El Orden Espontáneo según Hayek (for dummies) I

El Orden Espontáneo según Hayek (for dummies) I

Por Aparicio Caicedo C. 

¿Por qué es importante Hayek?

Friedrich Hayek fue el primer economista liberal en aventurarse profundamente fuera de la ciencia económica, a los terrenos de la ciencia política y jurídica. Y su principal aporte consiste, en consecuencia, en haber encontrado los puntos de convergencia entre dichas disciplinas.

Hayek resucitó un concepto indispensable para comprender la forma en la que funciona la sociedad: el orden espontáneo. Resucitó así una tradición de estudio que comenzó con la ilustración escocesa y que fue cultivada por algunos pensadores liberales decimonónicos, pero que luego resultó marginada por las corrientes colectivistas durante la mayor parte del siglo XX.

Me atrevería a decir que el elemento que define hoy a los “liberales”, desde una perspectiva intelectual, es la defensa tácita o expresa de la existencia de un “orden espontáneo” frente a los distintos tipos de dirigismos centralistas. Y es necesario leer a Hayek para comprender en hondura eso que defendemos.

¿Qué es el orden espontáneo?

Su sola mención levanta miradas condescendientes. A unos le suena a puro misticismo, otros dicen que es una noción de raíz religiosa, o iusnaturalista. En el mejor de los casos recibirás un comentario burlón sobre la famosa metáfora de Adam Smith de la “mano invisible”. La culpa es de esto no es de quien toma dicha actitud, sino de una tradición intelectual dominante que se ha movido en conceptos muy estrechos, incoherentes con la realidad, según los cuales toda institución humana ha sido creada en algún momento por alguien y toda sociedad necesita de una dirección centralizada para progresar. Lo contrario, se dice, es hablar de “anarquía del capital” o alguna chorrada por el estilo.

Por “orden espontáneo” Hayek se refiere a aquellos procesos sociales en el que interactúan una cantidad indeterminada de individuos, cada uno siguiendo fines particulares, sin sujeción a la dirección de nadie en particular, aunque sí sujetos a ciertas normas de carácter abstracto y universal que permiten una coordinación mutua, basada en una división del trabajo mucho más benéfica para el conjunto que la que resultaría de otros esquemas de planificación centralizada.

Pilas con este vídeo, que lo explica muy bien:

Solo miren a su alrededor, y encontrarán un ejemplo

Para comprender esto, les sugiero un ejercicio. Ahora mismo estarán viendo este texto en un computador personal, o quizá en un Ipad. Pregúntense de dónde salió el material del que está hecha la pantalla, si es que saben de qué material está hecha. También pregúntese quién ensambló la máquina, de dónde salió la tinta con la que imprimieron las letras en las teclas, o quién fabricó los metales de los que están hechos los circuitos de hardware, qué empresa provee de materiales al fabricante, en qué minas se extrae el mineral del que está compuesta la batería; o cómo es que todo esto me permite a mí escribir, comunicarme, guardar fotos, procesar información, sin que yo tenga la más mínima idea informática, de electrónica, de tintas, de minerales, de comercio internacional, etcétera. Piensen cómo es posible que tantas personas alrededor del mundo, en momentos distintos, con fines personales distintos, hablando lenguas distintas, con distintos gobiernos, sin conocerse entre ellos, hayan preparado todos los elementos por separado y llevado a cabo un proceso complejísimo para que ustedes aquí y ahora estén leyendo este texto sin tener la más remota idea de todo aquello.

Ese artefacto que tienen al frente, señores, es el fruto de un orden de carácter espontáneo que recibe el nombre de “mercado” y que depende para su correcto funcionamiento de ciertas instituciones (derechos de propiedad, respeto a los contratos, moneda, normas mercantiles, lenguaje) y de una diversidad inabarcable de emprendedores especializados que se coordinan a través de distintos mecanismos para satisfacer mutuamente sus necesidades.

De manera gráfica explica este vídeo la cantidad de conocimiento acumulado que hay en un solo Smatphone, y la gigantesca coordinación del esfuerzo de tantas personas distintas que se necesita para crearlo:

No hay ningún burócrata que diga cuánto coltán tienen que producir las minas en Bolivia para que se fabriquen la baterías de determinado número de Ipads en China, ni cómo deben ser diseñados estos aparatos en California, ni si serán comprados por personas en Berlín, Lima y Madrid. El Ipad que tenemos en nuestras manos es producido gracias a la coordinación espontánea (no dirigida centralmente) de un número indeterminado de personas que en la mayoría de los casos ni se conocen entre sí, pero que encuentran coordinación gracias al respeto de normas e instituciones básicas: esto es mío y esto es tuyo (derecho de propiedad), podemos intercambiar por mutuo consentimiento (normas contractuales), lo que yo quiero es determinada cantidad de dinero (pago en moneda), y te pido tal cantidad porque es igual o más de lo que otros están dispuesto a pagar por lo mismo (precios de mercado), etc.

La importancia de las instituciones

Hayek pudo apreciar la enorme complejidad y capacidad organizativa del mercado como economista, específicamente gracias a la influencia de pensadores como Ludwig von Mises, quien demostró en la década de 1920 que el socialismo estaba avocado al fracaso porque carece de los mecanismo de coordinación empresarial del libre mercado (precios, libre oferta y demandada, propiedad privada, etc.). Hayek pudo apreciar que el mercado ha podido llegar a esos niveles de eficacia organizativa gracias al desarrollo de instituciones (conductas pautadas de aceptación general) a lo largo de muchas generaciones, tales como el derecho de propiedad, el derecho contractual, los usos mercantiles, o la moneda. Tomó consciencia de que la mayoría de estas instituciones no fueron inventadas en un momento concreto por una persona o grupo de personas concretas, sino que son el producto no deliberado de un proceso evolutivo que a menudo toma muchísimas generaciones. Y se inspiró en la obra del fundador de la Escuela Austriaca de Economía, Carl Menger, quien demostró el origen evolutivo y no deliberado del sistema monetario imperante hasta entonces (el patrón oro).

Dichas instituciones las tenemos tan interiorizadas que las seguimos sin que seamos conscientes de ellas, ni de su importancia trascendental en todos los aspectos de nuestra vida diaria. Más aún, estudiando también economía se percató de la inabarcable complejidad de las sociedades modernas, y de la imposibilidad de que las normas que las rigen puedan ser diseñados en un momento histórico determinado, porque ninguna mente humana sería capaz de procesar la información necesaria para tal fin. La mayoría de las intervenciones y subversión de estas instituciones, por parte del Gobierno, se da por lo que él llama “fatal arrogancia”: la falsa idea de poseer el conocimiento y capacidad necesaria para alterar la sociedad de acuerdo a nuestras preferencias pasajeras.

Sin estas instituciones, no podríamos tomar café o estudiar en la cafetería

La mayoría de normas que rigen las actividades más básicas de nuestras vidas son normas abstractas que se han desarrollado generación tras generación, que cumplimos aún sin conocer su trasfondo teórico o histórico. Tomen nuevamente el ejemplo del Ipad. Imaginen que están en una cafetería con Internet gratuito, y que hay muchos estudiantes a su alrededor con distintos dispositivos. No nos damos cuenta, pero todo eso es posible debido al respeto inconsciente de un puñado de normas de alguna complejidad. Ninguno de los que está ahí es un civilista conocedor del código de Andrés Bello, pero están ahí bajo la convicción de que nadie le quitará de sus manos el Ipad y se irá con él. Y saben también que pueden ir a la caja a pedir un café a cambio de dinero, y que a partir de que realice esa transacción el café será suyo y el dinero ya no. Reclamarán sin duda si le dan un café que esté en malas condiciones, porque saben casi instintivamente que tienen derecho a hacerlo, por más de que no hayas cruzado más de media palabra con el empleado de la cafetería. Muchos etcéteras.

Piensen, por un segundo, todos los contratos que celebran al salir de su casa en un día cualquiera, y todo lo que dan por descontado en ellos. Verán.

Todas estas cosas resultan obvias así puestas. Pero si nos ponemos a analizarlas no lo son tanto. Porque los estudiantes del café saben, aunque no lo puedan articular con palabras precisas, que tienen un derecho de propiedad sobre el artefacto que usan o sobre la tasa de café que se toman, que se deriva de haberla adquirido de forma legítima de la tienda que se lo vendió, con la que celebró un contrato de compraventa, y que esta tienda la adquirió a su vez de una fábrica, que celebró contrato con sus proveedores que adquirieron la propiedad de esos insumos por apropiación original al explotar una mina o una plantación, etc. Sabe instintivamente que esa propiedad la ejerce gracias a que el antiguo propietario le cedió voluntariamente sus derechos sobre la cosa a cambio de un monto específico de dinero. Sabe que esto le da derecho a excluir a terceros del uso del Ipad, o a permitírselo a otras personas en determinadas circunstancias. Y lo mismo pasa con el café. Y es gracias a esta y muchas más instituciones interiorizadas en nuestra vida cotidiana que existe un orden en esa cafetería, por esa razón que no empieza una batalla de todos contra todos por los Ipads o el dinero de los demás, ni por el café que sirven en el mostrador. Hay un orden porque todos ahí se someten pacíficamente a pautas de comportamiento que limitan su conducta que tienen una importancia fundamental para ellos, normas abstractas tan importantes que todos se alarmarían y condenarían rápidamente a cualquiera que rompa estas normas (en caso de un robo de los Ipads, por ejemplo). Y, sin embargo, ninguno de ellos podría articular claramente, ni explicar la naturaleza teórica e histórica de aquellas normas que siguen cuidadosamente y cuyo respeto por parte de terceros dan por descontado. Pregunten en un café de estudiantes, si no me creen, sobre fundamento jurídico último de los derechos de propiedad, aunque paradójicamente verán que se respetan a rajatabla esas normas que pocos pueden articular.

