El Intelectual y el Empresario

El Intelectual y el Empresario

Por Aparicio Caicedo C. 

Galeano: ejemplar de especie “tipicum intelectualus latinoamericanum”. Se lo reconoce por poner pose de bohemio parisimo mientras le hace odas a la Pacha Mama y reniega de cualquier cosa extranjera. Le cabrea el capitalismo, pero es best-seller del Corte Inglés. No muerde si su ego está alimentado.

Original publicado en El Universo.

Desde los días del imperio español, en América Latina se ha satanizado el lucro privado. Esa es una tara heredada del conservadurismo ibérico, fermentada por un nacionalismo cursi y gorilesco, con dosis crecientes de marxismo. En el terreno intelectual, esta tendencia es clarísima: no hemos tenido un solo Locke, un Bastiat o un Mises. Por el contrario, la mayoría de nuestros más notorios pensadores han sido eso que Popper llamó “enemigos de la sociedad abierta”, guardaespaldas intelectuales del caudillismo.

Hemos construido, en consecuencia, un muro artificial entre emprendedores del mundo de la cultura y aquellos del mundo de los negocios. Y ese ha sido un error que muy caro nos ha costado. Los empresarios latinoamericanos han olvidado la importancia de las ideas, y en consecuencia han despreciado, con pocas excepciones, a la cultura. La reacción es en parte una respuesta natural a la hostilidad habitual de intelectuales hacia “lo comercial”, pero también es consecuencia de una profunda banalidad torpemente confundida con pragmatismo por parte de los empresarios. Por el contrario, si hay algo que ha hecho bien la izquierda es cultivar las ciencias sociales, contando para ello con las arcas públicas. Y muchos de nuestros humanistas más brillantes se han refugiado en centros de estudio donde se fermentan toda clase de tópicos antiliberales (qué mejor ejemplo que la leyenda negra de la “larga noche neoliberal”).

Gran parte de esa intelectualidad latinoamericana, que enfrentó en décadas pasadas los peores abusos de las dictaduras militares, se ha reciclado hoy en legitimadores –directos o indirectos– del poder estatal. Ahí donde prevalece el caudillismo ocupan altos cargos, como funcionarios o asesores, reciben generosas ayudas y subsidios para sus proyectos. Pero ya no lo hacen para servir principios, sino al mesías de turno. Para ello han pasado años refinando sus premisas y tienen muy bien articulados sus argumentos contra el emprendedor privado. Más aún, no encuentran ningún tipo de contrapeso convincente en el debate. La defensa de la sociedad abierta casi no cuenta en nuestro medio con académicos equipados para contrarrestar los embustes teóricos del socialismo.

Hay que comenzar por superar esa falsa división entre el mundo de los negocios y el de la cultura. Pertenecemos todos a una sola categoría general: la del emprendedor, la del ser humano que decide perseguir sus fines de manera legítima, procurándose los medios necesarios en la medida de sus posibilidades. No existen clases sociales sino solo clases de personas, decía José Ortega y Gasset. La diferencia está entre aquellos que deciden tomar las riendas de su vida, exigiéndose más que los demás, y aquellos para los que “vivir es en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismos”.

La defensa de la libertad, además, no puede quedarse en la mera devoción retórica y emocional. Porque así quedamos desarmados ante los malabares argumentativos de toda una legión de cheerleaders intelectuales que conocen bien su guión. Por el contrario, necesitamos nichos de pensamiento, para profundizar en cuestiones éticas, filosóficas, económicas y jurídicas que resultan muy complejas, que requieren tiempo y dedicación. Sin ideas claras no tenemos rumbo, y somos incapaces de generar ilusión. Sin ideas solo queda una sensación ilusoria de pragmatismo.

#CasoSatya: no hay discriminación por orientación sexual

#CasoSatya: no hay discriminación por orientación sexual

Por Aparicio Caicedo C.

El famoso #casoSatya ha mantenido bastante ocupada a la tuitósfera últimamente. Y me ha tocado bailar con la más fea de la fiesta. Porque existe un consenso entre progres, casi progres, liberales y libertarios (manada a la que pertenezco) en que se trata de una terrible discriminación por la orientación sexual de las madres, una sociedad injusta y curuchupa que todavía señala con el dedo la homosexualidad, atavismos de raíz católica, bla, bla, bla. Y yo digo que no, y por ello me han llovido calificativos como “prejuicioso”, “discriminador”, “ignorante”, “conservador”, etc.

