Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com

Los Socialistas del siglo XXI, siguiendo una centenaria tradición antiliberal, se desgarran las vestiduras contra los medios privados de prensa. El presidente del Ecuador, Rafael Correa, es uno de los exponentes más activos de esta cruzada contra la libertad de opinar. Repite una frase que en su mente sonará lapidaria: la libertad de prensa ha sido históricamente la libertad del dueño del medio de prensa. Y con ello pretende justificar sus proyectos de censura (perdón, de regulación) mediática.

Lo paradójico del caso es que tiene toda la razón. La propiedad privada de los medios de prensa ha sido su mayor garantía de independencia frente al poder.  Y sí, lo que se defiende–lo que yo defiendo al menos–es eso: su libertad de hacer lo que quieran con su propiedad privada (imprenta, canal de televisión, estación de radio, etc.). Eso es todo lo que se necesita, y todo a lo que podemos aspirar. El uso que cada uno haga de esa libertad es otra cosa.

Tenemos ejemplos históricos de sobra. La propia Encyclopédie, potenciador intelectual de la Ilustración, no hubiese sido posible si no gracias a la propiedad privada del medio de prensa empleado y el satánico ánimo de lucro de sus dueños.

La historia la cuenta con detalle el francés Philipp Blom, en su Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales  (Anagrama, 2004). La  Encyclopédie fue una obra iniciada por un grupo de intelectuales fraceses, en 1750, que se convirtió el éxito editorial de su época, responsable parcial de la explosión de las ideas liberales por toda Europa y el mundo, que contó con la contribución de las lumbreras académicas del siglo. Denis Diderot, su editor y fundamental artífice, se enfrentó a la ruina económica, a la devastación familiar, a la censura e incluso a la cárcel para poder sacarla adelante. Fue una empresa en la que el ánimo de trascendencia intelectual y de lucro económico se conjugaron con absoluto éxito, como lo describe Blom:

“A la hora de la verdad, la Encyclopédie sería más cara, y mucho más lucrativa, de lo que habían pensado los libreros. En su momento culminante, daba empleo a un millar de impresores, grabadores, dibujantes, encuadernadores y otros. Lo que significa que casi uno de cada cien parisinos se beneficiaba económicamente de la empresa, directa o indirectamente… El director de publicaciones tenía que haberse dado cuenta que la Encyclopédie no sólo tenía ramificaciones ideológicas para la Iglesia y para el Estado, sino también otras económicas  muy importantes para el comercio del libro francés…” (p. 93)

Y, desde luego, los tartufócratas de turno también hicieron lo posible por silenciar a Diderot y sus socios, por ser enemigos de los intereses del “público”, del “Estado”, del “bien común”, y la doctrina religiosa del momento (hoy sería el Buen vivir). Lo bueno es que la mirada torpe de los censores de la fe y las buenas costumbres (hoy les dicen órganos de regulación) era fácilmente burlada con ironías y sarcasmos encubiertos.

Como en materia política y religiosa los autores no podían defender tan frontalmente la libertad, por miedo a la censura, en economía se explayaron. En una entrada, encargada al conocido economista Étienne-François Turgot, existen frases que por su simpleza y realismo siguen siendo un diagnóstico exacto del presente: “mientras que el curso natural del comercio es suficiente para la creación de mercados, nos vemos enfrentados al desafortunado principio de… la manía de controlar y regularlo todo y nunca servir a los verdaderos intereses del pueblo”. Esta, como tantas otras, es una verdad que seguimos sin digerir.

En cualquier caso, Correa tiene razón, aunque derive de ello conclusiones erróneas. La propiedad privada de los medios de prensa es la esencia de la libertad de prensa. Sin la propiedad de los medios de producción (intelectual, artística, periodística, industrial, etc,.), no existiría esa frontera de autonomía personal que nos permite ser libres ante el poder estatal. Porque el respeto a la propiedad privada es eso: respeto para escoger nuestros propios fines, que inexorablemente requiere del control de los medios obtenidos para satisfacer dichos fines. Por ello, cuando defendemos la “independencia” de la prensa no se pretende otra cosa que la aludida: control independiente ejercido por los propietarios de los medios de prensa, por contraposición al control ajeno, estatal. No se alude al uso que hagamos de dicha “independencia”, si este es ético, o estético, si es bueno o malo. Libertad de elegir, eso es todo, y ello incluye la libertad de ser grandes periodistas, o mediocres; de ser amarillistas, facciosos, serios o imparciales. La propia obra de Diderot no estaba exenta de terribles prejuicios y graves falacias.

Si no, imaginemos qué hubiese pasado si los emprendedores de la Encyclopédie no hubiesen sido dueños de la imprenta, si el ánimo de lucro de sus inversores no hubiese facilitado los medios económicos necesarios, si hubiesen sucumbido a la pesada persecución del Estado, justificada en el bien común. Imaginemos que la autoridad de turno hubiese dicho, en defensa de la persecución montada: defendamos a aquellos que no pueden pagar la suscripción, que no pueden acceder a otras fuentes alternativas de información, que son proclives a la manipulación de sus autores. Imaginemos también al censor hablando de “dimensión social de la libertad de expresión” y otras babosadas, mientras justificaban una Ley de comunicación enciclopédica. Imaginemos que, en vez de inversores privados, el Gobierno francés hubiese utilizado dinero ajeno arrebatado de forma coactiva a sus súbditos para emprender su Corporación Enciclopédica Nacional.

PD. Imagino a un genio, en arrebato de felina agudeza, argumentando: pero las frecuencias electromagnéticas son de propiedad del Estado, y solo concesionadas a las estaciones de TV y radio; ergo, no pueden hacer lo que les da la gana. Respuesta simple: ese es un problema que deberíamos eliminar, privatizando el espectro electromagnético, posibilidad que nunca se ha ensayado. De hecho, ese es uno de los mecanismos más comunes que los políticos en el poder tienen para presionar a los medios, cuando se acerca la época de renovación de licencias, y es la forma que tienen también de contentar a sus aliados mediáticos.

2 thoughts on “La Encyclopédie: obra de la libertad y el ánimo de lucro.

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