Por Aparicio Caicedo C.  

Los índices de desigualdad son nada más que meros artilugios estadísticos. No significan nada. Solo sirven para llenar con demagogia los discursos de políticos, académicos, activistas, etc. Queda bien siempre una frase como “…pero tenemos pendiente un gran desafío en materia de desigualdad”.

Uno conversa tranquilamente sobre lo bien que Chile (por poner un ejemplo entre muchos) lo está haciendo desde que empezó a liberalizar partes de su economía, blablabla….y súbitamente aparece ese talentoso felino, al que no se le escapa una, y clava el zarpazo: pero es el país donde hay más desigualdad de América Latina, ¿eso te parece ejemplar? Uy, ahí uno se queda pensando. Todos te miran, inquisidores. El astuto felino se relame su garra intelectual, indiferente, como quien sabe que ha desgarrado fatalmente el argumento de su presa. Las miradas pesan. Porque nadie se atreve a defender la desigualdad. Eso sería como defender la pedofilia, o peor. Igualdad o desigualdad, ¿en qué bando estás?. Tic-tac, tic-tac.

Pero la respuesta es simple: la desigualdad no es mala en sí misma, e incluso a veces es un indicio de prosperidad general. Una vez que las cabezas de tus interlocutores hayan dejado de dar vueltas de 360° sobre su propio eje, prosigue: esos índices y ranking de desigualdad solo miden el nivel de repartición de la riqueza, pero no te dicen nada de cuánta riqueza le toca a cada uno y sobre los niveles de vida de la población. Por ejemplo, según el índice Gini, en términos desigualdad mejor ubicados están Pakistán y Bangladesh que Canadá y Suiza. Y según ese mismo ese mismo coeficiente, Ruanda y Senegal son menos desiguales que Chile. Creo que no hace falta un segundo análisis para ver que hay algo de raro en esto.

El tigrillo de la igualdad no te dice (porque no se ha tomado molestia de estudiarlo) que ese “pedazo” de riqueza en manos del “10 por ciento más pobre” de un país como Chile, por ejemplo, es mucho más grande que aquellos pedazos que se reparten en sociedades más “igualitarias” como Bolivia o Ecuador. ¿Por qué? Porque la quinta parte de una pizza pequeña sigue siendo menor que la décima parte de una pizza treinta veces más grande. Prueba de esto es que Chile es uno de los poquísimos países de América Latina que hoy atrae inmigrantes. Basta con recorrer un barrio periférico de Santiago para percatarse de la cantidad de peruanos, ecuatorianos y bolivianos que hay. Estos inmigrantes, por su parte, prefieren el pedazo de pizza que les toca en el desigual Chile, que los diminutos pedazos de pizza que les toca en sus más igualitarios países (recuérdese que Ecuador, Bolivia y Perú están mejor ubicados según el índice Gini). ¿Por qué no vemos chilenos emigrando a países más igualitarios?

Martín Krause lo explica claramente:

Por otro lado, calificar la prosperidad de una población por las “estadísticas de desigualdad en reparto de la riqueza” de un momento dado es como juzgar la película por un solo recuadro de la cinta. No te dice, por ejemplo, que ese “pedazo” de riqueza que ahora atesora ese percentil que “menos tiene” en países que han crecido económicamente es mucho más grande que el que tenían hace X años. Aunque quizá los chilenos ricos sean todavía más rico, y las diferencias sean más contrastantes, los que antes ocupaban el porcentaje más bajo también están mucho mejor, o simplemente salieron de ese nivel de pobreza. Muchos chilenos ya no están dispuestos a realizar las tareas de servicio domésticos que sus padres tuvieron que realizar para subsistir. ¿Por qué? Porque esas familias han salido de la pobreza. En 1975, por poner una fecha, sus padres tenían como única opción ir a ofrecerse como empleados domésticos para ganarse la vida. En 2011, su condición económica ha cambiado y los hijos de los empleados domésticos no están dispuestos a desempeñar tales trabajos, o si lo hacen exigen mayores salarios. Ese lugar lo ocupan ahora los inmigrantes, que sí están dispuestos a  trabajar por menor paga. Toman ese pedazo de pizza que los chilenos ahora desprecian porque sigue siendo más grande que el igualitario pedazo que les hubiera tocado en su país de origen. Y encima da para enviar las sobras a casa.