Bueno, el problema es que no puedo sacrificar mi compromiso con la lógica para quedar bien con la galería. Y la lógica me dice que este tema no es, ni por asomo, una cuestión de discriminación por orientación sexual. La orientación sexual de la pareja no juega ningún papel en el hecho de que se les niegue la inscripción de maternidad simultánea. Al registro civil le da igual, a efectos de inscribir a la nena, la orientación de los padres. Lo único que no puede hacer es alterar sin más los conceptos previstos en la ley y registrar más de una mamá por niño. Porque nuestra ley, arcaica o no, se asienta en el hecho que hoy parece controvertido de que los hijos tienen una sola mamá, de que no los paren dos ni tres al mismo tiempo. Uno puede estar o no de acuerdo con este concepto, a uno le puede parecer caduco, pero en todo caso no tiene nada que ver con la orientación sexual de los padres.

De hecho, podemos poner el ejemplo de un gay y una lesbiana que tienen relaciones sexuales, conciben, y van a inscribir a su hijo. El registro civil inscribiría sin ningún problema a ese chico. El padre y la madre le pueden decir: señor registrador, pero ambos somos abiertamente homosexuales, queremos advertir. Y el registrador les dirá: ese es su problema, a mí no me importa lo que les guste a ustedes, yo lo que registro es a un hombre que encaja en el concepto de padre (figura masculina y unipersonal en nuestra ley) y a una mujer que encaja en concepto de madre (figura femenina y unipersonal). Recapitulamos: la orientación sexual de los padres es indiferente para el Registro Civil, porque registraría a padres homosexuales, con tal de que sean una mujer y un hombre.

Por otro lado, imaginemos el matrimonio de mujeres heterosexuales que quieren registrar al bebe de una de ellas como hijo de dos mamás. Es decir, dos mujeres que por la razón que sea (amistad, conveniencia, etc, como sucede en matrimonios heterosexuales) se casan, aunque no se amen ni se atraigan sexualmente, porque la ley lo permite y deciden que ellas deben ser consideradas madres simultáneas, porque dentro de sus conceptos familiares ellas consideran que merecen tal calificativo y el reconocimiento del Estado. En ese caso, el registrador les diría: sí, las dos son heterosexuales, pero es que no puedo registrar dos madres porque la ley no me lo permite, me dice que hay una madre por niño, no dos ni tres. ¿Habría discriminación a los heterosexuales en este caso? No.

Mírenlo como quieran, pero en ese caso preciso no hay discriminación por orientación sexual. Porque el elemento determinante en la decisión del funcionario no es la orientación sexual de la pareja. Eso es irrelevante para él o ella. Lo determinante es que nuestra ley solo da la posibilidad de registrar una sola madre, sea esta lesbiana, punkera, pelucona, heterosexual, asexual, o lo que sea. El funcionario no está otorgando trato diferenciado por las preferencias sexuales de los padres, porque si fuera el caso de dos señoras heterosexuales que quieren hacer lo mismo tampoco podrían.

Conclusión: los conceptos y categorías familiares que contempla la ley ecuatoriana pueden ser todo lo caduco que quieran, y cabría un debate más maduro, lógico y menos rabioso al respecto, en vez de tergiversar los argumentos para despertar emociones justicieras. Pero el caso Satya no es un caso de discriminación por orientación sexual, miren por donde lo miren, porque la orientación de las señoras no tiene ninguna relevancia en la decisión del Registro.

Tres libros de Hayek disponibles online

Tres libros de Hayek disponibles online

Aquí tienes los links para descargar los pdfs de tres obras  de las obras más importantes del Hayek en su faceta de filosofo del Derecho y la Teoría política:

1. The Fatal Conceit, ([1988], Routledge, 1992)

2. Law, Legislation and Liberty ([1973] Routledge, 1998)

3. The Constitution of Liberty, The Definitive Edition ([1960] The University of Chicago Press, 2011)

Y la yapa: The Counter-revolution of Science (Free Press, 1955)

Esencia ideológica del correísmo descrita por Mises

Esencia ideológica del correísmo descrita por Mises

Por Aparicio Caicedo C.  

