Por Aparicio Caicedo C. 

Continuación de “La independencia americana y el mercantilismo británico“.

De 1775 a 1781, las colonias inglesas en Norteamérica formaron el Segundo Congreso Continental. Durante los días de la revolución americana, aquel órgano colegiado constituyó el primer intento serio por formar un gobierno común entre los enclaves coloniales rebeldes. Dicha asamblea fue responsable de la adopción de la Declaración de Independencia así como de los Artículos de la Confederación y Unión Perpetua. Adoptada en noviembre de 1777, los Artículos de la Confederación constituyeron una especie de Constitución transitoria o, más precisamente, un pacto de colaboración suscrito entre las legislatura de las trece colonias orientado a superar la campaña bélica con Gran Bretaña. Tal como lo establecía el artículo III: Los Estados mencionados por la presente entran severamente dentro de una firme liga de amistad unos con otros, para su defensa común, la seguridad de libertad, y para su bienestar mutuo y general, comprometiéndose ellos mismos ayudarse mutuamente, ante cualquier amenaza o ataque recibido por cualquiera de ellos, por razón de su religión, soberanía, comercio, o cualquier otra pretensión.[1]

Es pertinente resaltar es que la asamblea del Congreso en la cual resolvió la Declaración de Independencia fue presidida por el antes mencionado John Hancock. Aquel conocido contrabandista fue quien se había encargado de enardecer el ánimo separatista en la opinión pública. Hancock fue el primero de la lista en rubricar el acta por la cual se declaró la independencia de los Estados Unidos.[2] La presencia del conocido mercader constituye un indicio claro de hasta qué punto los ánimos separatista de las colonias tuvieron motivaciones económicas derivadas de la política comercial restrictiva de Londres.

Durante la mayor parte de la guerra por la independencia, el Congreso Continental sirvió de gobierno de facto de la precaria alianza entre las colonias rebeldes para gestionar las actividades de coordinación política necesarias para hacer frente a Inglaterra: organizar el ejército, establecer las directrices estratégicas de la guerra, y enviar representantes diplomáticos al extranjero para la negociación de tratados y alianzas con otras naciones. A partir de la ratificación de los Artículos de la Confederación, en 1781, por parte la legislatura de cada una de las trece colonias, el parlamento transitorio tuvo reconocimiento jurídico y fue denominado el Congreso de la Confederación.[3] El gobierno confederado se refería ya en esos días a la nueva alianza como los Estados Unidos de América.

La actividad diplomática durante los días de la gesta independentista se caracterizó por la improvisación. El manejo de la política exterior dependía del Congreso, por lo que cuestiones de mayor importancia debían ser resueltas en votación por los distintos representantes de los Estados confederados. En aquel entonces no había tiempo ni recursos para la creación de una estructura institucional organizada que se encargara de los quehaceres internacionales. Por lo general, los emisarios diplomáticos eran seleccionados de entre los propios miembros del Congreso, y designados para realizar encargos concretos. La principal inquietud del gobierno americano era lograr el apoyo de otras naciones europeas que le aseguraran recursos financieros y suministro de material bélico. Una de las movidas claves fue el envío de Silas Deane como agente comercial ante el gobierno francés, en marzo de 1776 –meses antes de la Declaración de Independencia– Una vez en París, Dean formó parte de la comisión tripartita formada además por Benjamín Franklin y Arthur Lee, encargada de negociar pactos estratégicos con la corona francesa. La presencia de los representantes estadounidense hizo posible el apoyo secreto del rey de Francia en aquel entonces, Luis XVI, a la causa independentista americana.[4]

 El Plan de Congreso: la búsqueda de acuerdos comerciales

En julio de 1776, el Congreso de la Confederación elaboró su agenda en política exterior. Su meta principal era el alcanzar reconocimiento diplomático y apoyo político por parte de las principales potencias europeas, ofreciendo a cambio la apertura de su mercado nacional. El Congreso de la Confederación estableció un plan especialmente dirigido a establecer un esquema de negociación de tratados de libre comercio. Ofrecerían de esta manera el acceso a sus mercados con la esperanza de que ello motivaría a las naciones europeas a reconocer las credenciales diplomáticas de este nuevo jugador del panorama internacional. John Adams, con la asistencia de Benjamín Franklin y otros, preparó un ambicioso proyecto que fue aprobado por el Congreso en septiembre de aquel año.

