Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com

Original publicado en el diario La Razón (España), bajo el título “Iberoamérica: un puente sobre aguas populistas”.

Para América Latina, la diplomacia del zapaterismo ha sido un continuo y vano zigzagueo, un ritual del sinsentido. ¿Qué han dejado estos últimos ochos años en las relaciones con la región? Nada bueno, eso está claro. Lo que queda todavía por verse es el alcance del descrédito causado.

Cada paso dado fue en vano. El primer plan maestro de Zapatero fue intentar servir de “facilitador” entre Estados Unidos y les enfants terribles de Latinoamérica. Hubiera tenido esto algún sentido si no hubiese olvidado un pequeño detalle: tender primero puentes entre Madrid y Washington. Quiso jugar al pariente rico con acceso al Club VIP, pero terminó él mismo expulsado. Ni de Obama pudo lograr mayores gestos de aprobación.

El canciller Moratinos llamaba a Iberoamérica “el ámbito natural de nuestra política exterior”, pero se esforzó por alienar a la diplomacia ibérica en la zona. Se mimetizó con los adalides del Socialismo del Siglo XXI, en perjuicio del necesario equilibrio de las relaciones con los demás países.

El episodio más surrealista fue develado por Wikileaks. Según informes de la Embajada de Estados Unidos en Madrid, las intrigas entre Trinidad Jiménez y el Canciller eran intensas. La Secretaria de Estado para Iberoamérica fue impuesta por la Moncloa, y tuvo una relación muy mala con Moratinos. Es decir, no existió coordinación entre la responsable de la región y el adalid diplomático. Esto ya nos sugiere el nivel de seriedad con el que se manejó el asunto. Cada uno iba a la suya, buscándose nichos de influencia, mientras los mensajes contradictorios que se trasmitían confundían a Washington, y a todos. Las súbitas visitas del Ministro a La Habana, por ejemplo, dejaron perplejos a propios y extraños.

Uno de los episodios más sugerentes fue el de la venta de armas a Venezuela. Los viajes secretos de José Bono, entonces Ministro de Defensa, a Caracas, para negociar el intercambio comercial, constituyen cuando menos un oscuro pasaje. No es precisamente la mejor forma de defender la paz y la estabilidad regional abastecer el arsenal del líder militarista más díscolo del barrio. Esta movida, según los cables de Wikileaks, generó serias molestias en el propio personal del Ministerio de Relaciones Exteriores. Los demás gobiernos latinoamericanos observaron también este espectáculo, estupefactos.

El “por qué no te callas” del Rey Juan Carlos marcó sin duda un hito, a partir del cual se hizo evidente el desgaste diplomático de Zapatero. Hugo Chávez no contaba con esa reacción. Montó su numerito porque confiaba en que se saldría con la suya, sabía que su amigo de la Moncloa le soportaría la malacrianza. La cara de sorpresa y silencio de Chávez, ante la inesperada reacción del monarca, sirvió de testimonio elocuente. No obstante, al final el barón del petróleo doblegó nuevamente a Madrid, logró luego ser recibido por el Rey y obtuvo disculpas, incluso se permitió un tono burlesco.

La imagen de España en América Latina se ha devaluado, y paradójicamente lo ha hecho de manera más drástica en el sector que ZP quería conquistar. Un informe del Real Instituto Elcano apunta que el “antiespañolismo” es hoy más intenso que nunca entre latinoamericanos que se dicen de izquierda. Los mismos caudillos que Moratinos mimaba con tanto esmero y ayudas no dudan luego en satanizar el “neocolonialismo” español, si resulta aquello necesario para avivar a las masas.

Por su parte, el nombramiento de Jiménez como titular del Ministerio cambió poco las cosas. Su único “logro” ha sido interceder ante la Unión Europea para normalizar relaciones con Cuba, como retribución a la liberación de unos cuantos presos políticos. La Habana es el único interlocutor receptivo que ha dejado en herencia este Gobierno.

Las iniciativas diplomáticas del zapaterismo, además, reflejan su trasfondo ideológico. En su mundo, todo problema social se resuelve creando una instancia tecnocrática de nombre rimbombante,  con eslóganes redentores y una partida presupuestaria infinita. Por ello nunca faltaron proyectos quiméricos y cumbres intrascendentes. Y es que, al parecer, concibió la política exterior como lo hizo con la interna: como un universo moldeable mediante fórmulas de ingeniería social. Si no funcionaba un plan, daba igual, se volvía a experimentar con uno más esotérico y caro.

Madrid e Iberoamérica necesitan y merecen fortalecer relaciones. Hoy España precisa más que nunca de este continente, el mercado natural donde sus profesionales y empresas tienen la invalorable ventaja del idioma común y de la cultura compartida. Muchos jóvenes profesionales españoles han sorteado la crisis cruzando el charco, aprovechando la demanda generada de personal altamente preparado por empresas trasnacionales. Eso es bueno para ambos lados, y puede ser una de las vías de regreso a la prosperidad. Pero hay que dedicarse a lo concreto, a las necesidades reales, y no perder el dinero de los contribuyentes en ilusiones irrealizables e intimidades innecesarias con caudillos beligerantes.

No se debe solo pensar en los intereses de unas cuantas grandes empresas, sino en los cientos de emprendedores, medianos y pequeños, que necesitan agilizar las trabas burocráticas para expandirse en los mercados emergentes latinoamericanos. Uno de los problemas más recurrentes es la poca agilidad de los canales diplomáticos para resolver temas burocráticos de gran simpleza.

No se necesita tampoco un Estado hiperactivo en la política exterior, sino uno eficaz, concentrado en lo pragmático e indispensable, limitado por parámetros éticos claros. La fórmula que necesita el nuevo inquilino de la Moncloa no es complicada. América Latina no es un continente indescifrable para España. Por el contrario, hacen solo falta dosis de coherencia y sentido común, nada más.

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