El Ignorante Racional

Por Aparicio Caicedo C.

Articulo publicado originalmente en 2006, y que sacamos ahora en memoria del fallecido profesor Buchanan.

James Buchanan¿Por qué las cuestiones políticas suenan tan ajenas a las preocupaciones del ciudadano común? El parlamento representativo, palestra democrática por excelencia, tendría que ser el foro donde los mandatarios discuten lo que conviene a sus electores. Paradójicamente, eso no ocurre a menudo: la mayoría de los ciudadanos nos sentimos ajenos al debate de nuestros políticos.

Esta sórdida realidad atrajo la atención, hace más de medio siglo, de James Buchanan, premio Nóbel de Economía y fundador de la teoría de la elección pública (Public Choice Theory). En su opinión, hay que contemplar la política con sentido común, abandonando el habitual romanticismo académico. Buchanan sostiene que cuando un individuo accede a un cargo público, ejerce ese puesto obedeciendo a intereses personales. El burócrata es un sujeto que simplemente cambia de situación, pasando de la esfera privada a la pública: un nuevo mercado con distintas condiciones. Los “clientes” en este medio son los grupos de interés (conglomerados corporativos, organizaciones políticas, etc.), que buscan una clase de bienes (favores y privilegios) que sólo el gobierno puede alcanzar, a cambio de un precio (contribuciones de campaña, apoyo electoral, alianzas, etc.).

De acuerdo con Buchanan, el factor que facilita el alejamiento entre la decisión política y nosotros es la ignorancia racional. Siguiendo este planteamiento, la falta de interés del ciudadano en las cuestiones del gobierno se puede comprender como el resultado de un rudimentario estudio coste-beneficio. Para la mayoría de nosotros, enterarse a fondo de la actualidad política es costoso, porque requiere tiempo y esfuerzo; y poco beneficioso, porque la probabilidad de cambiar la situación a través del voto es reducida. Además, el debate público se refiere a cuestiones complejas que, a pesar de su trascendencia social, no nos afectan directamente y, por lo tanto, no merecen nuestra urgente atención. ¿Régimen autonómico? ¿Migración? ¿Política exterior? ¿Eutanasia? Bastante abrumados estamos ya con nuestras actividades inmediatamente productivas como para atender estos problemas.

El ciudadano que ha elegido ser un ignorante racional se plantea la siguiente alternativa: apegarse ciegamente al criterio de otros o abstenerse de participar (votar). Aprovechándose de esta circunstancia, existen muchos “grupos de interés” con fuertes razones para tratar de influir en el gobierno. Las autoridades necesitan devolver favores de campaña, tanto a sus benefactores económicos como a sus aliados políticos. Por ello, es frecuente que los gobiernos adopten medidas que poco se acercan a los “altos intereses de la nación” que dicen perseguir, pero que otorgan jugosas ventajas a determinados conglomerados. La reciente ola internacional de proteccionismo económico frente a las inversiones extranjeras en países como Rusia, España o Francia, ¿a quién beneficia? ¿A sus ciudadanos, o a grupos empresariales cercanos al poder político? ¿Cuántos contratos de endeudamiento externo fueron firmados por funcionarios de gobiernos corruptos, bajo la presión de grupos de interés locales comprometidos con las entidades que otorgaban los créditos? Generación tras generación, millones de habitantes de países pobres, sin saberlo, ven postergadas sus necesidades inminentes para hacer frente a obligaciones usureras.

Mientras tanto, las formalidades complacientes de la democracia representativa hipnotizan nuestra capacidad de reflexión. Los procesos usuales de deliberación pública se convierten en fórmulas mágicas de legitimación. La supuesta voz de la imaginaria mayoría, lo justifica todo.

La opinión ciudadana se traduce en una repetición irreflexiva de discursos tecnócratas difundidos por los medios de comunicación, demasiado ocupados con las demandas del mercado publicitario. Las discusiones cotidianas se convierten en una repetición maquinal de argumentos de otros (partidos, analistas, etc.). Así, el estudiante se encapsula fieramente en los axiomas de grupos radicales; el empresario, culpa al gobierno; el obrero, responsabiliza al empresario. El siguiente paso es obvio: la polarización emocional de unos y otros se materializa en enconadas disputas verbales irrelevantes, que generan tensión, anomia.

