Por Aparicio Caicedo C. 

Extracto del libro El New Deal del Comercio Global: génesis ideológica del ordenamiento económico de las posguerra (de próxima publicación con Unión Editorial, 2012)

A partir de la década de los treinta, un importante número de artículos se concentró en las “consecuencias económicas de la paz” y en analizar las causas de la inestabilidad política en Europa y Asia. Gran parte de estos trabajos se mostraba partidaria de retomar el proyecto de la Sociedad de las Naciones, manteniendo una gran idealización con respecto al potencial del Derecho internacional[1]. No obstante, la desastrosa experiencia de entreguerras motivó una respuesta de rechazo hacia la supuesta candidez doctrinal del clasicismo legal, partiendo de una perspectiva más colectivista. Se trató de una nueva corriente académica que entonces se catalogó a sí misma de “realista”, en contraposición a los paradigmas tradicionales como el “naturalismo” o el “positivismo”, considerados idealismos ajenos a la realidad[2]. Como bien apuntan Steinberg y Zasloff, no es mera coincidencia que este fenómeno haya seguido al surgimiento del legal realism en el ámbito interno[3]. Por otra parte, además, cabe recalcar un hecho que a menudo es soslayado en la historiografía internacionalista: los primeros exponentes de esta  nueva tendencia provinieron de sectores socialdemócratas y marxistas[4].

Edward Hallett Carr es considerado el primer referente del “realismo”. Apenas nombrado como primer titular de la Cátedra Woodrow Wilson de Relaciones internacionales de la Universidad de Aberystwyth, este autoproclamado marxista[5] hizo honor a su nombramiento con la publicación del trascendente The Twenty Years Crisis, en 1939. En él, Carr critica expresamente la influencia que tuvo el liberalismo ortodoxo americano en las iniciativas internacionalistas que siguieron a la Primera Guerra Mundial:

“[…] doctrinas, ya obsoletas […] antes de la guerra de 1914, se reintrodujeron en el periodo de posguerra, principalmente a través de la influencia americana, en el ámbito particular de la relaciones internacionales. Esto parece especialmente cierto con relación a la doctrina del laissez faire de la armonía de los intereses”[6].

En su libro apunta expresamente que en Estados Unidos se aceptaron los presupuestos filosóficos del liberalismo clásico más que en ningún otro país, particularmente la doctrina de la “armonía de los intereses”. Y “en este punto, como en muchos otros, la teorías actuales de las relaciones internacionales fueron imbuidas por la tradición americana”. La ausencia de una autoridad central a nivel internacional, añadió, hizo esta doctrina particularmente atractiva para justificar la viabilidad del orden internacional concebido sin un soporte político claro. Esa fue la causa, concluye en consecuencia Carr, de “grandes confusiones en el pensamiento internacionalista”.  Aquella “suposición utópica” habría servido para que se pase por alto el hecho innegable de que existen “diferencias fundamentales entre naciones deseosas de mantener el statu quo y naciones deseosas de cambiarlo”. Para los “realistas”, la adopción de los postulados del naturalismo  y el positivismo, detrás de su supuesta neutralidad y objetividad inherente, no hacían más que “justificar y mantener su posición dominante”[7]. La escuela realista consideró desde sus inicios que las “la reglas jurídicas emanan de los poderes dominantes y reflejan sus intereses”[8]. Hay un claro componente marxista en este planteamiento, agrupa a las naciones en clases sociales antagónicas: dominantes y dominados. De hecho, esta analogía fue sugerida expresamente por el propio Marx, estableciendo un paralelo entre el imperialismo y el capitalismo: “en la medida y a la par que vaya desapareciendo la explotación de unos individuos por otros, desaparecerá también la explotación de unas naciones por otras”[9]. Vemos además patente la distorsión de conceptos, en cuanto se atribuye a los cánones filosóficos liberales los excesos cometidos precisamente por una de las manifestaciones del estatismo crudo que significaba la carrera imperialista. Como bien señala Mises:

“La Liga de las Naciones no fracasó a causa de su imperfecta organización, sino porque le faltó genuino espíritu liberal. Era una asociación de gobiernos dominados por el nacionalismo económico, ansioso de hacerse mutuamente la más feroz guerra económica. Mientras los delegados en Ginebra vanamente peroraban recomendando buena voluntad entre los pueblos, todas las naciones ahí presentes se infligían unas a otras el mayor daño posible. Las dos décadas que la Sociedad de las Naciones perduró caracterizáronse por la guerra económica más despiadada de todos contra todos. El proteccionismo arancelario de 1914 parece juego de niños comparado con las medidas […] acordadas por doquier durante los años veinte y treinta de nuestro siglo”[10].