El plan mencionado se establecían dos alternativas con respecto a las condiciones esenciales de un potencial acuerdo comercial con otras naciones: En primer lugar, se recomendaba la inclusión del principio incondicional de trato nacional recíproco o, en su defecto, la adopción de la cláusula de la nación más favorecida. Por la primera condición –principio incondicional de trato nacional recíproco– se establecía que la contraparte se comprometiera a tratar a los mercaderes estadounidenses exactamente de la misma manera que trataba a sus nacionales.[5] No constituía precisamente un llamado a establecer relaciones de intercambio totalmente libres de obligaciones tributarias –dado que no implicaba la reducción de tarifas arancelarias–, únicamente requería que se cobraran las mismas tarifas oficiales que a los comerciantes nacionales. Los impuestos aduaneros eran fuentes demasiado preciadas de ingresos fiscales para la mayoría de gobiernos en aquella época. No obstante, el alcance de dicha cláusula podría haber significado concesiones muy importantes para los Estados Unidos. En caso de que otra nación hubiere aceptado un acuerdo en tales términos –que los productores de uno y otro país que firmaren el acuerdo compitan en igualdad de condiciones, con los mismos privilegios en ambos extremos–, ello hubiera significado que las potencias coloniales se vieran comprometidas a abrir sus dominios ultramarinos a las importaciones americanas. En virtud de la segunda alternativa propuesta del plan norteamericano –la cláusula incondicional de la nación más favorecida–, se incluiría en el acuerdo una disposición por la cual se comprometían a reconocer automáticamente los mismos beneficios a Estados Unidos que aquellos concedidos a otra parte más favorecida. El plan del Congreso americano también incluía una cláusula por la que Francia se debía comprometer a no imponer impuestos sobre la exportación de melaza de azúcar a territorio estadounidense, en obvia alusión a las restricciones impuestas años antes por la corona británica.

El Tratado Franco-Americano de 1778

El primer tratado comercial firmado por la nueva nación fue el Tratado Franco-Americano de Amistad y Comercio (Franco-American Treaty of Amity and Commerce), en 1778.  Paradójicamente, en aquel acuerdo no se recoge íntegramente ninguna de las dos opciones antes mencionadas, acordadas en el plan del Congreso americano. Únicamente una cláusula condicional de la nación más favorecida. De hecho, en septiembre de 1776, dos años antes de la firma del tratado con Francia, el Congreso resuelve dictar nuevas directrices por las que autorizó expresamente a sus representantes diplomáticos para que relajen sus posturas en ciertos puntos concretos.[6] Los negociadores americanos tenían órdenes precisas de enfocarse en lograr ayuda extranjera y no insistir demasiado en aquellas condiciones comerciales “poco prácticas” establecidas en el plan original, para así contrarrestar la agresiva política comercial inglesa y proteger sus barcos de los frecuentes abordajes británicos. Las cláusulas pertinentes del acuerdo señalaban:

Artículo 2do.

El Cristianísimo Rey y los Estados Unidos se comprometen mutuamente a no conceder favor alguno a otra nación, en relación al comercio y la navegación, que no sea extensible inmediatamente a la otra parte, quien deberá disfrutar dicho favor de forma gratuita, si la concesión hubiere sido hecha gratuitamente, o mediante la prestación de una compensación equivalente, si la concesión realizada hubiere sido  condicional.[7]

Artículo  3ro.

Los súbditos del Cristianísimo Rey deberán pagar en los puertos, carreteras, regiones insulares, ciudades y pueblos de los Estados Unidos o de cualquiera de ellos, ningún otro o mayor derecho o impuesto de cualquier naturaleza o denominación, que aquellos que la nación más favorecida esté o deba estar obligada a pagar; y deberán recibir todos los derechos, libertades, privilegios, inmunidades y exenciones relativos al intercambio, la navegación y el comercio, ya sea en la circulación entre los puertos de los distintos Estados mencionados, o dentro de los mismos, desde o hacia cualquier parte del mundo, que dicha nación goce o deba gozar.[8]

Artículo 4to.