Restando quijotismos ingenuos, lo cierto es que los ignorantes racionales seguiremos existiendo, y los grupos de interés continuarán utilizándonos. La única solución radica en indagar medios institucionales que aclaren y simplifiquen el dialogo político. Por ello, vale la pena prestar atención a las reflexiones de Buchanan. Criticadas por muchos, sus ideas no pretenden reinventar la rueda de la teoría política, pero sí practicar un análisis realista, alejado de obstinados enfoques que intentan refinar las cláusulas de un idílico contrato social, excepcionalmente vigente.

The New Deal of World Trade

Por Aparicio Caicedo  

Original publicado en el número de junio de la revista The Freeman.

Much has been said about the ideological origins of the postwar world trade order, but few words have been written on the ideological background of its framers, a group of Progressive lawyers and economists working secretly on the postwar planning committees of the State Department during World War II. Their panacea had little in common with Richard Cobden’s or Frédéric Bastiat’s free-trade teachings. They wanted trade relations regulated through global bureaucratic agencies—in Murray Rothbard’s words, through “the mercantilist-managerial apparatus of global economic control.” Their ideological footprint is still deeply embedded in the system.

Undoubtedly, their intention to curb commercial protectionism was sincere. Most of them grew up watching the direct relation between the “high Republican tariffs” and the power of trusts. (“The tariff is the mother of trusts,” it was said.) Moreover, they witnessed the devastating consequences of the Smoot-Hawley Act (1930) and saw with great hope the openness brought by the Reciprocal Trade Agreements Act of 1934. Nonetheless, they also idealized the federal leviathan as the main source of restraint of the power of trusts. Protectionism was for them just one part of a failing status quo. They envisaged an active government that would guarantee “freedom from want” to the “great mass.” The war, to use Robert Higgs’s term, was the kind of crisis they were waiting for to take leviathan up to a supranational level.

This paradox is incarnated in the “father of the world trade system,” Roosevelt’s secretary of state, Cordell Hull. He was a southern Democrat whose whole life was devoted to curbing the power of the protectionist factions in the North. He is also known as the “father of the income tax,” which many hoped would replace the tariff as a source of revenue. In 1917 Hull, then in the House of Representatives, had a decisive role in supporting the legal reform that brought the first permanent American income tax, which enabled President Woodrow Wilson to finance participation in World War I.

Under Hull’s leadership the State Department formed secret committees at the beginning of World War II to start planning the institutional order of the Pax Americana. These groups counted on financial support from the Rockefeller Foundation and logistic assistance from the Council on Foreign Relations. Their work was carefully documented by Harley A. Notter in Postwar Foreign Policy Preparation, 1939–1945 (1949). As Notter wrote, the task was to consider the following questions: “What does the United States want? What do other states want? How do we obtain what we want?”

One thing was certain for them: “the anticipated fact that this country—emerging from the victory with tremendous power—would have profound new responsibilities in connection with practically all vital problems of world affairs and would have to state a policy or at least express an attitude on such problems.”

Back then “to state a policy” normally meant massive government intervention through regulatory bodies. At the international level this would mean, as Professor George A. Finch suggested in 1937, that “a ‘new deal’ in international relations . . . would seem to be worth trying.”

The committee planners saw the history of the international realm in terms analogous to the history of the United States. The question “How do we obtain what we want?” had a clear answer: Let’s give to the world a federal pact that would restrict protectionism among nations, as the Commerce Clause did among the states of the Union; moreover let’s also create a centralized international bureaucracy that would assure a harmonious economic order inspired by the New Deal.

A Global Commerce Clause

The Commerce Clause of the U.S. Constitution served as the perfect analogy. The “dormant commerce clause” doctrine permitted the commercial unity of the country. Traditionally the Supreme Court has interpreted article I, Section 8, Clause 3 as a mandate against discriminatory measures taken by the state governments that would imperil the free traffic of goods and services across their frontiers. In other words, that clause has worked as a free-trade charter. (It should be pointed out that the 13 states essentially had a free-trade zone under the Articles of Confederation.)

