Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com

Stefan Zweig fue un genio. Escribió novelas, cuentos, biografías, reseñas históricas, etc. Nace Viena, en 1881, y se suicida en Brasilia, en 1942. En el lapso intermedio escribió como un poseso, y vivió mucho. Vio en primera fila cómo la mecanización colectivista de consciencias, en sus variantes fascista y socialista, hizo que Europa involucione en medio de dos guerras mundiales.

No era un ensayista político, ni un “científico social”, era mucho más que todo eso: un escritor brillante, capaz de poner en un solo párrafo toda la verdad en la que otros invierten volúmenes enteros, y con un añadido estético brutal.

Esta vez leo su Castellio contra Calvino (Acantilado), la historia de la polémica mantenida por Sebastián Catellio contra el ayatolá del protestantismo, Juan Calvino, durante la dictadura que ejerció este último en la Ginebra del siglo XVI. Monumental, desde la primera letra.

Me encontré este fragmento de la introducción, que vale la pena leer, porque su contenido no caduca, sobre el individualismo humanista, contra la mecanización mesiánica:

…Tolerancia frente a la intolerancia, libertad frente a la tutela, humanismo frente al fanatismo, individualismo frente a mecanización, conciencia frente a la violencia, todos estos nombres expresan una opción que en última instancia es la más personal y la más íntima, la que para todo individuo resulta de mayor importancia: lo humano o lo político, la ética o la razón, el individuo o la comunidad.

No cabe duda que en el fondo de la naturaleza humana hay un misterioso anhelo de autodisolución en la colectividad. Nuestra ancestral ilusión de que podría forjarse un determinado sistema religioso, nacional o social que brindara a toda la humanidad la paz y el orden definitivos, es indestructible. El Gran Inquisidor de Dostoievski muestra con cruel dialéctica que, en el fondo, la mayoría de los hombres teme la propia libertad y que, de hecho, ante la agotadora variedad de los problemas, ante la complejidad y responsabilidad de la vida, la gran masa ansía la mecanización del mundo a través de un orden terminante, definitivo y válido para todos, que les libre de tener que pensar. Esa nostalgia mesiánica por una existencia libre de problemas constituye el verdadero fermento que allana el camino a todos los profetas sociales y religiosos. Cuando los ideales de una generación han perdido su fuego, sus colores, un hombre con poder de sugestión no necesita más que alzarse y declarar perentoriamente que él y sólo él ha encontrado o descubierto la nueva fórmula, para que hacia el supuesto redentor del pueblo o del mundo fluya la confianza de miles y miles de personas. Una nueva ideología–y ese es por cierto su sentido metafísico–establece siempre en primer lugar un nuevo idealismo sobre la tierra, pues cualquiera que brinde a los hombres una nueva ilusión de unidad y pureza, apela a sus más sagradas fuerzas: su disposición a sacrificio, su entusiasmo. Millones y millones, como si fueran víctimas de un hechizo, están dispuesto a dejarse arrastrar, fecundar, e incluso violentar. Y cuanto más exija de ellos el heraldo de la promesa de turno, tanto más se entregarán a él. por complacerle, sólo para dejarse guiar sin oponer resistencia, renuncian a aquello que hasta ayer aún constituía su mayor alegría, su libertad. La vieja ruere in servitium de Tácito se cumple una y otra vez, cuando, en un fogoso rapto de solidaridad, los pueblos se precipitan voluntariamente en la esclavitud y ensalzan el látigo con el que se le azota.

Para cualquier hombre de pensamiento no deja de haber algo conmovedor en el hecho de que sea siempre una idea, la más inmaterial de las fuerzas que existen sobre la tierra, la que lleve a cabo un milagro de sugestión tan inverosímil en nuestro viejo, sensato y mecanizado mundo. Con facilidad se cae así en la tentación de admirar y ensalzar a estos iluminados, porque desde el espíritu son capaces de trasformar la obtusa materia. Pero fatalmente, estos idealistas y utopistas, justo después de su victoria, se revelan casi siempre como los peores traidores al espíritu, pues el poder desemboca en la omnipotencia, y la victoria, en el abuso de la misma. Y, en lugar de conformarse con haber convencido de su delirio personal a tantos hombres, hasta el punto de estar alegremente dispuestos a vivir e incluso morir por él, todos estos conquistadores caen la tentación de transformar la mayoría en totalidad y de querer obligar incluso a aquellos que no forman parte de ningún partido a compartir su dogma. No tienen suficiente con sus adeptos, con sus secuaces, con sus esclavos del alma, con los eternos colaboradores de cualquier movimiento. No. También quieren que los que son libres, los pocos independientes, les glorifiquen y sean sus vasallos, y , para imponer el suyo como dogma único, por orden del gobierno estigmatizan cualquier diferencia de opinión, calificándola de delito. Esa maldición de todas la ideologías religiosas y políticas que degeneran en tiranía en cuanto se transforman en dictaduras se renueva constantemente. Desde el momento en el que un clérigo no confía en el poder inherente a su verdad, sino que echa mano de la fuerza bruta, declara la guerra a la libertad humana. No importa de qué idea se trate: todas y cada una de ellas, desde el instante en el que recurren al terror para uniformar y reglamentar las opiniones ajenas, dejan el terreno de lo ideal para entrar en el de la brutalidad. Hasta la más legítima de las verdades, si es impuesta a otros por medio de la violencia, se convierte en un pecado contra el espíritu.

…Qué banal banal y qué vano resulta… todo empeño de querer reducir la sublime variedad de la existencia a un común denominador, así como el de dividir de un modo maniqueo a la humanidad en buenos y malos, piadosos y herejes, en obedientes y hostiles al Estado…

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