Los súbditos, el pueblo y los habitantes de los mencionados Estados Unidos, y cada uno de ellos, deberán pagar en los puertos, Havens Road Isles, Ciudades y Lugares bajo la dominación de su Cristianísima Majestad en Europa, ningún otro o mayor Impuesto o Tributo, de la naturaleza que sea que estos sean, o la denominación que reciban, que aquellos que la Nación más Favorecida esté o deba estar obligada a pagar; y deberá gozar de todas los derechos, las libertades, los privilegios y las Inmunidades y Exenciones, en la navegación mercantil y el comercio, ya sea en el paso de un Puerto dentro de los dominios en Europa a otro lugar, o dentro del mismo, desde o hacia cualquier parte del mundo, que dicha nación goce o deba gozar. [9]

Como apuntamos, los términos se relajaron considerablemente en el acuerdo final con relación al plan original del gobierno estadounidense. Sólo se acordó una cláusula que reconocía forma condicional el principio de la nación más favorecida –artículo 2do.[10] En otras palabras, las concesiones otorgadas a terceros se hacían extensibles a la otra parte de aquel tratado únicamente si la aquella otorgaba concesiones similares a las realizadas por la tercera parte. Al parecer, las aspiraciones de la clase política norteamericanas se vieron truncadas por los requerimientos estratégicos. La confederación de las trece antiguas colonias no gozaba aún del peso necesario para negociar de igual a igual con las potencias europeas. Más aún, era dependiente del apoyo militar de Francia para sopesar la amenaza latente de Gran Bretaña.[11]

La corona francesa prestó una importante ayuda financiera a la causa independentista americana durante toda la guerra. El Tratado de Amistad y Comercio sirvió de precedente necesario para la refinanciación de la deuda contraída por el Congreso de los Estados Unidos. En julio de 1782, Benjamin Franklin, en calidad de embajador plenipotenciario del gobierno norteamericano, firmó con Francia un acuerdo de reestructuración del servicio de la deuda asumida por el gobierno estadounidense. Por medio de aquel instrumento, los Estados Unidos se comprometieron a rembolsar más de dieciocho millones de liras francesas abonadas por París desde 1778.[12] En febrero de 1783, el embajador Franklin consiguió un nuevo pacto por el cual afianzó un nuevo préstamo de  seis millones de liras, para sumarse al saldo anteriormente mencionado adeudado por el gobierno americano a la Corona francesa.[13] En ambos documentos se hace referencia a la importancia del fortalecimiento de las relaciones comerciales entre ambas naciones.

El Tratado de París de 1783 y la Segunda Ofensiva Diplomática

El 3 de septiembre de 1783 se firma el Tratado de París, entre Estados Unidos y Gran Bretaña, por el cual se pone fin a la cruenta guerra de independencia y Londres reconoce con resignación la independencia de sus trece enclaves coloniales. Sin embargo, la política comercial americana no se vio inmediatamente reforzada por el reconocimiento expreso de su independencia. Como lo señaló claramente Lord Sheffield, miembro del parlamento británico en aquel entonces: pasará un largo tiempo antes de que los Estados americanos puedan llegar a actuar como una única nación.[14] Ello significaba –como reconocía Paine–, en la práctica, que los británicos seguirían dominando el comercio de Norteamérica mediante la imposición de restricciones unilaterales. Desde su incendiario panfleto, Common Sense, Paine proclamaba en 1783 la necesidad de concertar una acción política común en materia de comercio exterior. De hecho, habiendo perdido los privilegios comerciales de acceso a los territorios del imperio británico, Estados Unidos tenía la eminente necesidad de concertar una estrategia común que le permita buscar nuevos mercados para sus productos.[15]

Ante la necesidad de romper la preponderancia económica de Gran Bretaña, hubo una segunda ofensiva diplomática en los días del Congreso de la Confederación. Uno de los principales medios para compensar la perdida de acceso a las Indias Orientales Británica era conseguir la autorización de otras potencia europeas para comerciar en sus territorios coloniales en Asia y América.[16] En 1784, en busca de reconocimiento diplomático por parte de otras naciones, el precario gobierno central americano siguió tratando de suscribir acuerdos con Europa. Thomas Jefferson, entonces miembros del Congreso, logró vencer el empecinamiento de sectores políticos que pretendían subyugar la aprobación de los acuerdos comerciales alcanzados a la ratificación de cada una de las legislatura estatales de la Confederación.[17]. El esfuerzo liderado por Jefferson no fue fructífero.[18] En la mayoría de los casos, las naciones del viejo continente miraron con desprecio sus propuestas americanas. El Reino Unido hizo caso omiso de sus ofertas.[19] Por otra parte, a pesar de haber apoyado secretamente las causas independentista americana, España no quiso apoyar más la causa revolucionaria ni dar accesos a sus colonias en América.[20] No obstante, se suscribieron algunos acuerdos comerciales de escasa importancia con otras naciones de Europa. En septiembre de 1785, se firmó un Acuerdo de Amistad y Comercio con Prusia en términos muy similares a los establecidos pocos años antes con Francia.[21]  A ellos se suman los instrumentos firmados posteriormente con el Reino de los Países Bajos en 1782, y con Suecia en 1783.[22]