Why not try a global commerce clause then? The planners only had to take the same rationale one step further, to the international level. This position was clearly stated in 1943 by Charles Bunn, an adviser to the State Department and protégé of Supreme Court Justice Felix Frankfurter. In an address delivered to the American Political Science Association, Bunn quoted the words of the intellectual icon of Progressive jurists, Oliver Wendell Holmes:

I do not think the United States would come to an end if we lost our power to declare an Act of Congress void. I do think the Union would be imperiled if we could not make that declaration as to the laws of the several States. For one in my place sees how often local policy prevails with those who are not trained for national view and how often action is taken that embodies what the Commerce Clause was meant to end.

Bunn then added, arguing in favor of the postwar plans: “The world has grown smaller since Holmes spoke. ‘What the Commerce Clause was meant to end’ has become a burning question between nations. The men who try to solve that question and the people who give them power and support must indeed be trained for more than local views.”

During those years the Commerce Clause was decisive in defining the spheres of exclusive jurisdiction between the states and the federal government. According to Progressive lawyers, the growing power of the corporations had to be controlled at the national level since local officials were not able to control the almighty trusts. They demanded from the Supreme Court a broader interpretation of the Commerce Clause to permit nationwide intervention in those realms that had been traditionally under the power of state governments. A “living constitution” must evolve with the “economic reality” of industrial capitalism, they maintained. In that spirit the New Deal lawyer Robert L. Stern had written an influential piece in the Harvard Law Review defining the Commerce Clause as “the great unifying clause of the Constitution.”

We can find the same analogy Bunn drew in many works of the scholars who influenced the framing of the postwar project. Among the best known is Clarence K. Streit’s Union Now (1939), which had a huge impact on the foreign-policy establishment. Streit defended the idea of an Atlantic federation that would form a “union customs-free economy,” resembling the historical example of the American Constitution. In Streit’s own words: “It is the kind of interstate government that Lincoln, to distinguish it from the opposing type of government of, by and for states, called ‘government of the people, by the people, for the people.’ It is the way that I call Union.”

Economic Union

Directly influential on the designing of the world trade regime was Otto Todd Mallery’s book Economic Union and Durable Peace (1943). Mallery was among the leading advocates of interventionist federal policies. (See Murray N. Rothbard’s America’s Great Depression, chapter 7). Inspired by Streit, Mallery saw a clear analogy with the opus of the constitutional framers. His book advocated an economic union among nations, governed by an international board structured on the model of the International Labor Organization:

Let Economic Union become the American way of life. “Union” is a glorious word in American history. “The Union, it must be formed,” said the Founding Fathers. “The Union, it must be preserved,” said Andrew Jackson in glowing words. “The Union for-ever,” echoed the boys of 1861 with lusty fervor. To “Union” prefix “Economic.” Not yet is “Economic Union” charged with the same emotion, for it has not been died for, or even lived for.

The Progressive intelligentsia made crystal clear that they wanted a technocratic world government, modeled after the New Deal agencies. Max Lerner (many times adviser to the State Department and in later years a vocal opponent of what he called “the Mises-Hayek school”) could not have been clearer in a widely read 1941 essay:

The American Constitution, with its emphasis upon separate powers . . . is a poor model for a world state. . . . The essence of government today is to be found in a fusion between the consultative, the technical, and the administrative. . . . [T]he measure of our capacity to survive has been our capacity to move away from our earlier Congressional government and our later government by judiciary, toward a newer executive and administrative process. What is true of the American national state must be even truer of the world centralism we are envisaging.

In 1934 Leland Rex Robinson, a member of the Tariff Commission, while writing in favor of Hull’s reforms of trade policy also summarized its underlying ideological consensus: “The so-called ‘liberal’ of a hundred years ago was busy repealing restrictions which limited the gainful activities and discouraged the enterprise of individuals. The ‘liberal’ of today is more likely to be busy thinking out new schemes of political control.”

This ideological environment surrounded the work of the postwar committees of the State Department. Major academic publications, such as the American Journal of International Law and the American Political Science Review, were in those days full of projects for international bureaucratic organizations. Many intellectuals involved in the debate were in close contact with the committees or became members themselves.