Sin derecho de propiedad, por ejemplo, sería imposible el intercambio comercial, y no tendríamos ni Ipads, ni PCs, ni tan siquiera cuadernos donde anotar ideas. Porque si el fabricante chino no está seguro de que la producción le pertenecería, no se metería a producirla, y no hubiera conseguido ni siquiera insumos, porque sus proveedores de minerales determinados tampoco lo abastecerían, ya que para qué van a extraer estos metales si no serían suyos y se los arrebatarían, etc. Sin embargo, en el mundo real, los intereses de todas estas personas se coordinan de tal manera que todos colaboran porque saben que son dueños de los que poseen y que lo pueden vender y así obtener una ganancia. El orden espontáneo del mercado, cuyo funcionamiento damos por hecho todos los días, se vendría abajo el momento que esas normas tan complejas que nadie puede articular en su totalidad desaparezcan. Sería como si los pilares de un edificio se desmoronaran.

Continuará….

Si el Amazonas fuese Texas

Si el Amazonas fuese Texas

Por Aparicio Caicedo C.  

Si el Amazonas fuese Texas, o tuviese sus leyes, serían los indígenas los dueños del petróleo, y no el Estado. Serían los habitantes de la selva quienes se hubiesen beneficiado, y no una casta de parásito del Gobierno. Ellos viajarían en avión propio, y no solo el presidente. Serían ellos quienes pondrían las condiciones a las petroleras, y no un grupo de lejanos tecnócratas.

Si el Amazonas fuese Texas, los indígenas que ahí habitan serían hoy algo más que un museo viviente para esos activistas que tanto los defienden. Sus hijos hubiesen ido a esos mismos colegios donde ellos se educaron, hubieran tenido las mismas oportunidades de viajar por el mundo, de formarse en buenas universidades. Ellos habrían sido dueños de lo que producen esas tierras a las que han dedicado tantos años. Habrían sido libres para seguir ahí, para irse, para vender, para alquilar, para lo que sea.

Pero el Amazonas no es Texas, y la riqueza que nace de esos suelos que ellos habitan desde siempre, se gasta en propaganda, en burócratas, en asesores y en quimeras ideológicas.

El Estado, les dicen, somos todos. Y eso que crece ahí, bajo esos suelos que solo ellos pisan, es de todos. ¿Por qué?, porque es así, porque así debe ser. Esas cosas no se preguntan.

Si el Amazonas fuese Texas, las cosas serían más justas.

Escudo antimisiles: keynesianismo militar puro y duro.

Escudo antimisiles: keynesianismo militar puro y duro.

Por Aparicio Caicedo, editor deTartufocracia.com

Leía hoy la noticia del nuevo plan antimisiles de la OTAN para Europa.  Un proyecto de gasto público de 100 mil millones de euros. ¿Para qué?, ¿qué amenaza tan grave tiene Europa que justifique esto?, ¿justo ahora en plena crisis? La respuesta es simple: no tiene nada que ver con ningún interés de seguridad real, para ninguna amenaza real. Solo se trata de un plan encubierto de estímulo industrial, al más puro estilo neocon. Capitalismo de Estado puro y duro, keynesianismo militar, o como lo quieran llamar.

La noticia dice:

Rota será a partir de 2013 base naval del sistema de defensa antimisil que la OTAN y Estados Unidos esperan desplegar para contrarrestar amenazas balísticas de países como Irán o Corea del Norte [¿¿uh??], ha anunciado este miércoles el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero. En una comparecencia ante la prensa junto al secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, y el secretario de Defensa de Estados Unidos, Leon Panetta, en Bruselas, Zapatero ha estimado que el despliegue de cuatro buques de EE.UU. en Rota creará un millar de puestos de trabajo.

Esto me recuerda lo que escribía Martin Feldstein, antiguo asesor económico de Reagan (sí, el supuestamente liberal Reagan), en 2009, en el Wall Street Journal, bajo el título “El Gasto en Defensa sería un Gran Estímulo“:

Barack Obama y sus asesores económicos reconocen que la lucha contra una profunda recesión económica requiere un aumento en el gasto público para compensar la fuerte caída en los gastos de consumo y la inversión empresarial que ya está en marcha [ajá, ya, claro]. Sin ese aumento del gasto público,la crisis económica podría ser más profunda y más larga [es decir, Keynes reoladed, pero luego viene lo interesante]…

Un aumento temporal en los gastos… del Departamento de Defensa , en equipo y mano de obra, debe ser una parte importante de ese aumento en los gastos del gobierno en general. Lo mismo sucede con el Departamento de Seguridad Nacional, el FBI, y otras partes de la comunidad de inteligencia nacional…

Las adquisiciones militares tiene además la ventaja de que casi todos los equipos y suministros que las compras militares se realizan en los Estados Unidos, la creación de demanda y el empleo se quedan en casa.

Y a su vez recuerdo lo que dijo Robert Higgs sobre el artículo anterior:

El artículo de Feldstein nos recuerda que las élites que gobiernan este país tienen un nivel alto de desvergüenza. Que son capaces de relucir descaradamente cualquier penoso artilugio intelectual para justificar el arrebatar el dinero de los contribuyentes, y canalizarlo a las grandes empresas contratistas y privilegiada por la horda de zánganos en la nómina del Gobierno. Sin embargo, el keynesianismo militar, por intelectualmente ignominioso que sea, tiene un historial probado de conseguir llevar al stablishment a dónde quiere llegar.

Esto es lo que pensaba el mismísimo Keynes, en una carta abierta a Franklin Delano Roosevelt, escrita en 1933, en la cual el economista reconoce que su doctrina se inspira en una tradición económica militarista:

en una crisis, el gasto mediante crédito gubernamental es el único medio seguro de obtener rápidamente un aumento de la producción con un aumento de los precios. Es por eso que una guerra siempre ha causado intensa actividad industrial. En elpasado, las finanzas ortodoxas ha considerado una guerra como la única excusa legítima para la creación de empleo mediante el gasto gubernamental.

No sorprende así que incluso un premio Nobel, el progresista Paul Krugman, diga que los que necesitamos es “el equivalente financiero de una guerra”. Europa le está haciendo caso.

Por cierto, eso de que el gasto de guerra crea prosperidad  es un mito alimentado tanto por conservadores como por progresistas. Hace mucho tiempo fue completamente desdichopor Frederick Bastiat, entre algunos otros. Y más recientemente fue desmontado por Robert Higgs, específicamente en relación con el caso de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.

Bananas de Ecuador: Too Bonitas to Fail

Bananas de Ecuador: Too Bonitas to Fail

Por Miguel Castañeda C.

“El emprendedor, es el agricultor, el manufacturador, el comerciante, o, para designar a los tres bajo una denominación común, es el emprendedor de industria, aquel que emprende creando por su propia cuenta, para su propio beneficio y por sus propios riesgos, un producto cualquiera.”
Jean Baptiste Say, Traité, 1841.

El Ecuador es reconocido actualmente como el principal exportador de bananas en el mundo. Aunque aquello pueda sonar como una bendición económica para los amantes y defensores de ésta fruta tan deliciosa, para la mayoría de los actores de éste mercado, se ha convertido en un verdadero problema que los ha conducido hacia un abismo sin fin. Las estadísticas, las brújulas de todo tecnócrata, nos dicen que existen en el Ecuador 6.000 productores y 29 grandes exportadores (entre los cuales encontramos también productores) que exportan el 85,6% de cajas de banano, y varios pequeños exportadores (no cuantificados en las cifras de la Asociación de Exportadores de Bananas del Ecuador – AEBE) que exportan el restante 14,4% de cajas de banano. Éste sector emplea un 10% de la mano de obra ecuatoriana. Se trata entonces de un sector importante para la economía del país, pero sobretodo un sector favorizado por la atracción que genera en el plano político.

Hace algunos días, el gobierno decrectó el estado de emergencia en el sector bananero, debido a ”la caída de la demanda y del precio del producto a nivel mundial”. Gracias a éste decreto suscrito por el ministro de agricultura, Stanley Vera, 15 millones de dólares serán destinados a la compra de una producción excedentaria con el objetivo, según el ministro, de influenciar el mercado mundial ”impidiendo la salida de 1,5 millones de cajas de banano para evitar la sobreoferta y así equilibrar los precios”. Es decir 29.257 toneladas de banano durante 5 semanas.

En 2010, el representante de la AEBE, Eduardo Ledesma, se quejaba de la pérdida de competitividad del sector comparado con el resto de países exportadores de bananas de la región, que han firmado acuerdos de libre comercio con Estados Unidos y Europa. En nombre del sector él solicitaba medidas para compensar éstos ”inconvenientes”, entre las cuales encontramos ésta que en sus propias palabras decía : ”una estrategia de aumento de la producción para reducir los precios en el mercado”.

En 2011, el discurso de Ledesma, cambia en función de la coyuntura del momento, en efecto, aún si hoy en día el sector exportador ecuatoriano se beneficia de un dolar bastante devaluado, lo que hace que sus productos sean menos caros en la región, y a pesar de la posición privilegiada del banano ecuatoriano en el mundo, gracias a la ayuda de la Organización Mundial del Comercio y los Estados Unidos (Guerra del Banano), encontramos todavía y como todos los años, más problemas en el sector y llamados a la intervención del gobierno para el rescate de las pobres bananas, que en palabras de los defensores de la causa, ”Atención están por pudrirse!”.

Hoy en día las causas de ”la crisis bananera” son todas causas externas según Ledesma. -”No teníamos en mente que se hubiera recrudecido la crisis financiera…Tampoco los conflictos bélicos que afectan al medio Oriente”. Y prosigue diciendo : ”…lo importante es que pone a disposición los recursos del Ministerio…”.