La primera empresa diplomática del Congreso de Confederación no tuvo mayores efectos en suelo europeo, único destino posible de sus productos. Por esos días, los mercaderes americanos apenas iniciaban los primeros encuentros con países de Asia Oriental, por lo que todavía no se había planteado la idea de enviar misiones diplomáticas para suscribir acuerdos comerciales a esa región.[23] Sin embargo, como veremos más adelante, la ofensiva comercial diplomática abriría las puertas a futuros acuerdos con naciones de Oriente tales como China, algunas décadas después. Hasta entonces, la clase política americana se vio obligada a replantearse sus métodos en el panorama internacional y buscar la forma de ganar peso diplomático en el mundo.


[1] Traducción del texto original en inglés: The said States hereby severally enter into a firm league of friendship with each other, for their common defense, the security of their liberties, and their mutual and general welfare, binding themselves to assist each other, against all force offered to, or attacks made upon them, or any of them, on account of religion, sovereignty, trade, or any other pretense whatever.

[2] ALLAN, op. cit., p. 221.

[3] McCORMICK, Richard P.: “Ambiguous Authority: The Ordinances of the Confederation Congress, 1781-1789”,   AMERICAN JOURNAL OF LEGAL HISTORY, 41, 1997, p. 411.

[4] KENNEDY, Charles Stuart: The American Consul: A History of the United States Consular Service, 1776-1914,Greenwood Press, 1990, p. 5.

[5] El principio de trato nacional recíproco estaba contenido en los artículos I y II del plan:

ART. I: The Subjects of the most Christian King shall pay no other Duties or Imposts in the Ports, Havens, Roads, Countries, Islands, Cities, or Towns of the said united States or any of them, than the Natives thereof, or any Commercial Companies established by them or any of them, shall pay, but shall enjoy all other the Rights, Liberties, Priviledges, Immunities, and Exemptions in Trade, Navigation and Commerce in passing from one Part thereof to another, and in going to and from the same, from and to any Part of the World, which the said Natives, or Companies enjoy.

ART. II: The Subjects, People and Inhabitants of the said united States, and every of them, shall pay no other Duties, or Imposts in the Ports, Havens, Roads, Countries, Islands, Cities, or Towns of the most Christian King, than the Natives of such Countries, Islands, Cities, or Towns of France, or any commercial Companies established by the most Christian King shall pay, but shall enjoy all other the Rights, Liberties, Priviledges, Immunities and Exemptions in Trade, Navigation and Commerce, in passing from one port [Part] thereof to another, and in going to and from the same, from and to any Part of the World, which the said Natives, or Companies enjoy.

[6] Instructions to the Agent September 24, 1776. Disponible en: http://www.yale.edu/lawweb/avalon/diplomacy/france/fr1778i.htm

[7] Traducción del texto original en ingles del artículo 2 del tratado: The most Christian King, and the United States engage mutually not to grant any particular Favor to other Nations in respect of Commerce and Navigation, which shall not immediately become common to the other Party, who shall enjoy the same Favor freely, if the Concession was freer made, or on allowing the same Compensation, if the Concession was Conditional.

[8] Traducción del texto original en ingles del artículo 3 del tratado: The Subjects of the most Christian King shall pay in the Port Havens, Roads, Countries I lands, Cities or Towns, of the United States or any of them, no other or greater Duties or Imposts of what Nature soever they may be, or by what Name soever called, than those which the Nations most favoured are or shall be obliged to pay; and they shall enjoy all the Rights, Liberties, Privileges, Immunities and Exemptions in Trade, Navigation and Commerce, whether in passing from one Port in the said States to another, or in going to and from the same, from and to any Part of the World, which the said Nations do or shall enjoy.