En Estados Unidos, la analogía entre las naciones poderosas en el panorama internacional y los conglomerados corporativos en el ámbito doméstico había sido ya empleada en 1915. Así, Edward Raymond Turner comparaba la actitud de Inglaterra, dedicada a acrecentar su poderío económico durante el siglo XIX, con la actitud de los robber barons en Estados Unidos[11]. Por otra parte, los comentarios de Hull acerca del aislacionismo de Estados Unidos luego de la Primera Guerra guardan una interesante similitud con su opinión sobre la época posterior a la Guerra Civil Americana y el predominio ideológico de las facciones industrialistas. En ambos casos, apunta, se ensayaron soluciones legalistas que no resultaron consecuentes con las condiciones socioeconómicas reinantes[12].

El siempre combativo Fenwick, en 1935, apuntaba en su comentario editorial de la AJIL que muy pocos internacionalistas hasta ese momento habían fijado su estudio en las “causas económicas” de los conflictos entre naciones. La mayoría de los juristas se habían estancado en “aproximaciones legalistas”, aplicando criterios formalistas tal como eran “aplicadas a comienzos de siglo”, añadía. Hacer esto era “considerar los problemas legales en el vacio de las abstracciones legales”, negar el carácter cambiante del Derecho, el cual “debe adaptarse a las necesidades cambiantes de la comunidad internacional” o resignarse a ser soslayado por la creciente situación de “anarquía económica”[13]. Suena el eco de Holmes, que había advertido años antes el “divorcio entre las escuelas de la Política económica y el Derecho” como una de las tareas pendientes de los juristas[14]. Así mismo, en 1936, el editor asociado de la AJIL y admirador de las iniciativas diplomáticas de Hull, Philip Marshall Brown, atacaba directamente las posturas conservadoras mientras defendía la realización de “cambios revolucionarios” para instaurar un “nuevo orden mundial” en el que los intereses de las clases serían más importantes que los intereses de los Estados:

“Estaríamos mejor ocupados como estudiosos de las relaciones internacionales buscando acomodar las reglas existentes del Derecho internacional a este nuevo orden mundial que intentando codificar o ajustar un estereotipado sistema jurídico […]. Es sin duda imperativo revisar nuestros métodos de análisis y exposición del Derecho de las naciones. ¿Quién sabe si un nuevo ius gentium pueda estar en rápido proceso de evolución?”[15].

Por otra parte, en 1938, el profesor de la Universidad de Harvard, Payson Wild, escribió una crítica directa a la ortodoxia jurídica clásica. Para él, la única manera de que el Derecho internacional no se convirtiera en un “sterile study” era prestar atención a las críticas planteadas por los realist critics que hacían hincapié en el “dynamic factors that lie outside the law. Wild quería que  la disciplina dejase de ser una neat little science within itself, y se lograra actualizar, tomando en cuenta los problemas reales y concretos de las relaciones internacionales: cuestiones económicas, conflictos sociales internos, tensiones políticas, etc.[16]. Al igual que Carr, culpaba a los presupuestos doctrinales propios del laissez faire de constituir la base del error. Si no hay conflicto de intereses en la sociedad internacional, si partimos de la premisa de que se trata de una comunidad armoniosa, decía este académico, ¿cuál es entonces el problema con el Derecho internacional?, ¿por qué no funciona? La respuesta que ofreció fue simple y directa: “porque la actual teoría jurídica ortodoxa es falsa”[17].

El idealismo clasicista confiaba en la naturaleza humana dejada a sí misma, en el hombre egoísta pero esencialmente honrado. Mientras, la crítica progresista partía de la premisa de que el ansia de dominación implícita en el ser humano debía ser limitada. De la misma manera, los progresistas parten de una relativa desconfianza hacia las intenciones de las naciones. El ansia de dominio internacional era una cuestión real, omnipresente, y por tanto debía ser diezmada mediante la coerción de la comunidad internacional. La disidencia académica se autoproclamaba realista en cuanto proclamaba un enfoque del mundo tal como era, no como debía ser. El abuso del poder económico y la desigualdad social eran los elementos determinantes de la realidad, tanto en el caso de las naciones como en el de los individuos. Como señaló Claude, aplicado a la esfera global, esta transformación significó una pérdida de optimismo en los resultados de un sistema internacional cuyos miembros eran entidades políticas nacionales que actuaban de forma completamente independiente y autónoma, sin ningún tipo de regulación ni en base a un interés común[18].