Leía este párrafo de Mises, en Human Action, y me parecía leer la descripción del Socialismo del Siglo XXI. Aplica casi perfectamente:

Los defensores del totalitarismo […] manipulan el significado de las palabras. Ellos llaman verdadera y genuina libertad la condición de los individuos bajo un sistema donde estos no tienen otro derecho que no sea obedecer órdenes [“mandar obedeciendo” dice literalmente el programa del Buen Vivir]. […] Ellos llaman democracia al método ruso [quien dijo ruso dice hoy cubano] de gobierno dictatorial. […] Ellos denominan libertad de prensa a esa situación en la que solo el Gobierno es libre para publicar libros y diarios [dicho de otra manera: un mundo en el que la “mayoría de la prensa sería pública”]. Ellos definen la libertad como la oportunidad de hacer lo “correcto”, y desde luego ellos se arrogan la capacidad de determinar qué es lo bueno y qué no lo es [mediante un Consejo de Regulación de los Medios y otros demonios]. Desde su perspectiva la omnipotencia estatal significa libertad plena [véase cualquier sabatina]. En liberar el poder de control gubernamental de todas sus ataduras [con cada ley nueva que aprueba dándole más poder] se encuentra la verdadera esencia de su lucha por libertad.

Moraleja: nada ha cambiado en los pretextos que estos farsantes dan para manejar nuestras vidas.

Ecuador: el ‘reality’ bananero

Ecuador: el ‘reality’ bananero

Por Aparicio Caicedo C. 

Original publicado en LibertadDigital.com.

El juicio de Rafael Correa contra El Universo ha sido una maratón del absurdo. Un circo romano posmoderno. Luego de que obtuvo el fallo definitivo en su favor, el César andino se tomó una semana para decidir si bajaba el pulgar, o lo subía. Estaba atrapado. La opinión del mundo entero se puso en su contra, y sabía que no podía seguir con un proceso que violaba las más mínimas pautas del sentido común. No hace falta ser un académico para percatarse de que una condena por injuria a tres años de cárcel y cuarenta millones de dólares, contra el autor de un artículo y los directivos del diario, está fuera de toda proporción conocida. Al final, el mashi (“compañero”, en quechua, como le gusta que le digan) decidió perdonar y pedir al juez que archive la sentencia.

Si tan solo hubieran guardado las formas, quizá se habría salido con la suya. Pero el despropósito fue demasiado burdo. Se pegó un tiro en el propio pie, e intentó salir caminando, para que lo aplauda la galería, aunque ya fuese tarde para recomponer su imagen exterior.

Así termina la primera temporada de un reality show que empezó el 30 de septiembre de 2010. Ese día, una protesta policial se convirtió en una crisis nacional gracias a la imprudencia de Correa. En una de sus recurrentes rabietas, al presidente no se le ocurrió nada mejor que meterse en medio de un cuartel de policía alzado en huelga. Al ver que los reclamantes seguían increpándolo, perdió los cabales en medio de gestos ridículos, cursis y desafiantes. La situación se descontroló, y Correa tuvo que alojarse en un hospital aledaño. Ahí se mantuvo, sitiado por los manifestantes. A pesar del “secuestro”, pudo decretar la censura de todos los medios privados, ordenándoles que se conecten a la señal del canal del Gobierno, y pudo también recibir la visita continua de sus colaboradores. Ocho muertos hubo en el país ese día, dos de ellos en la operación de rescate ejecutada para salvarlo.

Desde ese momento, las hordas propagandísticas del gobierno aprovecharon para empezar una caza de brujas mediática contra todo lo que se moviese. Intentaron vender la disparatada tesis de un intento de golpe de Estado. Culparon a la “extrema derecha”, a los orcos neoliberales, a los medios privados, a los partidos de la oposición, y hasta al chupacabras. Pero no fueron capaces de probar nada, hasta el día de hoy. Metieron en la cárcel a algunos policías insurrectos, calumniaron de “golpistas” a todo aquel que los criticó. Los enlaces televisivos de Correa se trasformaron desde entonces en una feria de elucubraciones, deshonras e insultos. Él decía que demandaba como ciudadano, no como presidente (sí, así de alucinante era la situación).