The conceptual reference for the work of the postwar planners was the Atlantic Charter of 1941. That treaty—signed by the U.S. and British governments as a prewar arrangement—was aimed, according to its own text, at securing “the fullest collaboration between all nations in the economic field with the object of securing, for all, improved labor standards, economic advancement and social security.” As Elizabeth Borgwardt wrote in her book A New Deal for the World (2005), the “framing of the Atlantic Charter echoed [the] New Deal-inspired synthesis of political and economic provisions.”

The project for a new trade order saw the light of day in 1945 with the “Proposals for Consideration by an International Conference on International Trade and Employment,” known also as the “American Proposal.” Not surprisingly, the proposal called for the creation of an international organization aimed not only at controlling commercial disputes between nations but also at “curbing the restrictive trade practices resulting from private international business arrangements.” The result was the Havana Charter of 1947, which mandated the creation of the International Trade Organization (ITO), something like a worldwide Federal Trade Commission. The American economist Clair Wilcox, chairman of the Havana conference, put it boldly when he wrote that the principles of the Charter were fully compatible with those of “the Sherman Act of 1890 as interpreted by the Supreme Court under the rule of reason.”

Fortunately, the Havana Charter was never ratified by the U.S. Congress and the ITO never was created. That saved us from a worldwide “fatal conceit,” as Hayek would have put it. However, the members of GATT (the General Agreement on Tariffs and Trade) used this provisional protocol as a plan B for many decades, until the creation of the World Trade Organization (WTO) in 1995. The WTO was the final fulfillment of a suspended project. This international agency has served to foster corporate interests from the United States and the European Union, favoring free trade on occasion. More often it has been useful for imposing “intellectual property” protectionism on poor countries, while legitimizing agricultural protectionism in rich ones.

Instead of Cobden-Bastiat-Mises-Hayek free trade, we’ve had Hull-Mallery-Lerner managed trade, the fulfillment of the New Deal on an international level.

Esencia ideológica del correísmo descrita por Mises

Esencia ideológica del correísmo descrita por Mises

Por Aparicio Caicedo C.  

Leía este párrafo de Mises, en Human Action, y me parecía leer la descripción del Socialismo del Siglo XXI. Aplica casi perfectamente:

Los defensores del totalitarismo […] manipulan el significado de las palabras. Ellos llaman verdadera y genuina libertad la condición de los individuos bajo un sistema donde estos no tienen otro derecho que no sea obedecer órdenes [“mandar obedeciendo” dice literalmente el programa del Buen Vivir]. […] Ellos llaman democracia al método ruso [quien dijo ruso dice hoy cubano] de gobierno dictatorial. […] Ellos denominan libertad de prensa a esa situación en la que solo el Gobierno es libre para publicar libros y diarios [dicho de otra manera: un mundo en el que la “mayoría de la prensa sería pública”]. Ellos definen la libertad como la oportunidad de hacer lo “correcto”, y desde luego ellos se arrogan la capacidad de determinar qué es lo bueno y qué no lo es [mediante un Consejo de Regulación de los Medios y otros demonios]. Desde su perspectiva la omnipotencia estatal significa libertad plena [véase cualquier sabatina]. En liberar el poder de control gubernamental de todas sus ataduras [con cada ley nueva que aprueba dándole más poder] se encuentra la verdadera esencia de su lucha por libertad.

Moraleja: nada ha cambiado en los pretextos que estos farsantes dan para manejar nuestras vidas.

Si el Amazonas fuese Texas

Si el Amazonas fuese Texas

Por Aparicio Caicedo C.  

Si el Amazonas fuese Texas, o tuviese sus leyes, serían los indígenas los dueños del petróleo, y no el Estado. Serían los habitantes de la selva quienes se hubiesen beneficiado, y no una casta de parásito del Gobierno. Ellos viajarían en avión propio, y no solo el presidente. Serían ellos quienes pondrían las condiciones a las petroleras, y no un grupo de lejanos tecnócratas.

Si el Amazonas fuese Texas, los indígenas que ahí habitan serían hoy algo más que un museo viviente para esos activistas que tanto los defienden. Sus hijos hubiesen ido a esos mismos colegios donde ellos se educaron, hubieran tenido las mismas oportunidades de viajar por el mundo, de formarse en buenas universidades. Ellos habrían sido dueños de lo que producen esas tierras a las que han dedicado tantos años. Habrían sido libres para seguir ahí, para irse, para vender, para alquilar, para lo que sea.