En total, existen 6000 productores que poseen cultivos de entre 1 y 25 hectáreas, que se beneficiarán con el decreto. Paradójicamente, los productores no tienen problemas para aceptar el dinero público para la compra de sus sobreproducciones, sin embargo se niegan a aceptar la parte del decreto que propone la reconversión de sus cultivos. Además, queda fuera de toda discusión la negociación de la reducción del precio actual que deben pagar los exportadores a los productores, y que está fijado por el Estado ($5,50 por caja).

Los exportadores por su parte, recibirán líneas de crédito de la Corporación Financiera Nacional (Banco del Estado), ya que aparentemente sus problemas de liquidez están ligados al ”impago de la clientela internacional”, pero como lo dice Ledesma, es sobretodo para asegurarse de que continuarán a pagar el precio de $5,50 a los productores.

La fijación del precio

La teoría económica nos demuestra que el proceso del mercado siempre tiende a eliminar los excesos de demanda y de oferta, estableciendo un precio en el cual los demandantes puedan encontrar una oferta, y que los ofertantes puedan encontrar una demanda. Lo que muchos llaman el precio de equilibrio. Cuando un precio se encuentra por debajo del precio de equilibrio, crea una escasez de oferta para los demandantes. Mientras que cuando se encuentra por encima del precio de equilibrio, crea un superávit de bienes para la venta en comparación con las demandas para la compra.
Supongamos que en un mercado bananero ecuatoriano no intervenido por el Estado, que se encuentre formado por 9 exportadores y 8 productores, donde cada uno busca y dispone de 1 caja de banano y fija sus precios de la siguiente manera en función de su escala de valores individual :
Cuadro
Productores                   Precio                     Exportadores              Precio
Productor 1                        $1                              Exportador 1                    $20
Productor 2                        $3                             Exportador 2                    $18
Productor 3                        $5                             Exportador 3                    $15
Productor 4                        $8                             Exportador 4                    $11
Productor 5                        $9                             Exportador 5                    $9
Productor 6                        $10                          Exportador 6                    $8
Productor 7                        $12                          Exportador 7                    $6
Productor 8                         $16                          Exportador 8                    $5
Exportador 9                      $3

Nota:Dejamos de lado la demanda de los consumidores nacionales de banano puesto que el producto que se encuentra en los supermercados locales no es idéntico al vendido fuera del país, si se consideran las características muy distintas, de calidad, cosecha, almacenamiento, conservación, transporte, etc.

Por el lado de la oferta, Productor 1 acepta intercambiar su caja de banano por $1, Productor 2 acepta intercambiar por $3, Productor 3 acepta por $5 y así sucesivamente.

Por el lado de la demanda, Exportador 1 está dispuesto a ceder $20 por una caja de banano, Exportador 2 está dispuesto a ceder $18 y así sucesivamente.

Los exportadores entrarán en el mercado a ofertar un precio inicial que busque maximizar sus beneficios, lógico no van a pagar de entrada el precio más alto por la caja de banano deseada. Por su lado los productores intentarán buscar el máximo precio para vender sus cajas de banano. Los exportadores competirán para quedarse con la caja de banano de Productor 1, ofreciendo un precio cada vez más alto que deje a la competencia fuera del mercado.

De ésta manera, fijándonos en el cuadro, Exportador 9 puede que tenga posibilidad de cerrar un trato con Productor 1 o Productor 2, ya que está dispuesto a pagar hasta $3 por una caja de banano. Pero llega exportador 8 dispuesto a pagar $5 por una caja de banano, dejando a exportador 9 fuera del mercado porque en la escala de valores individual de éste último una caja a ese precio no vale la pena, él estaba dispuesto a pagar hasta $3 por la caja. Exportador 6 sacará del mercado a Exportador 8 y así sucesivamente irán presionando el precio al alza.

Del lado de los productores también se aplica ésta competencia de precios pero empujando los precios a la baja, Productor 8 será sacado del mercado por Productor 5 que está dispuesto a ofrecer su caja de banano por un precio de $9. Como podemos apreciar en el cuadro, Ni Productor 8, ni Productor 7, ni Productor 6 están dispuestos a ceder sus cajas de banano a ese precio. Usted puede continuar a hacer el ejercicio con otras combinaciones de intercambio entre productores y exportadores.

Ahora usted habrá notado que cuando quedan 5 exportadores y 5 productores en el mercado, es decir cuando queda una oferta de 5 cajas de banano para una demanda de 5 cajas de banano, el precio se iguala en $9. Es el precio de equilibrio que habíamos mencionado. Al precio de $9 del Productor 5; tanto Exportador 5 como Exportador 4, Exportador 3, Exportador 2 y Exportador 1 estarán dispuestos a cerrar un trato. Los exportadores pierden la motivación de seguir compitiendo por empujar los precios, puesto que existe suficiente oferta para satisfacer sus demandas de una caja para cada uno. Éste precio de equilibrio hace que del lado de la oferta, aquellos que no hubieran podido competir con el precio ofrecido por Productor 1, puedan seguir en el mercado, y permite a Productor 1 de ganar más por su producto de lo que inicialmente había previsto. Encontramos el mismo efecto a la inversa, en el lado de la demanda, aquellos que no hubieran podido competir con el precio ofrecido por Exportador 1, pueden continuar en el mercado, permitiendo a Exportador 1 de obtener un precio a pagar mucho más bajo de lo que había inicialmente previsto.

Pero, si decidimos intervenir en el mercado fijando el precio en $16, es decir por encima del precio de equilibrio, notaremos que del lado de la oferta, 8 de 8 productores estarán dispuestos a vender a ese precio, pero del lado de la demanda solo 2 de los 9 exportadores seguirán en el mercado dispuestos a pagar el precio (Exportador 2 y Exportador 1). El problema es que, como habíamos mencionado, cada exportador busca una caja y cada productor dispone de una, por lo tanto 2 cajas se venderán y seis quedarán sin venderse puesto que no hay compradores.

Lo mismo ocurrirá en el sentido inverso, fijando el precio en $1, entonces 9 de 9 exportadores estarán dispuestos a comprar pero solo quedará 1 productor en el mercado para vender a ese precio, por lo tanto habrá una demanda insatisfecha de 8 cajas de banano.

Como vemos, fijar un precio por encima o por debajo del precio de equilibrio del mercado, y obligar a la oferta o a la demanda a aceptarlo, termina sacando a compradores y a vendedores del mercado dejando a unos pocos, que teniendo menos competencia se convierten en un sector ”aparentemente privilegiado” (si es que podemos llamarle privilegio el pagar más caro por un producto, o el vender por casi nada el fruto de su trabajo).

Evidentemente, éste es un ejemplo muy simple utilizado para ilustrar un problema. El mercado de bananos se hará cada vez más complejo mientras cada actor busque comprar o vender, no solo una, sino miles de cajas de banano, en combinaciones muy diferentes, y agregándo además, la demanda del mercado internacional. Pero el principio continuará a aplicarse, y finalmente el mercado, que no es otra cosa que la materialización de la necesidad humana de intercambiar, continuará con su tendencia natural de eliminar los excesos y buscar un precio de equilibrio. Una tarea que como lo demuestran los desastrosos hechos, se hace cada vez más difícil para las calculadoras de ciertos ”sabios inspirados” del gobierno.

Too Bonitas to Fail (Muy ”Bonita” para dejar quebrar)

Sería fácil echarle la culpa a productores y exportadores por no prever los factores externos que puedan afectar sus negocios, y arriesgar de más en un sector que es por excelencia muy riesgoso y volátil. Pero en realidad, como ya hemos visto, son las distorsiones en el mercado que crea el gobierno al fijar los precios, lo que no les permite saber las condiciones reales para decidir si invertir o no, su tiempo, capital y mano de obra.

Éstas distorsiones, impiden a los productores y exportadores, de abandonar e invertir en otro sector que se esté perfilando de mejor manera en el mediano o largo plazo. Porque el gobierno, al impedir que el mercado se sanee y quite los excedentes que puedan haber en la oferta y en la demanda, continua prolongando la agonía invisible de los productores, quienes, por culpa de las ayudas recibidas del Estado (con dinero público), creen que no está pasando nada malo con el negocio y que pueden continuar produciendo bananas para siempre, aunque no exista nadie para comprarles.

Por culpa de las intervenciones, los actores del mercado bananero ecuatoriano han dejado de ser considerados como emprendedores que asumen al 100% los beneficios y los riesgos de sus decisiones, para convertirse en vividores de un verdugo al que le piden que los remate con un poco más de la misma dosis que los está matando.

Comprar la sobreproducción de los productores sin permitir una sana liquidación de los inventarios, incita a nuevos actores a entrar a producir en el mercado, amplificando el círculo vicioso, después de todo, el mejor negocio que puede existir es aquel en el cual ”siempre se gana y nunca se pierde”. El gobierno está consciente de ésto, si no, no habría incluído en su decreto un plan de transformación de las tierras para cultivar otro tipo de plantas, por lo tanto, su comportamiento contradictorio demuestra que su única preocupación es el costo político que podría tener, si hiciera las cosas correctamente.

No podemos seguir engañando tampoco a los exportadores, financiando sus grandes estructuras de períodos de Boom y sus carteras morosas, ayudándoles a pagar deudas con más deuda, porque la verdad es que el mercado mundial, allá en donde el gobierno no puede fijar los precios, ya resolvió hace tiempo eliminar los excedentes, para quedarse con lo que necesita y desechar lo que está de más.

El New Deal del Comercio Global

El New Deal del Comercio Global

 “El New Deal del Comercio Global, Génesis ideológica del sistema multilateral del comercio”, ponencia presentada en el IV Congreso de Economía Austriaca 2011, organizado por el Instituto Juan de Mariana y la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. 