Un día el director de opinión de El Universo, Emilio Palacio, escribió un artículo ciertamente subido de tono, donde sugería que Rafael Correa había ordenador disparar a civiles para rescatarlo, cometiendo así un crimen de lesa humanidad. Aprovecharon el escrito y agarraron a su responsable como chivo expiatorio. Y ahí comenzó un juicio surrealista, lleno de irregularidades. El Gobierno no escatimó recursos en difamar día y noche a todo aquel que osó criticar su actitud. El proceso fue una parodia propia de Chaplin.

Y todo esto pasa mientras Ecuador se sumerge en el tribalismo económico más anacrónico. La carga tributaria ha subido sustancialmente. El gasto público llega a niveles históricos; de hecho, es de los más altos de América Latina en relación al PIB. La política arancelaria ha optado por el ostracismo, premiando la falta de competitividad de los empresarios locales. Se reparten puestos con buenos sueldos en una maraña creciente de agencias burocráticas. Se otorgan subsidios por todas partes. Ya ni el dinero del petróleo alcanza, y hay que pedir prestado. Casi no queda ámbito de la vida que no esté sujeto a regulación. La empresa privada se contrae, y solo se expande en aquellos sectores dependientes del leviatán estatal.

Como lo certifica la propia CEPAL, la inversión extranjera huye en estampida, a contracorriente de lo que sucede en Colombia, Uruguay, Brasil, Chile o Perú. La pobreza ha disminuido, sí, pero lo mismo ha pasado en el resto de la región. La diferencia es que Ecuador no aprovecha la racha y erosiona las bases de su prosperidad en el largo plazo, con las mismas recetas mesiánicas que lastraron el crecimiento del continente en el pasado. Esto se corroboró recientemente con el informe Panorama de Inversión Española en Latinoamérica 2012, el cual señaló el optimismo de los empresarios ibéricos con relación al futuro de América Latina, con la excepción de Ecuador, Bolivia y Venezuela, “mercados que suscitan más dudas en cuanto a su evolución económica”. Me pregunto qué tendrán en común estos tres.

Pero mientras la fiesta sigue y el dinero ajeno rueda, los votos se compran con subsidios. Además, muchos empresarios locales están muy cómodos con los contratos públicos millonarios y los aranceles proteccionistas adoptados. Y si el precio del petróleo lo permite, esto no tiene por qué acabar pronto.

El Universo fue uno más de muchos chivos expiatorios que han servido para avivar a las masas contra el “gran capital”, en términos del mashi. El pueblo quiere sangre (de la prensa, de los ricos, de la oposición, de quien sea), y mira el espectáculo con morbo guillotinesco. Correa sabía que tenía la opción de teatralizar con un perdón público. El mashi magnánimo, cómo no. Y así lo hizo. Y en esta estamos, ha

Los ‘indignados’ de mi barrio

Los ‘indignados’ de mi barrio

Por Aparicio Caicedo C. 

En  mi barrio hay tres clases de ‘indignados’: la china de la tienda, los jamoneros y el guitarrista francés. Quizá ellos no lo sepan, pero son unos verdaderos rebeldes, y yo los admiro. Todos los días se rebelan contra su destino de forma pacífica. Y con ello transforman su entorno, y el de todos los que vivimos cerca.  Nos hacen la existencia más cómoda, más sencilla, más barata, o simplemente mejor. Sin imponernos nada, sin quitarnos nada, sin tratar de dirigir nuestras vidas.

 La china de la tienda. Esta es mi favorita. Esa mujer nació y creció en China (obvio, porque si hubiese nacido en Perú sería más bien “la peruana de la tienda”). Apenas habla español, y trabaja como una posesa.

Yo suelo olvidarme de todo, y especialmente de las cosas que mi esposa me pide que compre antes de que cierre el super. Pero no pasa nada. Porque la “china de la tienda” está ahí, todos los días, hasta las 11-12pm. Y ella me entiende. Aunque no sepa cómo me llamo, y quizá tampoco le interese. Ella sabe lo que necesito, y me evita así muchos problemas en casa.

Quizá está indignada, pero no resentida. Lo cual es curioso, porque ella sí que sabe lo que es la probreza extrema, a diferencia de los jóvenes “rebeldes” que salen a romper cosas en Madrid o Barcelona.  Quizá a ella también le indignaba su condición, pero en lugar de quemar contenedores de basura decidió agarrar al destino por los huevos. Decidió emigrar a España y poner su tienda cerca de mi casa. Yo agradeceré siempre al Olimpo por esa feliz decisión.