Pero el Amazonas no es Texas, y la riqueza que nace de esos suelos que ellos habitan desde siempre, se gasta en propaganda, en burócratas, en asesores y en quimeras ideológicas.

El Estado, les dicen, somos todos. Y eso que crece ahí, bajo esos suelos que solo ellos pisan, es de todos. ¿Por qué?, porque es así, porque así debe ser. Esas cosas no se preguntan.

Si el Amazonas fuese Texas, las cosas serían más justas.

Europa ha sido tan austera como Strauss-Kahn casto.

Europa ha sido tan austera como Strauss-Kahn casto.

Por Aparicio Caicedo C. 

Que la austeridad no ha funcionado, dice el gurú socialista don Paul Krugman. Y otros repiten mecánicamente sin saber muy bien de lo que hablan.

Mientras, yo me pregunto: ¿de qué austeridad están hablando? El gasto público en Europa, que ya era gigantesco, no hizo más que crecer durante la crisis, precisamente en los países más afectados por la misma (salvo en Grecia, que ya debe el 120% de su PIB). ¿Eso es a lo que ellos llaman austeridad?

Si les queda alguna duda, los invito a ver el slide 8 de esta presentación de Power Point que me facilitó el profesor Bob Murphy, del Mises Institute. Apunta que en España, Portugal e Irlanda el gasto público no hizo más que subir entre 2008 y 2010 (la fuente es el BCE). La única excepción es Grecia, porque simplemente ya no tenía ni capacidad de endeudarse. Queda clarísimo que aquí ha habido de todo, menos austeridad:

Si esto es ser austero, Strauss-Kahn es casto.

Se preguntarán: ¿pero durante el 2011 sí que hemos sido austeros? Pues no. Y le cedo la palabra a Juan Ramón Rallo:

En 2011 los Estados de la Eurozona –todos– han gastado más dinero del que se fundieron en 2007, el último año de las falsas vacas gordas, con los erarios a rebosar.

¿Austeridad? El único que de verdad está siendo austero en la presente crisis es el sector privado, que, allá donde le han dejado, no ha tenido más remedio que redimensionarse y cuadrar sus cuentas. Los Estados, sin embargo, han continuado exhibiendo un comportamiento marcadamente irresponsable, que han tratado de camuflar monetizando deuda (como ha sucedido en EEUU y Reino Unido) o prometiendo en solemnes y repetidas cumbres que ya han aprendido la lección y que, esta vez sí, dejarán de gastar más de lo que ingresan.

Así pues, por mucho que se haya querido ligar la recaída en la recesión a partir de la segunda mitad del año a los programas de austeridad pública, semejante argumento carece de toda base. No sólo no ha habido austeridad alguna (el gasto se ha recortado en unos rubros… y se ha incrementado en otros), es que los auténticos problemas de la economía mundial tienen que ver con la enorme incertidumbre sobre la solvencia a largo plazo de nuestras economías.

La desigualdad social no es mala

La desigualdad social no es mala

Por Aparicio Caicedo C.  

Los índices de desigualdad son nada más que meros artilugios estadísticos. No significan nada. Solo sirven para llenar con demagogia los discursos de políticos, académicos, activistas, etc. Queda bien siempre una frase como “…pero tenemos pendiente un gran desafío en materia de desigualdad”.

Uno conversa tranquilamente sobre lo bien que Chile (por poner un ejemplo entre muchos) lo está haciendo desde que empezó a liberalizar partes de su economía, blablabla….y súbitamente aparece ese talentoso felino, al que no se le escapa una, y clava el zarpazo: pero es el país donde hay más desigualdad de América Latina, ¿eso te parece ejemplar? Uy, ahí uno se queda pensando. Todos te miran, inquisidores. El astuto felino se relame su garra intelectual, indiferente, como quien sabe que ha desgarrado fatalmente el argumento de su presa. Las miradas pesan. Porque nadie se atreve a defender la desigualdad. Eso sería como defender la pedofilia, o peor. Igualdad o desigualdad, ¿en qué bando estás?. Tic-tac, tic-tac.