Hans Morgenthau fue uno de los personajes de mayor trascendencia en la reformulación de los esquemas doctrinales en Estados Unidos[19]. En 1940, este antiguo abogado laboralista alemán, adepto socialdemócrata y partidario del New Deal[20], publicó un influyente artículo en la AJIL, en el que ofrece una nueva propuesta interpretativa para el Derecho internacional. Sus argumentos se inspiran en  la crítica de juristas como Holmes, Brandeis o Pound con respecto a los paradigmas jurídico-ideológicos del clasicismo legal. El entonces profesor de la Universidad de Chicago, quien además había sido testigo del surgir del constitucionalismo de Weimar en su natal Alemania, dejó clara su fuente de inspiración: “los anales del más alto tribunal internacional no registran momento alguno en el que un abogado, como Brandeis en Muller v. Oregon, se haya atrevido a romper […] con el patrón tradicional”[21]. La alusión al juez americano Brandeis es particularmente relevante porque, como apuntamos antes, este fue unos de los mentores del ideario jurídico del presidente Wilson. Además, el proceso judicial al que hace también referencia, Muller v. Oregon[22], constituye uno de los hitos jurisprudenciales más significativos de la historia judicial americana. En Muller se trató la constitucionalidad de una ley del estado de Oregón que fijaba un máximo de jornada laboral para las mujeres trabajadoras, circunstancias muy similares a las del polémico juicio Lochner, que sólo tres años antes había incendiado la crítica jurídica progresista. En este caso, no obstante, el Tribunal declaró por unanimidad la constitucionalidad de dicha ley. La victoria se debió en buena medida a la labor de Brandeis, quien como asesor jurídico del Gobierno de Oregón presentó lo que se conoció desde entonces como el “Informe Brandeis”, basado en estudios estadísticos y dictámenes técnicos que avalaban la conveniencia social de las restricciones horarias impuestas por las autoridades estatales en la jornada laboral femenina. Esta fue la primera vez en la historia que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos aceptó la evaluación de parámetros técnicos para juzgar la constitucionalidad de una norma. Se convirtió por ello en un hito de la denominada “jurisprudencial sociológica”, que sirvió de modelo a futuro. Esta decisión es considerada el primer espaldarazo judicial del legal realism, en cuanto se interpretó como un acercamiento de la actividad interpretativa del Derecho a la realidad social[23] (véase Capítulo I).

Morgenthau señaló además en su artículo que “el Derecho internacional se encuentra en estado atrasado de desarrollo científico”, “ha retrocedido hasta donde la ciencia del Derecho se encontraba […] durante las últimas décadas del siglo diecinueve”. Las normas que componen el ius internacional, advertía, debían ser interpretadas en el “contexto sociológico de los intereses económicos, las tensiones sociales, y ansias de poder”. Decía que mientras los tribunales internacionales mantenían todavía posturas interpretativas “formalistas”, “en el área internacional, el error metodológico de negar el contexto sociológico del Derecho internacional ha llevado a peores consecuencias aún”[24]. El periodo al que hace a alusión es el de entreguerras, durante el cual el Tribunal Mundial empezó a funcionar regularmente.

Lo que Morguenthau llama “teoría funcional del Derecho internacional” y su crítica al establishment internacionalista guarda una similitud sorprendente con las observaciones de los jurista progresistas con respecto a la doctrina contractual del legal classicism. Su propuesta es que el elemento definitorio de la validez de los acuerdos internacionales no sea el mero hecho de que los Estados presten su consentimiento formal. Señala que se debe tener en consideración la condición de las partes del acuerdo, citando nada menos que al americano Pound, y su doctrina sobre la invalidez de las clausulas abusivas de los contratos celebrados por partes en desigualdad de circunstancias. La igualdad de derechos entre empleador y empleado, decía Pound, sólo puede ser considerada “una falacia para todo aquel que sea consciente de las condiciones industriales actuales”[25]. En consecuencia, Morguenthau opinaba que los tratados impuestos por Estados en situación de superioridad no deberían ser considerados válidos[26]. Siguiendo esa misma deriva argumentativa, Jessup señaló, en 1942, durante un discurso ante la ASIL, que los juristas internacionalistas debían enfocarse en superar los moldes jurídicos formalistas del status quo y reemplazarlos por “law in motion[27].

Durante la Segunda Guerra, todo esto ya era un presupuesto adoptado por la comunidad académica. En 1943, un destacado internacionalista americano escribía en la AJIL: “sólo los reaccionarios patológicos siguen argumentando en contra de la premisa de que el mundo necesita una […] estructura económica”. Señalaba además que el problema más trascendental de los acuerdos firmados a partir de 1919, es que tenían “demasiado Derecho, y muy poco de economía”, por lo que tuvieron que pasar más de dos décadas para que la relación entre la realidad económica y la paz fuera por fin “more generally acknowledged if not understood[28]. “La prosperidad y la paz no son entidades separadas”, apuntaba Hull en una de sus declaraciones públicas, y añadía que “el bienestar económico de las personas” era la mejor “protección” contra la guerra[29].