Los jamoneros. Estos flacos son geniales. De verdad. Cuando vi que estaban poniendo una tienda de jamones y
embutidos, pensé: otra tienda más de jamones en España, oh, qué original. Pero me dieron un masazo en la boca, y me demostraron que siempre se puede innovar. Su estrategia de márquetin es brillante, aunque simple. Tienen un mostrador donde todas las mañanas ponen bocadillos de jamón recién cortado, detrás de una mampara de vídrio. Atrás están ellos con las patas exhibidas. Pasas por ahí y el cuerpo simplemente te arrastra para entrar. Es imposible no hacer un comentario, al menos, cuando vez esas lonchas celestiales recién cortadas. Además, está siempre abierto, incluyendo sábados y domingos. El horario lo ponemos los clientes, y no cierran hasta muy tarde. Son muy exitosos, en plena crisis.

Mientras los amigos jamoneros están rompiéndose el lomo, a pocos metros los “indignados” locales se reunen habitualmente para culpar al mercado de todo lo malo que sucede. Pero estos “avariciosos capitalistas” del jamón ni los escuchan. Están demasiado ocupados forjándose su propio destino.

El guitarrista francés. De todos los emprendedores de mi barrio, este es el más curioso. Su manera de encarar la crisis es la más estética, sin duda. Con una guitarra, un micrófono y un amplificador recorre todas las calles del Casco Viejo. No sé cómo se llama, y no entiendo las letras de sus canciones en francés, pero me gusta mucho lo que toca. Y le agrada también a la gente que pasa por ahí. El otro día incluso fui al bar y estaba él. Lo habían contratado para esa noche. Siempre que puedo le dejo algo, no mucho, apenas unas monedas sueltas. Pero él no está ahí exigiendo dinero ajeno porque lo “que él hace es cultura y la sociedad no puede vivir sin cultura”. No, él comparte su talento con todo el que pase, y a cambio solo te brinda la oportunidad de que los “subsidies” de forma voluntaria, en la medida que lo creas conveniente. Y esa es su particular forma de decirle al destino: a mí tú no me ganas.

No sé a ustedes, pero a mí estos tipos me parecen la utopía encarnada. Qué puede haber más heroico que perseguir tus propios fines de manera pacífica. Qué puede ser más admirable que trasformar tu realidad con aquellos medios disponibles–una pata de jamón, un sixpack de cerveza, o la canción que le sacas a una guitarra–, combinando así tu potencial creativo con el de millones de personas, cuyos nombres ignoras pero cuyas vidas haces mejor cada día; así, sin darte apenas cuenta.

Claro. Si la china, los jamoneros o el guitarrista francés deciden ahorrar, expandirse, contratar más gente y acumular el fruto de su esfuerzo, se convertirán con los años en esos orcos capitalistas, y será culpa de ellos que el Estado esté quebrado por la orgía de subsidios y prestaciones exigidos por aquellos que se dicen hijos de la utopía…..C’est la vie, dirá nuestro amigo, el guitarrista.

A título de bonus track, les dejo vídeo de otro emprendedor que hacía lo mismo que estos en el barrio donde viví durante 2010, en Santa Mónica (California). Lo grabé simplemente porque la canción me pareció buena; después me enteré que se llama “Doctor, my eyes”. Escúchenla.

Diplomacia económica de los founding fathers

Diplomacia económica de los founding fathers

Por Aparicio Caicedo C. 

Continuación de “La independencia americana y el mercantilismo británico“.