Por Aparicio Caicedo Castillo.

Introducción

Cuando comencé mis estudios de doctorado, me dediqué al estudio de la regulación del comercio internacional, ámbito que siempre me fascinó por su complejidad teórica, trascendencia práctica y relevancia mediática (a favor, y en contra). La primera impresión que me dejó el estudio del sistema multilateral de comercio fue su incoherencia. Leer los acuerdos de la OMC, comenzando por el GATT, significa encontrarte con un catálogo extenso de excepciones a la supuesta regla de la liberalización del comercio: salvaguardias y regímenes especiales por absolutamente cualquier motivo imaginable. Los cortocircuitos teóricos más llamativos fueron el régimen de salvaguardias del artículo XXI y la “excepciones ambientales”, temas a los que dediqué mucho tiempo para encontrar su lógica.

Finalmente, terminé mucho más desorientado que al comienzo, porque los libros de texto de rigor están llenos de clichés. Noté que—a diferencia de otros ámbitos como el sistema monetario y financiero internacional—hacía falta una labor de arqueología de las ideas que sirvieron de base a este proyecto, en sus inicios, allá por la década de 1940. Porque, por más que el sistema se haya reformulado en 1995, con la creación de la OMC, los principios institucionales esenciales siguen siendo exactamente los mismos[1].

Una vez delineado el objetivo, la elaboración de la tesis llevó cuatro años, pero no fue sino hasta cuando estuvo muy avanzada, con toda la labor historiográfica realizada, que descubrí el enfoque teórico de la tradición austriaca. Gracias a sus herramientas teóricas, pude encontrar el camino correcto. Y de ahí el título escogido, que se me ocurrió gracias a un escrito de Rothbard sobre un tema similar[2].

La respuesta, según pude descubrir, se encontraba en Estados Unidos, en un grupo de tecnócratas del Departamento de Estado, la mayoría de ellos de fervientes “progresistas”, con una concepción teórica muy particular de la realidad social. Para ellos, a partir de la experiencia de su país durante medio siglo, la liberalización del comercio internacional era un principio necesario para asegurar la prosperidad material del planeta, siempre que se conjugue con una activa intervención del Estado. La crisis que significó la II Guerra Mundial, parafraseando a Higgs, fue aprovechada para expandir el  leviatán a escala planetaria (véase Higgs, Crisis and Leviathan), que tuvo un éxito parcial.

Su ideal de liberalización no tenía nada que con la doctrina clásica, sino en lo contrario: en un orden planificado y controlado por agencias tecnocráticas, en alarde de esa “pretensión de conocimiento” que caracterizó a los experimentos ingeniería social de la época (Hayek, “Pretence of Knowledge”). Se basaron en las mismas falacias históricas usadas por los gendarmes del estatismo a nivel local (véase e.g. Mises, Omnipotente Government; Rothbard, The Man and The State; Hayek, Capitalism and Historians). Todos ellos veían la Great Depression, y el New Deal la confirmación de sus prejuicios doctrinales (Rothbard, America’s Great Depression), veían el potencial de su Gobierno como fuente de armonía social, tanto a escala nacional como internacional. Además, precisamente por usar filtros teóricos distorsionantes de la realidad, atribuyeron injustamente la crisis continua de la entreguerra y el colapso de la Sociedad de las Naciones al auge del capitalismo global y las doctrinas liberales.

La Pax Americana del comercio comienza así, inspirada en la Constitución americana, pero no en la de Jefferson y Madison; por el contrario, el modelo constitucional era sólo un tenue espectro del legado de los founding father, tergiversado por el auge del progressive movement.

1. Los arquitectos del sistema multilateral de comercio

Lo primero que llamó mi impresión fue enterarme que los artífices del sistema multilateral del comercio fueron un puñado de tecnócratas agrupados en torno al Departamento de Estado americano, en una comisión secreta de la planificación, la Advisory Committee on Postwar Foreign Policy, grupo de trabajo que tuvo a su cargo nada menos que diseñar el esquema institucional de la Pax Americana, bajo el auspicio económico de la Rockefeller Foundation y el Council of Foreign Relations, CFR (sobre el CFR, véase Rothbard, Wall Street, Banks, and American Foreign Policy). “Nunca antes”, apuntó con absoluta razón James N. Miller, “la política comercial se había originado en una locación tan centralizada, pequeña y cuidadosamente controlada”[3].

La segunda sorpresa fue descubrir que los miembros de este grupo de planificación eran, a su vez, artífices de las reformas de Franklin Delano Roosevelt; eran críticos acérrimos del liberalismo clásico y sponsors de la intervención del Estado en la economía. Más aún, muchas de las figuras intelectuales más radicales del New Deal emigraron a estos grupos de trabajo—menos visibles políticamente—cuando Roosevelt, durante su tercer mandato, empieza a despedirlos y opta por escoger colaboradores del mundo empresarial (véase Higgs, Crisis and Leviathan, y Slaughter, “Regulating the World”).

Cordell HullEl líder de todo este proceso fue Cordell Hull, Secretario de Estado de Roosevelt. Él es la figura central de este proceso, y su trayectoria ilustra el trasfondo doctrinal de toda esa generación. Valga sólo con mencionar que ostenta dos títulos históricos en apariencia contradictorios: reconocido padre del GATT y—su faceta menos publicitada—“padre del impuesto a la renta” en EEUU. Por un lado, fue la persona que hizo posible que, con la aprobación del la Reciprocal Trade Agreements Act de 1934, el coloso americano salga de su característico ostracismo comercial mediante la suscripción de acuerdos comerciales recíprocos, lo cual viabilizó la firma del GATT de 1947. Por otro, paradógicamente, fue el legislador demócrata que, durante el mandato de su máximo ídolo—el estatista por excelencia, Woodrow Wilson—había logrado la aprobación, por primera vez en tiempos de paz y de forma permanente, de un impuesto a la renta federal.

2. El movimiento progresista: liberalización comercial y regulación económica.

El progressive movement, como la socialdemocracia europea, constituía la reacción ideológica a la revolución industrial, que se manifestó en una visión positivista y utilitaria del Derecho y el papel del Estado en estos ámbitos. (véase Hayek, Law, Legislation and Liberty; y Hoppe, Theory of Socialism and Capitalism). Inspirados en el fabianismo inglés y el socialismo prusiano, abogaban por la creación de entidades de regulación para controlar el poder del capital. El corolario de todo este proceso fue el errático New Deal, durante la década de 1930 (Higgs, Depression, War and Cold War).

2.1 Proteccionismo, trusts e imperialismo.

Lo auténticamente americano de todo esto es la importancia que tiene el tema del free trade y el poder corporativo en Estados Unidos por aquellos años. Como bien apuntó Tocqueville, los aranceles aduaneros fueron siempre una fuente de polarización política en EEUU. Y esto, lejos de amainar, empeoró a partir de la Guerra civil americana, cuando las élites industrialistas del Norte aprovecharon el aparato estatal en beneficio de los denominados robber barons (Elkirch, 1969), escudándose siempre en una retórica liberal, y bajo el auspicio del Partido Republicano (véase Kolko, y Rothbard, The Anatomy of the State).

Para los habitantes del agrícola Sur, donde predominaban el Partido Demócrata, los aranceles comerciales eran la fuente del dominio del Norte, el instrumento institucional que hacía posible la existencia de cárteles y monopolios, los trusts. Los aranceles aduaneros, efectivamente, permitían que los productores locales vender a precios por encima del mercado internacional sin preocuparse por la competencia de bienes importados, lo cual también fomentaba el expansionismo imperialista (Mises, “Autarky and its Consequence”, Omnipotent Government y Human Action). De hecho, las campañas imperialistas del Tío Sam durante comienzos de siglo, como apunta Rothbard, eran otro síntoma de crony capitalism (véase Rothbart, Wall Street…).

Para el Sur, de vocación exportadora, esto significaba un encarecimiento de las manufacturas y el cierre de mercados extranjeros cuyos gobiernos respondían con más aranceles. Todo esto iba unido a la cuestión del Antitrust law; es decir, a la regulación de la competencia corporativa con el objetivo de controlar el poder de los trusts. Para los progressive intellectuals, liberalización del comercio y regulación eran complementos perfectos, porque servían para vencer a su enemigo común. No se percataron, como sabemos hoy gracias a la doctrina austriaca, que los monopolios son sólo posibles, precisamente, por a la intervención del Estado y que esas medidas que patrocinaban, lejos de debilitarlo, beneficiaban el poder corporativo (Rothbard, DiLorenzo, Mises, Higgs)

Para Hull, como southern-democrat, el poder de los trusts y el proteccionismo comercial eran caras de una misma moneda, y entabló una auténtica cruzada contra ellos.

El propio Hull lo dejó muy claro en sus memorias:

“Creía que los aranceles altos significaban un coste de vida más alto para los ciudadanos americanos. Estos contribuían a la creación de monopolios y cárteles. Recortando las ventas de otros países a nosotros, también recortaban las compras de otros países a nosotros. […] Me aferré a la filosofía que mantuve durante mis doce años como Secretario de Estado […]”[4].