[9] Traducción del texto original en ingles del artículo 4 del tratado: The Subjects, People and Inhabitants of the said United States, and each of them, shall not pay in the Ports, Havens Roads Isles, Cities & Places under the Domination of his most Christian Majesty in Europe, any other or greater Duties or Imposts, of what Nature soever, they may be, or by what Name soever called, that those which the most favoured Nations are or shall be obliged to pay; & they shall enjoy all the Rights, Liberties, Privileges, Immunities & Exemptions, in Trade Navigation and Commerce whether in passing from one Port in the said Dominions in Europe to another, or in going to and from the same, from and to any Part of the World, which the said Nation do or shall enjoy.

[11] ECKES, p. 6.

[12] Contract Between the King and the Thirteen United States of North America, signed at Versailles July 16, 1782. Disponible en: http://www.yale.edu/lawweb/avalon/diplomacy/france/fr-1782.htm

[13] Contract between the King and the Thirteen United States of North America February 25, 1783. Disponible en: http://www.yale.edu/lawweb/avalon/diplomacy/france/fr-1783.htm

[14] Citado por PAINE, Thomas, “Commerce with Britain and the Necessity of a Union” (Common Sense, 1783), Collected Writtings, The Library ofAmerica, 1995, p. 356.

[15] PETERSON, Merryl D.: “Thomas Jefferson and Commercial Policy, 1783-1793”, THE WILLIAM AND MARY QUARTERLY, 1964, p. 589.

[16] PETERSON, op. Cit, p. 593.

[17] Resolution on Treaties of Amity and Commerce, Apr. ?, 1784, in 7Jefferson Papers,

supra, at 203

[18] Congress, by the Confederation have no original and inherent power over the commerce of the states. But by the 9th article they are authorised to enter into treaties of commerce. The moment these treaties are concluded the jurisdiction of Congress over the commerce of the states springs into existence, and that of the particular states is superseded so far as the articles of the treaty may have taken up the subject. . . Congress may by treaty establish any system of commerce they please. But, as I before observed, it is by treaty alone they can do it. Tho’ they may exercise their other powers by resolution or ordnance, those over commerce can only be exercised by forming a treaty. . . If therefore it is better for the states that Congress should regulate their commerce, it is proper that they should form treaties with all nations with whom we may possibly trade. You seethat my primary object in the formation of treaties is to take the commerce of the states out of the hands of the states, and to place it under the superintendance of Congress, so far as the imperfect provisions of our constitution will admit. . . I would say then to every nation on earth, by treaty, your people shall trade freely with us, and ours with you, paying no more than the most favoured nation, in order to put an end to the right of individual states acting by fits and starts to interrupt our commerce or to embroil us with any nation. (Thomas Jefferson to James Monroe, junio 17 de 1785, Jefferson Papers, XXX, p. 227.

[19] GOLOVE, David: “Making and the Nation: The Historical Foundations of the Nationalist Conception of the Treaty Power”, MICHIGAN LAW REVIEW. 98, 1999-2000, p. 152-153? 1129.

[20] WERTZ, William F. y MORENO DE COTA Cruz del Carmen: “La España de Carlos III y el Sistema Americano”, FIDELIO, The Schiller Institute, primavera/verano 2004. Texto disponible en: http://www.schillerinstitute.org/newspanish/InstitutoSchiller/Literatura/Sinarquismo/CarlosIII/notas.htm#A022

[21] Treaty of Amity and Commerce Between His Majesty the King of Prussia, and the United States of America; September 10, 1785. Disponible en: http://www.yale.edu/lawweb/avalon/diplomacy/germany/prus1785.htm

[22] Curiosamente, aquel antiguo tratado suscrito entre Suecia y Estados Unidos fue invocado en los tribunales americanos, en 1930, dentro de un litigio por la herencia de un ciudadano fallecido de origen nórdico radicado en Estados Unidos. El Tribunal Supremo aceptó la efectiva vigencia del tratado aunque señaló que no era aplicable en aquel caso. (H. M., “The Todok Case”,  THE AMERICAN JOURNAL OF INTERNATIONAL LAW, Vol. 26, 1, 1932, pp. 144-146.

[23] COLE, Wayne S.: An Interpretive History of American Foreign Relations, Dorsey Press, 1974, p. 43.

3 thoughts on “Diplomacia económica de los founding fathers

  1. Excelente articulo Dr.,recomiendo como complemento a este articulo el libro de Dickson White “La inflacion del dinero fiat en francia”, para entender en parte las consecuencias economicas y politicas para francia de financiar a los estados confederados, y otros proyectos politicos.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s