconformidad con el individualismo liberal y la adoración melancólica de un pasado imaginario en el que el ser humano convivía en armonía.
Ambas corrientes difieren del socialismo-democrático tradicional, que ansiaba apenas la “distribución” de esa riqueza que solo el modelo capitalista hace posible. El “biosocialista” (término que emplean frecuentemente) aspira a la quimera guevarista de un “hombre nuevo”. Dice inspirarse en una filosofía indígena, tan ancestral como fantasiosa e improbable.

Los neocons, en cambio, usan menos eufemismos, llamarán religión a la religión. Salvo por el propio Chávez, que no huye a la verborrea metafísica, el gurú neoindigenista evitará la retórica mística, se limitará a invocar al tótem de la soberanía popular, el “Dios de los que se dicen sin Dios” en prosa de Zweig.

Ambas corrientes, eso sí, desconfían profundamente del individuo dejado a sí mismo. Somos ovejas descarriadas por la decadencia occidental, y corremos el peligro de ser consumidas por el lobo del hedonismo individualista. Hace falta un pastor que nos convierta en rebaño, y para ello su principal instrumento será siempre el miedo, ya sea a los orcos neoliberales, a los malvados islamistas, o al chupacabras, da igual. El pastor-filósofo-tecnócrata conoce esas verdades reveladas mejor que nadie, y utilizará al Estado para que impere la virtud—recuérdese que ya no sólo equidad económica—por las buenas preferiblemente, o por las malas si hace falta; dentro de las fronteras, o fuera de ellas.

Los sponsors del neoindigenismo aclaran, con obvia candidez, que lo suyo no es otra fórmula de “dirigismo estatal”, que sólo hacen falta unos cuantos empujones burocráticos. Olvidan la sabia advertencia de Camus: “para adorar mucho tiempo un teorema, no basta con la fe, se necesita además una policía”. Y es ahí cuando se estrellan con la realidad, cada vez. No aceptan que los auténticos avances institucionales son siempre fruto de la interacción espontánea en un proceso de ensayo continuo, nunca del diseño impuesto por un grupo de iluminados, por bienaventurados que se consideren. Es ahí donde toda clase de socialismo se funde con el conservadurismo, con la tradición antilibertaria, paternalista, mojigata ante la riqueza privada. Ambos terminan siempre por expulsar a los mercaderes de sus templos, o los domestican con generosas prebendas.

Quizá es tiempo ordenar las categorías ideológicas, y hacer caso de algo que Murray Rothbard y algunos otros nunca se cansaron de repetir: una izquierda que no conduce a la libertad, en radical oposición al colectivismo platónico, a la coacción estatal, termina irreconocible en términos históricos.

Sonará a exuberancia teórica, pero creo que hay un paso necesario para iniciar un debate intelectual mínimamente realista: debemos definir conceptos básicos y tan prostituidos como “izquierda” y “derecha”, o por último prescindir de ellos, si ya no significan nada.

2 thoughts on “Socialistas del siglo XXI, neocons andinos

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