Pese a que muchos de sus reclamos eran válidos, la doctrina progresista cayó en toda suerte de falacias doctrinales. Y ello los llevó a apoyar reformas que daban más poder al Estado, y por ende a los grupos de interés corporativo con influencia en las esferas de Gobierno (Rothbard, Mises, Hayek, etc.). Durante la década de 1930, los intelectuales trasplantaron sus ideas al estudio orden global, una vez que dominaron los espacios académicos, convencidos de que la historia les había dado la razón. Esta confusión teórica es claramente apreciable en los trabajos de los referentes académicos del internacionalismo americano durante aquellos días, especialmente en las publicaciones más influyentes como Foreign Affairs, American Journal of International Law, y la American Political Science Review. Ahí se aprecia que la distorsión de conceptos los había llevado a considerar al proteccionismo, los trusts, y al imperialismo como consecuencias de precisamente su antítesis, el  laizze faire (el mayor problema fue que este término era utilizado, por lo general, indistintamente como sinónimo de capitalismo de Estado o corporativismo). En todo caso, la “avaricia del capital privado” era el chivo expiatorio de todos los males que el Estado había creado, con el descalabro económico causado por la intervención del Gobierno en la economía a escala local (Rothbard, America´s Great Depression), y escala internacional, por medio de las aventuras imperialistas (Stromberg).

2.2 Constitución americana como modelo de federalismo económico

En estas circunstancias, Estados Unidos ofrecía la analogía perfecta: la unión de las trece colonias en un área de libre comercio que cimentó su unidad política, en virtud de la Constitución de 1787. La Carta Magna, por medio de la denominada “cláusula de comercio” había hecho posible, gracias a su desarrollo jurisprudencial, dos cosas básicamente: la primera, mantener libre el comercio entre los estados de la Unión; la segunda, había permitido que el Gobierno federal adquiera paulatinamente  el poder de regular la economía, en perjuicio de los gobiernos estatales. Para ellos, este era el modelo a seguir por cualquier organización de alcance mundial.

El artìculo I.8.3 de la Constitución, la denominada “cláusula del comercio”, señala que “el Congreso tendrá facultad […] para regular el comercio con las naciones extranjeras, entre los diferentes Estados y con las tribus indias”.

Como podemos apreciar, se trata de un texto bastante lacónico, pero de cuyo contenido ha emanado todo un torrente jurisprudencial que ha terminado por darle un alcance enorme. Por un lado, la teoría de la dormant commerce clause, por la que se establece un mandato general de liberalización del comercio entre los estados de la Unión. Por otro lado, de ese mismo fragmento se desprende la doctrina de la “commerce clause”, o “positive commerce clause”, que fija el alcance de la capacidad de regulación económica del Gobierno federal frente a la de los Gobiernos locales.

La analogía estaba servida para los internacionalistas progresistas que buscaban inspiración en las lecciones de su propio proceso fundacional para la creación de una federación económica (e.g. Acuerdos de Ottawa, del Imperio Británico). En 1939, Clarence K. Streit (1896-1986) publicó Union Now, libro que levantó un significativo debate académico. Streit fue muy influyente en la Comisión de Posguerra liderada por Hull[5]. Uno de los pilares del proyecto esbozado por Streit fue la creación de una “union customs-free economy” entre los miembros de la nueva federación, lo cual traería “prosperidad” y “elevaría los estándares de vida” de su población. La conveniencia de este modelo, añadió, “ya había sido probada con la Unión Americana”[6]. Pocos años más tarde, Otto Tod Mallery, otro gurú intelectual del intervencionismo económico en EEUU (véase, sobre Mallery, Rothbard, America´s Great Depression, cap. 7), expresó de forma más directa el paralelismo histórico subyacente en los proyectos presentados por el Gobierno americano:

“Podemos alcanzar la unión comenzando por la unificación económica, que es más fácil que la unificación política, y prepara el camino. Podemos señalar a los primeros pasos efectivos hacia nuestra propia unión, que resultó de los esfuerzos de James Madison y la convocatoria de Virginia a la Convención Constitucional de Anápolis… Esa era una convocatoria a la Unión Económica de los Estados del continente. Las mismas palabras deberían ser usadas ahora en la nueva convocatoria para la Unión Económica de los Estados en más de un continente”[7].

La commerce clause hizo por primera vez de la integración económica a nivel nacional un auténtico principio constitucional. La tradición jurisprudencial de Estados Unidos ofrecía un elaborado sustento teórico-jurídico desarrollado por el case law del Tribunal Supremo a lo largo de décadas. En Estados Unidos, la legitimidad de las restricciones al comercio impuestas por los estados federados ha sido resuelta tradicionalmente por el Tribunal Supremo, de forma análoga a lo que hace hoy el Órgano de Apelación de la OMC con los miembros de la Organización y otras instancias supranacionales.

Como señalamos, la commerce clause sirvió además como mecanismo para hacer frente al efecto secundario de esta expansión económica: los trusts. De hecho, fue en virtud de la cláusula constitucional de comercio que el Gobierno federal justificó su capacidad de intervención para regular y controlar los supuestos abusos cometidos por cárteles como US Steel y empresas como Standard Oil. Así, gracias a un siempre polémico desarrollo jurisprudencial, el artículo 1.8.3 sirvió de fundamento jurídico a un proceso de centralización política que llegó a su clímax durante la década de 1930.

La posibilidad de llevar este esquema constitucional a escala global se planteó repetidamente. Como muestra, en 1943, Charles Bunn, cercano colaborador de Hull, sugirió la extensión de esta doctrina constitucional al ámbito internacional. Citó parte de un discurso del magistrado Holmes, que decía:

“No creo que Estados Unidos se acabe si perdemos el poder para declarar inválida una ley del Congreso. Creo en cambio que la Unión sí peligraría si no pudiésemos hacer dicha declaración sobre las leyes de los distintos estados. Para quien se encuentra en mi lugar es posible ver la frecuencia con la que una política local prevalece entre aquellos que no tienen capacidad para alcanzar una perspectiva nacional y la frecuencia con la que se toman acciones que encarnan aquello que se pretendió acabar con la Cláusula de Comercio”[8].

Si la commerce clause había funcionado tan bien para los estados, ¿porqué no aplicar dicha doctrina jurisprudencial al escenario global? La respuesta, para el funcionario diplomático, era obviamente afirmativa:

“El mundo se ha reducido desde que Holmes habló. ‘Aquello que se pretendió acabar con la Cláusula de comercio’ entre los estados se ha convertido en una cuestión inquietante entre las naciones. Los hombres que traten de resolver aquella cuestión y las personas que les den poder y apoyo deben en efecto estar capacitados para más que una visión local”[9].

La única forma de afrontar la gran mayoría de problemas era la intervención del Gobierno federal mediante organismos de regulación cuyo principal objetivo fuera la búsqueda de soluciones prácticas a casi todos los problemas sociales en base a parámetros técnicos.

3. El proyecto inconcluso: la Organización internacional del Comercio

La formulación jurídica de la Posguerra, del credo jurídico progresista a escala global, comenzó con la Carta del Atlántico de 1941, dónde se arranca el primer vago compromiso de liberar el comercio internacional a la otra potencia aliada, Gran Bretaña.

Todos estos antecedentes derivaron en la famosa “Proposals for Consideration by a International Conference on International Trade and Employment”, presentada en 1945, antecedente fundamental de la Carta de la Habana de 1947, preparada por el comité de preparación de la posguerra.

Los objetivos fundamentales de la organización propuesta eran tres: en primer lugar, establecer un “método equitativo para afrontar los problemas de las medidas económicas que afectasen al comercio internacional”; en segundo, “procurar la disminución de las prácticas restrictivas del comercio que resultasen de acuerdos empresariales privados”, y, por último, regular el comercio en consonancia con lo dispuesto en el GATT[10]. De forma ilustrativa lo explica Diane P. Wood:

“Era una idea atractivamente sencilla: en la medida que las operaciones empresariales ocurren a nivel global, las reglas que las regulan deben ser impuestas y puestas en práctica en el mismo nivel global. …Sólo un país tenía ya sea la predisposición o la habilidad para lograr algo así. Los Estados Unidos de América, sostenía la gente, vio lo mismo durante la parte final del siglo diecinueve, cuando los grandes trusts fueron capaces de movilizarse de estado a estado y evadir los esfuerzos de las autoridades estatales por prevenir sus prácticas abusivas. …Sólo cuando el poder de regulación se elevó a nivel del mercado nacional, con la aprobación de la Ley Sherman en 1890, fue que el Derecho de la competencia ganó algo de influencia en ese nuevo ambiente económico”[11].

Finalmente, el Senado americano dejó para siempre pendiente la ratificación del OIC, y el GATT se quedó a medias. Pero la esencia del sistema sigue siendo exactamente la misma que hace medio siglo; y el lenguaje, los principios y las instituciones creadas en 1947 continúan estando presentes—literalmente inalterados—en el aparato normativo de la actual OMC[12].

Bibliografía básica de referencia:

 

Borgwardt, Elizabeth: A New Deal for the World: America’s vision for human rights (Harvard University Press, Cambridge, 2005).

Destler, Ian M.: American Trade Politics (Institute for International Economics, Washington D.C., 2005).

Dezalay, Yves y Bryant G. Garth: “Law, Lawyers, and Empire”, en Michael Grossberg y Christopher Tomlins (eds.), The Cambridge History of American Law (Cambridge University Press, Cambridge, 2008).

Frieden, Jeffry A.: Capitalismo Global. El trasfondo económico de la historia del siglo XX (Crítica, Barcelona, 2007).

HIGGS, Robert: Crisis and Leviathan: Critical Episodes in the Growth of American Government (Oxford University Press, Nueva York, 1983).

HIGGS, Robert: Depression, War, and Cold War: Studies in Political Economy (Oxford University Press, Nueva York, 2006).

Hoppe, Hans-Hermann: A Theory of Socialism and Capitalism (Mises Institute, Auburn, 2010).

Horwitz, Morton J.: The Transformation of American Law, 1870-1960: The Crisis of Legal Orthodoxy (Oxford University Press, Nueva York, 1994).

Hull, Cordell: Memoirs (The Macmillan Company, Nueva York, 1948).