De 1775 a 1781, las colonias inglesas en Norteamérica formaron el Segundo Congreso Continental. Durante los días de la revolución americana, aquel órgano colegiado constituyó el primer intento serio por formar un gobierno común entre los enclaves coloniales rebeldes. Dicha asamblea fue responsable de la adopción de la Declaración de Independencia así como de los Artículos de la Confederación y Unión Perpetua. Adoptada en noviembre de 1777, los Artículos de la Confederación constituyeron una especie de Constitución transitoria o, más precisamente, un pacto de colaboración suscrito entre las legislatura de las trece colonias orientado a superar la campaña bélica con Gran Bretaña. Tal como lo establecía el artículo III: Los Estados mencionados por la presente entran severamente dentro de una firme liga de amistad unos con otros, para su defensa común, la seguridad de libertad, y para su bienestar mutuo y general, comprometiéndose ellos mismos ayudarse mutuamente, ante cualquier amenaza o ataque recibido por cualquiera de ellos, por razón de su religión, soberanía, comercio, o cualquier otra pretensión.[1]

Es pertinente resaltar es que la asamblea del Congreso en la cual resolvió la Declaración de Independencia fue presidida por el antes mencionado John Hancock. Aquel conocido contrabandista fue quien se había encargado de enardecer el ánimo separatista en la opinión pública. Hancock fue el primero de la lista en rubricar el acta por la cual se declaró la independencia de los Estados Unidos.[2] La presencia del conocido mercader constituye un indicio claro de hasta qué punto los ánimos separatista de las colonias tuvieron motivaciones económicas derivadas de la política comercial restrictiva de Londres.

Durante la mayor parte de la guerra por la independencia, el Congreso Continental sirvió de gobierno de facto de la precaria alianza entre las colonias rebeldes para gestionar las actividades de coordinación política necesarias para hacer frente a Inglaterra: organizar el ejército, establecer las directrices estratégicas de la guerra, y enviar representantes diplomáticos al extranjero para la negociación de tratados y alianzas con otras naciones. A partir de la ratificación de los Artículos de la Confederación, en 1781, por parte la legislatura de cada una de las trece colonias, el parlamento transitorio tuvo reconocimiento jurídico y fue denominado el Congreso de la Confederación.[3] El gobierno confederado se refería ya en esos días a la nueva alianza como los Estados Unidos de América.

La actividad diplomática durante los días de la gesta independentista se caracterizó por la improvisación. El manejo de la política exterior dependía del Congreso, por lo que cuestiones de mayor importancia debían ser resueltas en votación por los distintos representantes de los Estados confederados. En aquel entonces no había tiempo ni recursos para la creación de una estructura institucional organizada que se encargara de los quehaceres internacionales. Por lo general, los emisarios diplomáticos eran seleccionados de entre los propios miembros del Congreso, y designados para realizar encargos concretos. La principal inquietud del gobierno americano era lograr el apoyo de otras naciones europeas que le aseguraran recursos financieros y suministro de material bélico. Una de las movidas claves fue el envío de Silas Deane como agente comercial ante el gobierno francés, en marzo de 1776 –meses antes de la Declaración de Independencia– Una vez en París, Dean formó parte de la comisión tripartita formada además por Benjamín Franklin y Arthur Lee, encargada de negociar pactos estratégicos con la corona francesa. La presencia de los representantes estadounidense hizo posible el apoyo secreto del rey de Francia en aquel entonces, Luis XVI, a la causa independentista americana.[4]

 El Plan de Congreso: la búsqueda de acuerdos comerciales

En julio de 1776, el Congreso de la Confederación elaboró su agenda en política exterior. Su meta principal era el alcanzar reconocimiento diplomático y apoyo político por parte de las principales potencias europeas, ofreciendo a cambio la apertura de su mercado nacional. El Congreso de la Confederación estableció un plan especialmente dirigido a establecer un esquema de negociación de tratados de libre comercio. Ofrecerían de esta manera el acceso a sus mercados con la esperanza de que ello motivaría a las naciones europeas a reconocer las credenciales diplomáticas de este nuevo jugador del panorama internacional. John Adams, con la asistencia de Benjamín Franklin y otros, preparó un ambicioso proyecto que fue aprobado por el Congreso en septiembre de aquel año.