Pero la respuesta es simple: la desigualdad no es mala en sí misma, e incluso a veces es un indicio de prosperidad general. Una vez que las cabezas de tus interlocutores hayan dejado de dar vueltas de 360° sobre su propio eje, prosigue: esos índices y ranking de desigualdad solo miden el nivel de repartición de la riqueza, pero no te dicen nada de cuánta riqueza le toca a cada uno y sobre los niveles de vida de la población. Por ejemplo, según el índice Gini, en términos desigualdad mejor ubicados están Pakistán y Bangladesh que Canadá y Suiza. Y según ese mismo ese mismo coeficiente, Ruanda y Senegal son menos desiguales que Chile. Creo que no hace falta un segundo análisis para ver que hay algo de raro en esto.

El tigrillo de la igualdad no te dice (porque no se ha tomado molestia de estudiarlo) que ese “pedazo” de riqueza en manos del “10 por ciento más pobre” de un país como Chile, por ejemplo, es mucho más grande que aquellos pedazos que se reparten en sociedades más “igualitarias” como Bolivia o Ecuador. ¿Por qué? Porque la quinta parte de una pizza pequeña sigue siendo menor que la décima parte de una pizza treinta veces más grande. Prueba de esto es que Chile es uno de los poquísimos países de América Latina que hoy atrae inmigrantes. Basta con recorrer un barrio periférico de Santiago para percatarse de la cantidad de peruanos, ecuatorianos y bolivianos que hay. Estos inmigrantes, por su parte, prefieren el pedazo de pizza que les toca en el desigual Chile, que los diminutos pedazos de pizza que les toca en sus más igualitarios países (recuérdese que Ecuador, Bolivia y Perú están mejor ubicados según el índice Gini). ¿Por qué no vemos chilenos emigrando a países más igualitarios?

Martín Krause lo explica claramente:

Por otro lado, calificar la prosperidad de una población por las “estadísticas de desigualdad en reparto de la riqueza” de un momento dado es como juzgar la película por un solo recuadro de la cinta. No te dice, por ejemplo, que ese “pedazo” de riqueza que ahora atesora ese percentil que “menos tiene” en países que han crecido económicamente es mucho más grande que el que tenían hace X años. Aunque quizá los chilenos ricos sean todavía más rico, y las diferencias sean más contrastantes, los que antes ocupaban el porcentaje más bajo también están mucho mejor, o simplemente salieron de ese nivel de pobreza. Muchos chilenos ya no están dispuestos a realizar las tareas de servicio domésticos que sus padres tuvieron que realizar para subsistir. ¿Por qué? Porque esas familias han salido de la pobreza. En 1975, por poner una fecha, sus padres tenían como única opción ir a ofrecerse como empleados domésticos para ganarse la vida. En 2011, su condición económica ha cambiado y los hijos de los empleados domésticos no están dispuestos a desempeñar tales trabajos, o si lo hacen exigen mayores salarios. Ese lugar lo ocupan ahora los inmigrantes, que sí están dispuestos a  trabajar por menor paga. Toman ese pedazo de pizza que los chilenos ahora desprecian porque sigue siendo más grande que el igualitario pedazo que les hubiera tocado en su país de origen. Y encima da para enviar las sobras a casa.

Les recomiendo ver este vídeo, que explica muy bien esta cuestión en el caso de Estados Unidos:

Señala que en Estados Unidos son precisamente los pobres los que más se han beneficiado del crecimiento económico, si vemos la película completa y no nos limitamos a un par de recuadros. Efectivamente, los estudios dicen que el 20 por ciento más pobre de americanos concentra menos porcentaje de la riqueza que antes, y que el 20 por ciento más rico concentra más. Y así es. Lo que no te dicen es que la pizza es mucho más grande, y que los ingresos de las familias más pobres en Estados Unidos, si comparas su situación en el tiempo, han crecido en un porcentaje mucho mayor que los ingresos de los que más tienen. La familia pobre en 1970, por ejemplo, no lo sigue siendo en 1990, etc. Este dinamismo económico se debe a las oportunidades que brinda una economía abierta,  oportunidades por las que  miles de inmigrantes arriesgan sus vidas en la frontera todos los días.