Mallery, Otto Tod: Economic Union and Durable Peace (Books for Library Press, Nueva York, 1943).

Mises, Ludwig: Omnipotent Government: The Rise of the Total State and Total War (reimp., Mises Institute y Liberty Fund, Auburn, 2010).

Notter, Harley A.: Postwar Foreign Policy Preparation, 1939-1945 (Department of State, Washington, 1949).

Rothbard, Murray: America´s Great Depression (reimp. 4º ed., Mises Institute, Aurburn, 2005).

Rothbard, Murray: Wall Street, Banks and American Foreign Policy (reimp. 2º ed., Mises Institute, Aurburn, 2011).

Slaughter, Anne Marie: “Regulating the World: Multilateralism, International Law, and the Protection of the New Deal Regulatory State”, en Robert Howse (ed.), The World Trading System, (Routledge, Nueva York, 1998).

Steinberg Richard H., y Jonathan M. Castoff: “Power and International Law”, The American Journal of International Law, 100, 2006, pp. 64-87.

Stromberg, Joseph R.: “The Role of State Monopoly Capitalism in the American Empire”, Journal of Libertarian Studies, 2001, pp. 57–93.

Wilcox, Clair: A Charter for World Trade (The MacMillan Company, Nueva York, 1949).

Wilson, Woodrow: The New Freedom: A Call for the Emancipation of the Generous Energies of a People (Prentice-Hall, Englewood Cliffs, 1961).

Zasloff, Jonathan M.: “Law and the Shaping of American Foreign Policy: From the Gilded Age to the New Era”, New York University Law Review, 78, 2003, pp. 239-373.

Zasloff, Jonathan M.: “Law and the Shaping of American Foreign Policy: The ‘Twenty Years’ Crisis”, Southern California Law Review, 77, 2004, pp. 583-682.


[1] El nacimiento del sistema multilateral de comercio fue accidentado. El Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles (GATT, por siglas en inglés) de 1947 fue suscrito como un protocolo provisional de liberalización, para preparar el camino a la Carta de la Habana de 1948, tratado por el que además se crearía la Organización Internacional de Comercio (OIC). Ambos instrumentos, el GATT y la Carta de la Habana, estaban destinados a funcionar de manera complementaria, en el contexto institucional de la OIC. No obstante, el Senado de los Estados Unidos se negó a ratificar la Carta de la Habana, y la OIC nunca fue creada. Ante ello, los Estados-contratantes del GATT, en vez de olvidar el proyecto, utilizaron dicho acuerdo provisional como fundamento jurídico del sistema, creando así un abanico institucional que sirvió por casi cincuenta años, hasta la entrada en vigencia del Acuerdo General de la Organización Mundial de Comercio (OMC), en 1995.

[2] Murray Rothbard, “The New Deal and the International Monetary System” Leonard P. Liggio and James J. Martin, (eds.), Watershed of Empire: Essays on New Deal

Foreign Policy (Ralph Myles, Colorado Springs, 1976)

[3] James N. Miller, Wartime Origins of Multilateralism, 1939-1945: The Impact of the Anglo-American Trade Policy Negotiations (tesis doctoral, Emmanuel College de la Universidad de Cambridge, 2003), p. 12.

[4] Hull, Memoirs, p. 81.

[5] Richard D. McKinzie, “Oral History Interview with Donald C. Blaisdell”, October 29 de 1973, pp. 37-38. Disponible en la web de la Harry S. Truman Library and Museum: http://www.trumanlibrary.org.

[6] Clarence K. Streit, A Proposal for a Federal Union of the Democracies of the North Atlantic (4ª reimpresión, Harper & Brothers, Nueva York, 1939).

[7] Otto Tod Mallery, Economic Union and Durable Peace (Books for Library Press, Nueva York, 1943), pp. 172-173.

[8] Charles Bunn, “The United Nations and the Trade-Agreements Program”, Dep. St. Bull., 8, 1943, p. 137.

[9] Bunn, Ibíd.

[10] Harley A. Notter, Postwar Foreign Policy Preparation, 1939-1945 (Department of State, Washington, 1949), p. 628.

[11] Diane P. Wood, “International Law and Federalism: What is the Reach of Regulation?”, Harvard Journal of Law and Public Policy, 23, 1999, p. 99.

[12] El GATT de 1947 fue incluido, con mínimas modificaciones, como instrumento anexo al Acuerdo General de la OMC de 1994, y se lo denomina desde entonces GATT de 1994.

La crisis financiera que el Estado causó (for dummies).

La crisis financiera que el Estado causó (for dummies).

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia. 

Se dice que no hay nada más práctico que la buena teoría. Cada vez nos convencemos más de que eso es lo cierto. Muchos de los apóstoles del colectivismo estatistas parten de premisas fundamentales equivocadas, a partir de las cuales se derivan conclusiones falaces, de las cuales a su vez nacen una serie de medidas gubernamentales destinadas a imponer por la fuerza sus errores. La principal fuente de error es una imagen tergiversada de la historia, en la que pasan inadvertidas las verdaderas causas de los procesos sociales que más nos afectan.

La leyenda urbana reza que la debacle que significó la explosión de la burbuja financiera se debió a la “liberalización” del sistema financiero, en virtud de lo cual se dejó rienda suelta a la avaricia corporativa, que se embarcó en una vorágine de malabares especulativos en los complejos—inentendibles, para la mayoría de nosotros—circuitos del mercado financiero global. La respuesta ante ello sería, como es lógico, que el Estado retome las riendas de ese universo tan proclive a los excesos. Más aún cuando líderes políticos e intelectuales advierten la necesidad inminente de controlar la “fuerza destructiva del capitalismo”.

El problema con lo anterior es que constituye una reconstrucción deficiente de la historia, que por tanto tergiversa la explicación teórica de los fenómenos involucrados, y deriva en falsas soluciones. Los políticos de turno se apresuran a llevar a la práctica estas soluciones, porque los electores se encuentran expectantes y quieren show, quieren un Gobierno activo que los proteja de los malos. Los ánimos guillotinescos se exacerban, empezando el ciclo de marchas y contramarcha de la tradición demagógica. La libertad y el erario público son los que siempre salen perdiendo, en beneficio de unos pocos: de hecho, el salvataje financiero implementado por Washington significó una mayor concentración del mercado bancario en EEUU.

Este documental, “Overdoze: the next financial crisis”, ofrece una explicación muy ilustrativa de lo que en verdad sucedió, y además hace una predicción acerca de la burbuja que actualmente están inflando los gobiernos con sus planes de salvataje. Intentaremos resumir y explicar (sin tecnicismos económicos, sino con lenguaje accequible para dummies, como el editor este blog) sus puntos más importantes, limitándonos únicamente a las causas de la actual crisis.

Existe una forma muy poco visible pero sumamente trascendente de intervencionismo estatal que se llama política monetaria. Los bancos centrales, por lo general, juegan con las tasas de interés—es decir, con el precio del dinero prestado—para alcanzar diversos fines económicos, y es a esto a lo que llaman política monetaria: fomentar la devaluación de la moneda, impulsar la concesión de préstamos y el consumo, etc.

La Reserva Federal de EEUU, a raíz de la burbuja dotcom, en 2001, bajó los tipos de interés para que sigan fluyendo los créditos y no baje el consumo, para de esta manera evitar que el nivel de crecimiento económico se vea afectado. Esta medida, como señaló entonces el mandamás de la Fed, Alan Greenspan, estaba orientada a mantener inflar otra burbuja, para que los precios no bajen y se mantenga la fiesta hasta un cierto punto. Nadie se imaginó entonces que poco después vendría el atentado del 11-S. Ante esta hecatombe, la Fed vuelve a aplicar la misma receta para evitar el colapso económico, y baja aún más los tipos de interés, a mínimos históricos, en los que se mantiene por muchos años.

Gobierno interviene para salvar la economía de sí misma.

En teoría, las tasas de interés tienen una función básica en la economía—al menos, hasta que pasaron a depender a la voluntad arbitraria del tecnócrata de turno. Cuando bajan, alertan a los inversores sobre la abundancia de ahorro; es decir, es una señal que indica que la preferencias temporales de consumidores han cambiado, que están dispuestos a sacrificar consumo inmediato por mayores gratificaciones en el largo plazo. Esto se da en sociedades que han alcanzado un cierto grado de prosperidad, donde existen instituciones legales y un grado de estabilidad política capaz de generar confianza a futuro. No obstante, un día los gobiernos descubrieron que se podían saltar todos esos pasos lógicos, y que simplemente podían jugar con los tipos de interés a su antojo, especialmente para causar subidones económicos.

¿Que las exportaciones están bajando porque otros competidores producen mejor y/o más barato? No te preocupes, un toque aquí y allá, bajamos las tasas, aumentamos así la oferta de dinero y ya lo tienes: devaluación monetaria. De la noche a la mañana, nuestra moneda vale menos frente al euro, y al importador europeo le resulta más barato comprarnos a nosotros. Todos contentos. El Gobierno recibe aplausos de sectores exportadores que no tienen tiempo para mejorar sus niveles de competitividad, y que ahora lo vanaglorian por haber salvados los “miles” de empleos que ellos, autoproclamados gendarmes de los intereses económicos de la nación, representan. El hecho de que le hayas encarecido la vida a los consumidores con la inflación creada y, por tanto, recortado el nivel adquisitivo de esos mismos trabajadores que dicen defender, no importa mucho.  Lo importante es el efecto inmediato y mediático, el subidón.

Lo mismo sucede cuando se bajan los créditos para “incentivar” la economía, se busca el efecto inmediatista creando una burbuja de gasto que está por encima de la capacidad adquisitiva real de los ciudadanos, financiado todo con deuda y no con ahorro. En tiempos de shock social, como el del 11-S, se recurre a este mecanismo para evitar que los bancos y empresas paralicen sus actividades.