[1] Andrew Bennett y G. John Ikenberry, “The Review’s Evolving Relevance for U.S. Foreign Policy 1906–2006”, American Political Science Review, 2006, pp. 653-654.

[2] Véase Annette Freyberg-Inan, What Moves Man: The Realist Theory of International Relations and Its Judgment of Human Nature (State University of New York Press, Nueva York, 2004), pp. 67-68.

[3] Steinberg y Zasloff, “Power”, pp. 71-73.

[4] Cfr. William E. Scheuerman, “The (classical) Realist vision of global reform”, International Theory, 2, 2010, pp. 246-282.

[5] Cfr. Robert William Davies, “Edward Hallett Carr, 1892-1982”, en Proceedings of the British Academy, 69, 1983, pp. 485-486.

[6] Carr, op. cit., p. 50.

[7] Carr, op. cit., pp. 51-80.

[8] Cfr. Judith Goldstein, Miles Kahler, Robert O. Keohane, Anne-Marie Slaughter, “Introduction: Legalization and World Politics”, International Organization, 54, 2000, p. 391

[9] Texto del Manifiesto Comunista disponible en http://www.marxist.org. Véase análisis de la trascendencia del marxismo en la doctrina internacionalista en Tamedly, op. cit., pp. 92-122.

[10] Ludwig von Mises, La Acción Humana (3° ed. rev., Unión Editorial, Madrid, 1980), p. 998.

[11] Edward Raymond Turner, “The Causes of the Great War”, American Political Science Review, 9, 1915, pp. 16–35.

[12] La Guerra de Secesión estaba muy presente entre los políticos y académicos americanos aún durante la Segunda Guerra Mundial; véase e. g. Alice Morrissey  McDiarmid, “American Civil War Precedents: Their Nature, Application, and Extension”, AJIL, 34, 1940, pp. 220- 237

[13] Fenwick, “International Law and International Trade”, op. cit., p. 285.

[14] Holmes, “The Path of Law”, op. cit., p. 474.

[15] Philip Marshall Brown, “International Revolution”, The AJIL, 29, 1935, p. 673. Brown era un admirador de las acciones diplomáticas de Hull, como se puede apreciar en otro artículo, Philip Marshall Brown, “The Good Neighbor Policy”, The AJIL, 30: 2, 1936, pp. 287-290

[16] Payson Wild, “What is the Trouble with International Law?”, American Political Science Review, 32, 1938, p. 479.

[17] Wild, op. cit., pp. 491-492.

[18] Claude, op. cit., p. 88.

[19] Cfr. Steinberg y Zasloff, “Power…”, op. cit., pp. 71-73.

[20] Cfr. William E. Scheuerman, Hans Morgenthau: Realism and Beyond (Polity Press, Cambridge, 2009), pp. 11-39.

[21] Hans J. Morgenthau, “Positivism, Functionalism, and International Law”, AJIL, 34, 1940,  p. 264: “Permanent Court of International Justice still follows the time honored pseudo-logical method […] which prevailed in the jurisdiction of the domestic supreme courts at the turn of the century”.

[22] Véase sentencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos: Muller v. Oregon, 208 U.S., 412, (1908).

[23] Cfr. Horwitz, The Transformation of American Law, op. cit., pp. 208-210.

[24] Morgenthau, “Positivism, Functionalism, and International Law”, op. cit., pp. 264-271.

[25] Citado en Horwitz, The Transformation of American Law, op. cit., pp. 33 y ss.

[26] Morgenthau, “Positivism, Functionalism, and International Law”, op. cit., ibid.

[27] Philip Jessup, “International Law in the Post-War World”, en American Society of International Law, Proceedings  of the American Society of International Law (ASIL, Washington, 1942), p. 50.

[28] P. E. Corbett, “World Order–An Agenda for Lawyers”, AJIL, 37, 1943, p. 207 y 209. Por otra parte, siguiendo la misma idea, Benjamin H. Williams, “The Coming of Economic Sanctions into American Practice”, AJIL, 37, 1943, p. 386: “As the architects of a new world order now draw up plans for the defense of the international community against war, they can include economic sanctions with greater assurance of American approval than in 1919”.

[29] Citado en George A. Finch, “Secretary of State Hull´s Pillars of Enduring Peace”, AJIL, 31, 1937, p. 691.

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