Y qué dice la historia…

También tenemos ejemplos en la historia. La primera etapa de globalización económica capitalista se dio durante durante las últimas décadas del siglo XIX, hasta la Primera Guerra Mundial. Durante este lapso, la liberalización del comercio y las finanzas a nivel mundial dieron paso a un aumento de los niveles de prosperidad sin antecendentes históricos. Subió como nunca antes el estándar de vida de millones y millones de trabajadores, inmigrantes y empresarios, gracias a los niveles de productividad industrial alcanzados y al avance tecnológico (quien más elocuentemente describe este periodo es Jeffrey A. Frieden, en Capitalismo Global). No osbtante, este lapso de inusitado crecimiento económico, si bien supuso un incremento de los estándares generales de vida nunca antes visto, también provocó una profundización de la desigualdad económica, sumado a períodos cíclicos de recesión y depresión. Mientras un sector mayoritario de la sociedad (empresarios, banqueros, comerciantes, migrantes, etc.) experimentó una opulencia económica y niveles de vida sin precedentes históricos, otros grupos (mineros, agricultores, obreros, etc.) se enfrentaron a distintas experiencias desconocidas hasta entonces de marginación social y hacinamiento urbano. No es raro por ello escuchar a muchos intelectos felinos satanizar este periodo como la época del “capitalismo salvaje”[1].

Todos los efectos sociales de la industrialización capitalista, tanto los positivos como los negativos, se manifestaron de forma especial en Estados Unidos, una nación que encabezaba todos los indicadores de crecimiento de la época. Desde la década de 1870 en adelante, la economía americana experimentó una excepcional expansión; su producción industrial llegó a alcanzar el liderazgo mundial a finales del siglo XIX. Además, sus principales indicadores económicos subían a un ritmo mucho mayor que los europeos: ingreso per cápita, producción de acero y petróleo, crecimiento de la población, consumo de energía, etc. La interferencia del Gobierno en la economía era, además, mínima en términos comparativos. Se convirtió por tanto en un polo de atracción de inmigrantes, principalmente provenientes del Viejo Continente, puesto que el nivel salarial y estándar promedio de vida eran significativamente superiores a los del resto del mundo, por más que los índices de desigualdad fueran también más extremos. ¿Y por qué?. Como bien señaló Clayne Pope:

“The dynamics of the U.S. economy in the nineteenth century created a vigorous growing economy that attracted millions of immigrants. A high standard of living and rapid growth in that standard did not create an egalitarian society. Equality may be a more feasible outcome, though not a necessary outcome, of a stagnant or less dynamic economy. An economy that attracts because of the opportunities it presents is most likely to create inequality as new participants enter, relocate, change occupations, and take risks to capture the opportunities before them. Such was the case in the United States in the nineteenth century. It gave attractive opportunities and created inequality at the same time”[2] .

Como vemos, en el caso de los Estados Unidos de los finales del siglo XIX el alto grado de desigualdad se daba precisamente como resultado de su dinamismo económico. Los ricos se hacían más ricos cada vez, pero eran muchos más los pobres que escalaban posiciones y mejoraban su nivel de vida, lo cual atraía a millones de inmigrantes que pasaban a engrosar los niveles más bajos de la pirámide.

A que te lo pensarás mejor la próxima vez que hables de igualdad. O quizá no. Más fácil siempre es pasar por romántico altruista, defensor de utopías, abanderado de los necesitados. Todos estos datos y razonamientos son demasiado complicados para digerir. Siempre será mejor que el Gobierno haga algo, cualquier cosa, antes que dejar solas a esas misteriosas fuerzas impersonales del mercado.


[1] La historiografía sobre este periodo ha sido objeto de polémica por parte de ciertos historiadores económicos que acusan una recurrente falta de parcialidad ideológica en los análisis más conocidos; véase enfoques críticos en Friedrich A. Hayek (ed.), Capitalism and Historians (University Chicago Press, Chicago, 1963).

[2] Clayne Pope, “Inequality in the Nineteenth Century”, en Stanley L. Engerman y Robert E. Gallman (eds.), The Cambridge Economic History of the United States (Cambridge University Press, Cambridge, 2000), p. 139

Thomas Paine contra el dinero fiduciario.

Thomas Paine contra el dinero fiduciario.