Lo explica Juan Carlos Hidalgo, del Cato Institute:

Greenspan se gestó su reputación al frente de la Fed por el llamado “toque Greenspan”, el cual consistía en bajar las tasas de interés en tiempos de aprietos económicos con el fin de estimular la economía a través de mayor liquidez. Así lo hizo luego del “Lunes Negro” de 1987, cuando la Bolsa de Valores de Nueva York experimentó su mayor caída porcentual en un día (22,61%), desatando el pánico financiero a nivel mundial. El toque Greenspan funcionó, y luego fue puesto a prueba en otros episodios de incertidumbre política y económica: la Guerra del Golfo, la crisis del Tequila, la crisis asiática y finalmente la “burbuja punto com”. Una y otra vez la política de reducir las tasas de interés fue implementada con relativo éxito a lo largo de los años, así que cuando esta última recesión producto del estallido de la “burbuja punto com” golpeó a la economía estadounidense —aunada a la incertidumbre generada por los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001— Greenspan procedió a implementarla de nuevo.

De tal forma, a inicios de enero del 2001 la tasa de fondos federales se encontraba en 6%, pero fue cayendo hasta cerrar el año en 1,75%, y permaneció por debajo de esa cifra por casi 3 años. Aún cuando la economía ya estaba saliendo de la recesión del “punto com”, la Fed continúo con las tasas de interés bajas e incluso la recortó a 1% en junio del 2003, donde permaneció por todo un año

Con las tasas de interés más bajas de los últimos 50 años, la Fed envío una señal clara a los actores económicos: ‘No es momento para ahorrar. Gasten. Endéudense’[1].

Es como si, ante una pelea en una fiesta, el dueño de la casa decide subir la música y repartir más alcohol para que no se desanime el evento. El problema es que la lógica de la economía no funciona así, por más que nos empeñemos en ello.

Comienza la fiesta: dinero fluye

Como apuntamos antes, cuando las tasas bajan se envía una señal: hay ahorro. Lo malo es que, si el nivel de la tasa de interés no depende de ese requisito previo sino de la voluntad de un burócrata, lo que se envía es una señal falsa. Lógicamente, los empresarios y consumidores no pasan por este paripé teórico, por la misma razón que la mayoría de nosotros compra más unidades de un determinado producto por el simple hecho de que está a menor precio, y no conocemos si tal descenso se debe a las fuerzas de mercado o a una imposición reglamentaria que puede generar escasez en el futuro.

Así, los empresarios simplemente ven tasas de interés más bajas, que significan dinero prestado más barato, y por tanto se embarcan en proyectos a largo plazo que no hubiesen considerado tan ligeramente con tasas de interés más altas (recuérdese aquí que, en teoría, la abundancia de capital se debía al sacrificio en el presente). Por su parte, los consumidores hacemos lo mismo, y empezamos a consumir e invertir ese dinero que nos ofrecen los bancos—quienes ahora quieren generar volumen para compensar el descenso de ingresos que significan tasas más bajas de interés—en bienes y servicios que están por encima de nuestras actuales posibilidades. Y lo primero que todos queremos asegurar en nuestras vidas es una casa propia, por razones emotivas, sicológicas y económicas bastante evidentes. ¿Ahorrar?, ¿para qué ahorrar?, eso era algo que ya no se usa. Ahora con 25 años de edad puedo comprarme esa casa por la que nuestros padres hubieran tenido que ahorrar décadas, y sólo hace falta que vaya al banco y demuestre que tengo ingresos aquí y ahora para pagar las mensualidades de la hipoteca. ¡El ahorro es cosa de antes! Esta escena no sonará tan ajenas a quienes han vivido en países como EEUU, España o Irlanda durante los últimos 6 o 5 años.

Esto genera una espiral, un shot de placentera morfina se desplaza por el sistema sanguíneo de la economía; nos adormece, conforta y relaja. La feliz pareja recién casada compra el departamento de sus sueños, con dinero prestado fácilmente por el banco a treinta años. El constructor recibe este dinero contento, con el que luego paga a los proveedores, a los albañiles, a los arquitectos e ingenieros, etc. Incluso las administraciones públicas—y es especialmente a nivel municipal— reciben su parte, con los impuestos y tasas que generan la construcción de nuevos inmuebles y las transacciones comerciales que se generan. Por otra parte, el banco dio a la feliz pareja un dinero extra en el préstamo para que financien esa cocina italiana de sus sueños, y un viaje por Indonesia. Total, 20 mil euros extra no hacen mucha diferencia en las cuotas mensuales. Esto se multiplica ad infinitum y empieza el ciclo de prosperidad que a todos hace felices. Florecen nuevas tiendas de lámparas caras, supermercados por todas partes para abastecer a esas nuevas familias que tienen su casa nueva, agencias de viaje, estudios de arquitecturas que no dan abasto ante la demanda de servicios, nuevas empresas inmobiliarias, gasto en publicidad, abogados, asesores, etcétera, etcétera, etcétera. Y lógicamente el gobernante de turno sacará el pecho orgulloso por haber logrado un ritmo de auge económico nunca antes visto. Ni a su almohada le confesará que más bien no entiende de qué va todo esto.

En Europa, pasó algo muy parecido, como bien apunta Juan Ramón Rallo:

Por mucho que los socialistas de todos los partidos se empeñen en que la crisis actual se ha debido al turbocapitalismo desrregulado, la realidad es que la depresión ha sido provocada por un torrente de crédito artificialmente abaratado que los bancos centrales –monopolios estatales de la emisión de dinero– introdujeron a machamartillo en el mercado. En Europa padecimos lo nuestro con el Banco Central Europeo (BCE): el mismo Trichet que hoy amenaza con subir los tipos de interés no tuvo ningún remordimiento en colocarlos al 2% entre 2003 y 2006 para que la gente se sobreendeudara[2].

Los bancos también animan la noche.

Existen otros factores fundamentales, y relacionados también a la intervención del Estado en la economía. El más importante de ellos es del sistema de reserva fraccionaria, privilegio que sirve de base del funcionamiento de la mayoría de regímenes bancarios en el mundo. En pocas palabras, consiste en un privilegio otorgado a los bancos para crear dinero de la nada, mediante malabares contables que resultaran manifiestamente ilógicos si no fuese por el denso barniz de tecnicismo retórico que los cubre. Esa explicación, no obstante, desborda nuestro objetivo en este escrito (y probablemente nuestros conocimientos), así que nos limitamos a recomendar explicación de Jesús Huerta de Soto sobre el tema:

Los precios suben, todos bailan.

Y en medio de todo esto, empiezan a subir los precios más y más, por una simple aplicación de la básica ley de la oferta y demanda. La demanda de bienes de consumo (aquellos que compramos para consumir inmediatamente) y capital (aquellos que nos sirven para producir otros bienes y servicios) crece desproporcionadamente, fruto de la intervención del Estado por medio de la fijación de bajos tipos de interés. Más gente con más dinero en los bolsillos compitiendo por recursos relativamente escasos; esto lleva a que suban los precios: hay que ofrecer sueldos más altos para atraer trabajadores, honorarios más altos para los arquitectos y técnicos, precios más elevados por los materiales y maquinarias, etc. Y todos felices en el fondo, porque si bien los precios se elevan los ingresos de la mayoría suben casi en la misma proporción. Los políticos se apresuran a inaugurar obras y más obras, con este magma de dinero que entra en impuestos; y cuando estos ya no son suficientes también se unen a la espiral de endeudamiento, porque esta fiesta parece no terminar nunca y siempre se podrán pagar las deudas mientras dure.

La “justicia social” se une a la farra.

Y por si esto fuese poco, viene el Gobierno a con más champán para el festejo. Comienzan los subsidios a las hipotecas de aquellos pobres que no pueden sumar a la fiesta porque sus ingresos son tan bajos que ningún banco quiere darles préstamos. Todos tenemos derecho a una casa propia, al American dream, apuntaba henchido Bush mientras anunciaba su programa de incentivos fiscales y subsidios estatales para aquellas personas de bajos ingresos, y en especial para las minorías raciales: “A Home of your Own”, se llamaba el programa. Sumado esto a las entidades Freddie Mac y Fannie Mae que aseguraban prestamos hipoteca actuando bajo la garantía y el patrocinio del Gobierno. Hidalgo apunta:

Recordemos que el crédito “subprime” es el que se le entrega a gente con capacidad de pago comprometida. El financiamiento de este tipo de préstamos por parte de Fannie Mae y Fredie Mac tuvo un efecto importante: En el 2003 los créditos chatarra representaban el 8% de todas las hipotecas en EE.UU. Eso aumentó al 18% en el 2004 y al 22% en el tercer cuatrimestre del 2006. Cuando el mercado estaba en su punto más alto, el 40% de las hipotecas adquiridas por Fannie y Freddie era subprime[4].

Ya no sólo no hacía falta ahorrar, ya ni siquiera hacía falta ser solvente o tener un mínimo de credibilidad financiera. Si lo que quieres es una casa, you got it. Un nuevo mensaje tácito a los banqueros: ahora sí presten a mansalva, que si los deudores no responden, yo papá-Estado les pago la entrada y además respondo por ellos. Y con este humanitario gesto por parte del Gobierno americano la cuestión de las hipotecas basuras pasa de ser un problema excepcional a convertirse en una enfermedad crónica que se cuela rápidamente por todos los conductos financieros, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo entero. Los bancos hicieron abultado portafolios de títulos respaldados con hipotecas “a prueba de todo” y los vendieron como pan caliente en Wall Street.

El funcionamiento de este proceso de “infección” en el mercado financiero está muy bien explicado en el documental infográfico, “The Crisis of Credit”.