Les recomiendo ver este vídeo, que explica muy bien esta cuestión en el caso de Estados Unidos:

Señala que en Estados Unidos son precisamente los pobres los que más se han beneficiado del crecimiento económico, si vemos la película completa y no nos limitamos a un par de recuadros. Efectivamente, los estudios dicen que el 20 por ciento más pobre de americanos concentra menos porcentaje de la riqueza que antes, y que el 20 por ciento más rico concentra más. Y así es. Lo que no te dicen es que la pizza es mucho más grande, y que los ingresos de las familias más pobres en Estados Unidos, si comparas su situación en el tiempo, han crecido en un porcentaje mucho mayor que los ingresos de los que más tienen. La familia pobre en 1970, por ejemplo, no lo sigue siendo en 1990, etc. Este dinamismo económico se debe a las oportunidades que brinda una economía abierta,  oportunidades por las que  miles de inmigrantes arriesgan sus vidas en la frontera todos los días.

Y qué dice la historia…

También tenemos ejemplos en la historia. La primera etapa de globalización económica capitalista se dio durante durante las últimas décadas del siglo XIX, hasta la Primera Guerra Mundial. Durante este lapso, la liberalización del comercio y las finanzas a nivel mundial dieron paso a un aumento de los niveles de prosperidad sin antecendentes históricos. Subió como nunca antes el estándar de vida de millones y millones de trabajadores, inmigrantes y empresarios, gracias a los niveles de productividad industrial alcanzados y al avance tecnológico (quien más elocuentemente describe este periodo es Jeffrey A. Frieden, en Capitalismo Global). No osbtante, este lapso de inusitado crecimiento económico, si bien supuso un incremento de los estándares generales de vida nunca antes visto, también provocó una profundización de la desigualdad económica, sumado a períodos cíclicos de recesión y depresión. Mientras un sector mayoritario de la sociedad (empresarios, banqueros, comerciantes, migrantes, etc.) experimentó una opulencia económica y niveles de vida sin precedentes históricos, otros grupos (mineros, agricultores, obreros, etc.) se enfrentaron a distintas experiencias desconocidas hasta entonces de marginación social y hacinamiento urbano. No es raro por ello escuchar a muchos intelectos felinos satanizar este periodo como la época del “capitalismo salvaje”[1].

Todos los efectos sociales de la industrialización capitalista, tanto los positivos como los negativos, se manifestaron de forma especial en Estados Unidos, una nación que encabezaba todos los indicadores de crecimiento de la época. Desde la década de 1870 en adelante, la economía americana experimentó una excepcional expansión; su producción industrial llegó a alcanzar el liderazgo mundial a finales del siglo XIX. Además, sus principales indicadores económicos subían a un ritmo mucho mayor que los europeos: ingreso per cápita, producción de acero y petróleo, crecimiento de la población, consumo de energía, etc. La interferencia del Gobierno en la economía era, además, mínima en términos comparativos. Se convirtió por tanto en un polo de atracción de inmigrantes, principalmente provenientes del Viejo Continente, puesto que el nivel salarial y estándar promedio de vida eran significativamente superiores a los del resto del mundo, por más que los índices de desigualdad fueran también más extremos. ¿Y por qué?. Como bien señaló Clayne Pope:

“The dynamics of the U.S. economy in the nineteenth century created a vigorous growing economy that attracted millions of immigrants. A high standard of living and rapid growth in that standard did not create an egalitarian society. Equality may be a more feasible outcome, though not a necessary outcome, of a stagnant or less dynamic economy. An economy that attracts because of the opportunities it presents is most likely to create inequality as new participants enter, relocate, change occupations, and take risks to capture the opportunities before them. Such was the case in the United States in the nineteenth century. It gave attractive opportunities and created inequality at the same time”[2] .

Como vemos, en el caso de los Estados Unidos de los finales del siglo XIX el alto grado de desigualdad se daba precisamente como resultado de su dinamismo económico. Los ricos se hacían más ricos cada vez, pero eran muchos más los pobres que escalaban posiciones y mejoraban su nivel de vida, lo cual atraía a millones de inmigrantes que pasaban a engrosar los niveles más bajos de la pirámide.

A que te lo pensarás mejor la próxima vez que hables de igualdad. O quizá no. Más fácil siempre es pasar por romántico altruista, defensor de utopías, abanderado de los necesitados. Todos estos datos y razonamientos son demasiado complicados para digerir. Siempre será mejor que el Gobierno haga algo, cualquier cosa, antes que dejar solas a esas misteriosas fuerzas impersonales del mercado.


