Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com 

Cuando leo a Pierre Joseph Proudhon paso del amor al odio en pocas páginas. Creo que es brillante en su crítica del estatismo socialista. No obstante, me desmotiva cuando analiza teóricamente el derecho de propiedad, porque cofunde conceptos y resulta bastante superficial e ingenuo.

En todo caso, el legendario anarquista tiene destellos de genialidad, como este fragmento de su libro, El Principio Federativo. Explica el desprecio que normalmente siente “el pueblo” (se refiere así de forma general a las clases más pobres) por la libertad individual y las instituciones que la garantizan. Explica por qué la democracia universal siempre desembocará en totalitarismo. Lo que dice vale como diagnóstico aún hoy, o quizá hoy más que nunca. Enjoy:

“El pueblo, por su misma inferioridad y su desamparo, debería formar siempre el ejército de la libertad y el progreso; el trabajo es republicano por naturaleza: lo contrario implicaría contradicción. Pero por su ignorancia, sus instintos primitivos, la violencia de sus necesidades y la impaciencia de sus deseos, el pueblo se inclina hacia formas sencillas y expeditivas de autoridad. No busca garantías legales, de las que ni tiene idea y cuyo poderío no concibe; no es una combinación de engranajes ni una ponderación de fuerzas lo que precisa para sí mismo: busca un jefe que se entregue a sus intereses, cuyas intenciones conozca y cuya palabra sea fiable. A este jefe le da una autoridad sin límites, un poder irresistible. El pueblo, que como tal considera justo todo lo que juzga útil, se burla de las formalidades y no se fija en las condiciones impuestas a los depositarios del poder. Rápido para la sospecha y la calumnia, pero incapaz de una discusión metódica, no cree en definitiva sino en la voluntad humana, no tiene esperanza sino en el hombre, y no tiene confianza sino en sus criaturas, in principibus, in filiis hominum. No espera nada de los principios, que son los únicos que pueden salvarlo; carece de la religión de las ideas…

Librada a sí misma o conducida por sus tribunos, la multitud nunca fundó nada. Tiene la frente al revés: no puede formar ninguna tradición, ningún espíritu de continuidad, ninguna idea que adquiera fuerza de ley. De la política sólo comprende la intriga; del gobierno, las prodigalidades y la fuerza; de la justicia, la vindicta pública; de la libertad, la facultad de darse ídolos que derriba al día siguiente”.

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