Cuando invertimos, buscamos por lo general aquello que nos de certeza en el futuro. En el mercado financiero, tan volátil y complejo, cualquier resquicio de certeza es aún más apreciado. ¿Cuál es entonces la reacción natural si te dicen que inviertas en instrumentos financieros respaldados con hipotecas, los cuales están garantizados con el aval de los Estados Unidos? Más aún, ¿qué reacción podemos esperar cuando vemos que todos lo están haciendo, y que todos se están forrando de dinero con ello? La respuesta es bastante predecible: una avalancha de inversionistas comprando y vendiendo estos títulos. Nadie comprende nada de ellos, pero eso no importa porque al final del día están respaldados nada más y nada menos que por el todopoderoso Gobierno americano.  Y así el jefe de la oficina de ese pueblo perdido en Castilla-La Mancha, en España, convence a ese par de ancianos de que pueden multiplicar en pocos años sus ahorros si invierten en “credi-defal-suas del “Citiban”, que están garantizados con la hipoteca de algún señor en Detrói.

Party is over

El problema es que la lógica económica siempre termina por colarse y aguar esas fiestas a las que no se siente invitada. Y lo hace siempre cuando los cortesanos de la justicia social, el colectivismo y el estatismo más animados se encuentran. Se puede demorar uno o varios años, incluso una década si tenemos suerte, pero siempre llega al final, pero mientras más tiempo le toma más trágico es el final, y más áspera la resaca.

Un día, algo falla, y nos damos cuenta que todo era mentira, que estabamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, que no eramos más productivos, ni más competitivos, sino que todo era un espejismo. Llamamos nuevamente a las puertas del Gobierno, porque no nos resignamos a que se acabe la fiesta. La empresas piden que las salven de nuevo, y usan de pretextos los miles de puestos de trabajos que dependen de ellas, directa o indirectamente. Los políticos no quieren perder elecciones, lo cual sucedería si le dijesen a sus electores la verdad: hay que apretarse los cinturones y dejar que este proceso nos devuelva a la realidad.

No. ¡Que siga la fiesta!

Revienta la burbuja y nos dimos cuenta que todo era mentira, que efectivamente el camino de la auténtica prosperidad no es tan corto ni tan fácil. Una simple verdad, casi clichetesca, pero contundente. No obstante, los ciclos electorales son cortos, y ningún votante quiere escuchar razones complicadas, ni saber que su nivel de vida era irreal, que era una mentira que sólo se puede enmendar comenzando de nuevo. No, eso no da votos. Lo que el pueblo quiere es que mantengamos la ilusión, que inyectemos dinero a mansalva, para mantener inflada esa burbuja que ellos no comprenden ni tienen ganas de comprender ahora. Pero ya no hay dinero de los impuestos, ahora los gobiernos se ven presionados y empiezan a gastar dinero que no tienen, dinero que problabemente tengan que pagar nuestros bisnietos. Parches, parches y más parches, nos elevamos para volver a caer con más fuerza, en algún momento.  Y no sólo eso, sino que vemos como otros países repiten el mismo error.

Conclusión

Esto no será lo que enseñen en colegios y universidades a nuestros hijos, por la misma razón que a nosotros nos dijeron que todas las catástrofes económicas del siglo XX se deben a las salvajes fuerzas del capitalismo global. Siempre acudirá el Estado a salvarnos, y siempre nos dejaremos, temerosos ante la incertidumbre. Porque hace falta un esfuerzo individual grande para enterarse de estos detalles de la historia. Nada más práctico que la buena teoría, y nada más improbable en  la práctica.


[1] Juan Carlos Hidalgo, “Crisis financiera mundial: ¿Réquiem del capitalismo o del intervencionismo?”, disponible web del Instituto Cato: http://www.elcato.org

[2] “España sí es Portugal”, publicado, en La Gaceta de los Negocios, el 29 marzo 2011

[4] Hidalgo, Ibid.

Ni “propiedad”, ni “piratas”: sobre proteccionismo intelectual

Ni “propiedad”, ni “piratas”: sobre proteccionismo intelectual

Por Aparicio Caicedo, editor de Tartufocracia.com. Actualización del original publicado en LegalToday.com, en 2009.


Las nuevas tecnologías han puesto en jaque a disqueras, estudios de cine, programadores, entre muchos otros, frente a un público cada vez más renuente a pagar por lo que mira y escucha. La famosa Ley Sinde, aprobada recientemente por el legislativo español, levantó toda una polvareda mediática a raíz de la polémica con Alex de la Iglesia. El debate es intenso, y todos los que intervienen presentan argumentos legítimos y puede ser abordado desde diversas perspectivas. No obstante, hay una cuestión básica que debe ser zanjada de inmediato: ¿es correcto hablar de derechos de “propiedad” intelectual?

Las palabras siempre importan, y en el mundo de lo jurídico más aún. El derecho de propiedad es una de las bases de nuestro sistema jurídico. La defensa de la “vida, libertad y propiedad” de los ciudadanos constituyó la idea generadora del constitucionalismo liberal, y sigue siendo hoy la piedra angular de los ordenamientos jurídicos occidentales, la propiedad es reconocida como un derecho fundamental en la mayoría de países. ¿Es correcto encuadrar los derechos de patentes o los copyrights en esta categoría? Creemos que no. Estos derechos tienen una naturaleza distinta, constituyen una concesión temporal que hace el Estado, otorgando a un determinado sujeto el monopolio de uso y explotación económica de una determinada creación tecnológica o artística. Es un tipo de regulación, de intervención estatal, una interferencia del gobierno en la economía, que pone lo que normalmente es de dominio público (las ideas) bajo el control de un sujeto. El empleo del término “propiedad” ha sido siempre metafórico, tal como lo reconocían desde el siglo XIX los juristas anglosajones; fue empleado por primera vez en la Inglaterra del siglo XVIII, durante el auge de la revolución industrial.

El autor, creador o inventor carece, en relación con su idea, de uno de los atributos esenciales del derecho de propiedad, el ius abutendi, dado que no tiene el poder de hecho sobre la cosa, no hay dominio efectivo: todos pueden de hecho imitar o reproducir un idea, una canción, si cuentan con los medios necesarios. Por otra parte, la defensa de la propiedad ha sido tradicionalmente una defensa de la libertad, busca limitar el poder del Gobierno, no lo magnifica. Sucede precisamente lo contrario al invocar la protección de derechos de “propiedad intelectual”, cuyo cumplimiento lleva necesariamente a expandir la intrusión de Estado, de agencias administrativas, de leyes, limita la libertad de actuar los ciudadanos, nace de regulaciones artificiales. Como es bien sabido, las denominadas “leyes de propiedad intelectual”, como cualquier otra regulación estatal, se justifican únicamente en la medida que satisfacen su función social, en cuanto fomentan la creatividad y el avance tecnológico.

No obstante, no existe una sola prueba empírica concluyente sobre la relación causa-efecto entre un régimen estricto de patentes e innovación tecnológica, como bien apuntan James Bessen y Michael J. Meurer, en Patent Failure: How Judges, Bureaucrats, and Lawyers Put Innovator at Risk (Princeton University Press, Princeton, 2008). Incluso hay quien se atreve a señalar que los actuales estándares de la legislación de propiedad intelectual retrasan el avance en los niveles de innovación en sectores como el de la biomedicina (véase  Are Patents Impeding Medical Care and Innovation?)

El lobby de la PI ha escogido siempre cuidadosa e interesadamente los términos empleados por la legislación que protege su negocio, como ha señalado el economista Jagdish Bagwhati. Por ejemplo, la palabra “piratería” es un eufemismo que tiene un efecto muy importante en el público. La RAE define “piratería” como “robo o destrucción de los bienes de alguien“. El “pirata”, dice el diccionario, es una “persona cruel y despiadada”. Pocos defenderían a una persona “cruel despiadada” que “roba o destruye” la propiedad de otro. Sin embargo, si utilizáramos los términos correctos, diríamos que las descargas de música online, por citar el ejemplo más común, constituyen una infracción del monopolio de uso y explotación económica concedido por el Estado al titular de los derechos de autor de una determinada canción. La acción seguiría siendo ilegal, incluso reprochable, pero al menos no evocaría la imagen de Barba Negra saqueando un galeón español. Un ejemplo patético de la manipulación a la que somos sometidos son las imágenes que nos ponen en los cines y dvds antes de la película, en las cuales comparan directamente el robo de un vehículo con las descargas onlineilegales. 

Una de los estudios más completos sobre este tema es la obra de los juristas americanos Richard A. Posner y William M. Landes, The Economic Structure of Intellectual Property Law (2004). En dicho libro se analiza cómo la presión de los grupos corporativos ha servido para tergiversar los términos utilizados por la legislación. No obstante, hay que admitir que las dimensiones del debate son inabarcables. De lado y lado hay pretensiones legítimas, argumentos coherentes que vale la pena escuchar. Es curioso que en esta cuestión las críticas más lapidarias vengan por igual de ambos extremos del espectro ideológico. Los progresistas denuncian los abusos del lobby corporativo, mientras diversos analistas conservadores ven en las leyes de PI nichos de interferencia estatal en la libertad económica de los individuos, una fórmula de proteccionismo solapado en algunos casos nociva para la prosperidad general. En Against Intellectual Monopoly (2008), por ejemplo, Michele Boldrin y David K. Levine desdibujan muchas de las premisas sobre la conveniencia económica del régimen estadounidense de PI. En todo caso, poca duda cabe que un primer paso en el camino hacia un debate honesto sería empezar a llamar a las cosas por su nombre.  Ni “propiedad” ni “piratas”.

PD. Alex de la Iglesia estaba del lado de los buenos; Sinde, del lado de los malos.