[1] La historiografía sobre este periodo ha sido objeto de polémica por parte de ciertos historiadores económicos que acusan una recurrente falta de parcialidad ideológica en los análisis más conocidos; véase enfoques críticos en Friedrich A. Hayek (ed.), Capitalism and Historians (University Chicago Press, Chicago, 1963).

[2] Clayne Pope, “Inequality in the Nineteenth Century”, en Stanley L. Engerman y Robert E. Gallman (eds.), The Cambridge Economic History of the United States (Cambridge University Press, Cambridge, 2000), p. 139

10 thoughts on “La desigualdad social no es mala

  1. Pobre conocimiento del concepto de igualdad. Deben leer un poco de neodarwinismo, en especial “Mind the Gap” / “Las desigualdades perjudican”, del catedrático inglés Richard Wilkinson.

      1. Gracias por el link. Sí, de hecho la desigualdad social no genera nada bueno. Desde luego. Pero tampoco genera nada malo en sí. Lo que genera daño sicológico es la pobreza. Y como podrás ver en el primer vídeo que cito la desigualdad no quiere decir necesariamente pobreza, y como digo en este escrito las sociedades más prósperas y dinámicas tienden a ser desiguales.

        El problemas es que esta apreciación de estos estudiosos parte de una generalización bastante osada. Muchas cosas crean stress, envidia, rencor, etc. Hay personas que saberse más pobres que sus vecinos le sabrá muy mal, hay otras que no. Hay sociedades opulentas que lo tienen todo donde algunos se aburren y empiezan a cometer crímenes en serie o a frecuentar grupos violentos. Pero ello no es razón suficiente para que el Estado intervenga. Porque no solo no ayuda a mejorar la situación, normalmente, sino que deja además todo peor que antes. No se puede erradicar el sufrimiento sicológico por decreto.

        Un ejemplo muy elocuente: la guerra contra las drogas. Es innegable que las drogas son fuentes de problemas sociales, y de dramas humanos. Los defensores de la guerra contra las drogas tienen toneladas de estudios sobre los “daños sociales causados por la drogadicción”. Y es grave, muchos padres lo saben. Pero no quiere decir eso que el Estado deba intervenir, como lo ha hecho por sesenta años, dejando las cosas mucho peor que antes.

  2. bajo este sistema tengas la rikeza ke tengas, la desigualdad genera envidia. Los valores de nuestras sociedades se basan en ke sientas el deseo de poseer lo ke no tienes, la desigualdad es intrínseca y nesesaria para ke todo siga en marcha, se fomentan las desigualdades. Yo sigo creyendo ke lo ke genera es perjudicial, lo vivo cada día al tener mas dinero ke alguien, en cualkier trato diferencial ke se hecha en cara sin entender ke todos somos iguales y tan solo nos tocaron diferentes experiencias por azar y por falta de previsión, y no deberíamos mostrarlas como algo inofensivo, dejo otro video

  3. Usar a un documental como Zeitgeist – Moving Forward, creado con herrmaientas que han sido creadas en el más claro Capitalismo, como un SERIO documental sobre economía es como usar a THE LION KING como un SERIO tratamiento sobre el apareamiento de los Leones.

  4. Está claro que se trata de un discurso meramente ideológico y propagandístico. Carece del menor rigor argumentativo. Así, es lamentable comenzar calificando (y tergiversando) los estudios sobre la desigualdad económica como meros “artilugios estadísticos”, para luego utilizar caprichosamente toda clase de datos estadísticos con el fin de sostener una opinión rechazada por casi todos los consensos ético-políticos del mundo. Pero al menos deja claro que para establecer una relación proporcional directa entre aumento de la desigualdad económica y crecimiento del nivel de vida de una población es necesario hacer malabares argumentativos y estadísticos. La equivalencia entre desigualdad económica extrema y bienestar colectivo es indefendible, no sólo por razones sociológicas y psicológicas, sino por razones éticas y políticas. La vida humana no es una empresa privada y los técnicos de la economía no pueden reducirla a los pequeños dogmas de su saber. El bienestar de los pueblos no se limita a gatos y pizzas, es mucho más complejo que eso…

    1. Bueno, un poco de realismo por favor!
      Tanto idealismo hace olvidar de dónde venimos, Por eso no saben hacia lo que nos quieren llevar con esa clase de idealismo, a la edad de piedra, ah pero habrá igualdad de hambre, expectativa de vida de 30 años, sin más tecnología que lanzas, totalitarismos absolutistas, fascismo, etc. y por supuesto muchas, pero muchas guerras. Se acuerdan, así era antes. Ah, pero que lindo volver a todo eso! Tendremos igualdad al fin!

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