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com

Cada vez que reviso los ensayos de Thomas Paine, encuentro algo nuevo e interesante en ese genial panfletista. Esta vez es su “ataque a las leyes de papel moneda” (Attack on Paper Money, noviembre 3, 1786).

Me parece que el ideólogo de la revolución americana no estaría muy de acuerdo con esa obsesión de algunos economistas contemporáneos por imprimir más y más dinero para salir de la crisis (quantitative easing, como lo llaman ahora los entendidos).

¿Qué piensa Paine del papel moneda, término que usa como sinónimo de dinero fiduciario? Simple:

Ellos dicen que el papel moneda ha mejorado el país…y que el papel moneda ha logrado muchas otras cosas buenas…Ni una sóla sílaba de esto es cierto; es un error de comienzo a fin…Nos hemos equivocado tanto en este asunto que hasta nos hemos equivocado en el nombre. El nombre no es papel moneda, sino títulos de crédito: pero parece como tuviesemos verguenza de usar ese nombre, sabiendo cuánto hemos abusado de tal cosa. Todas las emisiones de papel para propósitos del Gobierno no hacen dinero, sino que hacen uso del crédito para endeudarnos. Es anticipar o adelantar los ingresos de años futuros, arrojando la carga del pago de tales deudas sobre futuras legislaturas. Es como un hombre que hipoteca su propiedad y deja la cancelación de la deuda a sus sucesores. Pero esto no es lo peor de todo, nos deja a nosostros finalmente en la inestabilidad, desapareciendo la moneda dura, disminuyendo el valor de los ingresos, y dejando en su lugar papel, que puede valer una cosa hoy y otra mañana.

Paine había sido testigo de el uso y abuso de dinero fiduciario durante la guerra de independencia americana, lo cuál generó escaladas inflacionistas y niveles de deuda tremendamente desestabilizantes para la economía.

Paine además denuncia que el poder de crear papel moneda no se encuentra entre las competencias legítimas de un Estado, de acuerdo a los “fundamental principles of civil government“:

En lo que se refiere a hacer de tales títulos lo que se llama moneda de curso legal…una asamblea que asuma tal poder , asume un poder desconocido para un gobierno civil, y comete traición contra sus principios.

Los principios fundamentales del gobierno civil son la integridad de nuestros derechos y personas como hombres libres, y la integridad de la propiedad. Una ley de moneda, por tanto, no puede ser compatible con tales principios, porque en su virtud se priva al hombre de su libertad natural y civil, y se atenta contra la integridad de la propiedad.

Si un hombre tuviese cien dólares de plata en su posesión, como su propiedad, sería extraña la ley que lo obligue a entregarlos a cualquiera que descubriese que él posee tal suma, y a tomar cien dólares de papel a cambio. Ahora bien, el caso es exactamente el mismo que si hubiese prestado ‘dólares duros’ a su amigo, y se lo obligue a aceptar en pago a tal deuda cien papeles. La transacción sería contra su voluntad, y en su perjuicio, y los principios de gobierno se orientan a proteger y no a violar sus derechos y propiedad. El Estado, por tanto, que realiza tal operación, no es un Estado de gobierno civil, y las personas no pueden ser obligadas a obedecer una ley que ampara y promociona la traición de los principios en los que el gobierno civil se basa.

Y esta es la parte que más me gusta, porque es casi como escuchar hablar a los austriacos, con respecto a la definición de dinero de curso legal. Deja patente que entonces se concebía como una completa rareza lo que hoy aceptamos como algo supuesto: que sea el Gobierno de cada país quien imponga los medios de pagos permitidos como válidos en las transacciones comerciales. Entonces, y hasta comienzos del siglo XX, eso quedaba a la voluntad de las partes en cada transacción comercial:

La única clase de moneda de curso legal que puede existir en un país bajo un gobierno civil es aquella cosa particular estipulada en cada compromiso y contrato. Esa cosa particular constituye la moneda de curso legal. Si una persona se ha comprometido a entregar trigo, no deberá entregar centeno, de la misma manera que alguien que se compremete a pagar en moned dura está en libertad de pagar con papel… Estos contratos o acuerdos han expresado lo que constituye moneda de curso legal para ambas partes”