El plan mencionado se establecían dos alternativas con respecto a las condiciones esenciales de un potencial acuerdo comercial con otras naciones: En primer lugar, se recomendaba la inclusión del principio incondicional de trato nacional recíproco o, en su defecto, la adopción de la cláusula de la nación más favorecida. Por la primera condición –principio incondicional de trato nacional recíproco– se establecía que la contraparte se comprometiera a tratar a los mercaderes estadounidenses exactamente de la misma manera que trataba a sus nacionales.[5] No constituía precisamente un llamado a establecer relaciones de intercambio totalmente libres de obligaciones tributarias –dado que no implicaba la reducción de tarifas arancelarias–, únicamente requería que se cobraran las mismas tarifas oficiales que a los comerciantes nacionales. Los impuestos aduaneros eran fuentes demasiado preciadas de ingresos fiscales para la mayoría de gobiernos en aquella época. No obstante, el alcance de dicha cláusula podría haber significado concesiones muy importantes para los Estados Unidos. En caso de que otra nación hubiere aceptado un acuerdo en tales términos –que los productores de uno y otro país que firmaren el acuerdo compitan en igualdad de condiciones, con los mismos privilegios en ambos extremos–, ello hubiera significado que las potencias coloniales se vieran comprometidas a abrir sus dominios ultramarinos a las importaciones americanas. En virtud de la segunda alternativa propuesta del plan norteamericano –la cláusula incondicional de la nación más favorecida–, se incluiría en el acuerdo una disposición por la cual se comprometían a reconocer automáticamente los mismos beneficios a Estados Unidos que aquellos concedidos a otra parte más favorecida. El plan del Congreso americano también incluía una cláusula por la que Francia se debía comprometer a no imponer impuestos sobre la exportación de melaza de azúcar a territorio estadounidense, en obvia alusión a las restricciones impuestas años antes por la corona británica.

El Tratado Franco-Americano de 1778

El primer tratado comercial firmado por la nueva nación fue el Tratado Franco-Americano de Amistad y Comercio (Franco-American Treaty of Amity and Commerce), en 1778.  Paradójicamente, en aquel acuerdo no se recoge íntegramente ninguna de las dos opciones antes mencionadas, acordadas en el plan del Congreso americano. Únicamente una cláusula condicional de la nación más favorecida. De hecho, en septiembre de 1776, dos años antes de la firma del tratado con Francia, el Congreso resuelve dictar nuevas directrices por las que autorizó expresamente a sus representantes diplomáticos para que relajen sus posturas en ciertos puntos concretos.[6] Los negociadores americanos tenían órdenes precisas de enfocarse en lograr ayuda extranjera y no insistir demasiado en aquellas condiciones comerciales “poco prácticas” establecidas en el plan original, para así contrarrestar la agresiva política comercial inglesa y proteger sus barcos de los frecuentes abordajes británicos. Las cláusulas pertinentes del acuerdo señalaban:

Artículo 2do.

El Cristianísimo Rey y los Estados Unidos se comprometen mutuamente a no conceder favor alguno a otra nación, en relación al comercio y la navegación, que no sea extensible inmediatamente a la otra parte, quien deberá disfrutar dicho favor de forma gratuita, si la concesión hubiere sido hecha gratuitamente, o mediante la prestación de una compensación equivalente, si la concesión realizada hubiere sido  condicional.[7]

Artículo  3ro.

Los súbditos del Cristianísimo Rey deberán pagar en los puertos, carreteras, regiones insulares, ciudades y pueblos de los Estados Unidos o de cualquiera de ellos, ningún otro o mayor derecho o impuesto de cualquier naturaleza o denominación, que aquellos que la nación más favorecida esté o deba estar obligada a pagar; y deberán recibir todos los derechos, libertades, privilegios, inmunidades y exenciones relativos al intercambio, la navegación y el comercio, ya sea en la circulación entre los puertos de los distintos Estados mencionados, o dentro de los mismos, desde o hacia cualquier parte del mundo, que dicha nación goce o deba gozar.[8]

Artículo 4to.

Los súbditos, el pueblo y los habitantes de los mencionados Estados Unidos, y cada uno de ellos, deberán pagar en los puertos, Havens Road Isles, Ciudades y Lugares bajo la dominación de su Cristianísima Majestad en Europa, ningún otro o mayor Impuesto o Tributo, de la naturaleza que sea que estos sean, o la denominación que reciban, que aquellos que la Nación más Favorecida esté o deba estar obligada a pagar; y deberá gozar de todas los derechos, las libertades, los privilegios y las Inmunidades y Exenciones, en la navegación mercantil y el comercio, ya sea en el paso de un Puerto dentro de los dominios en Europa a otro lugar, o dentro del mismo, desde o hacia cualquier parte del mundo, que dicha nación goce o deba gozar. [9]

Como apuntamos, los términos se relajaron considerablemente en el acuerdo final con relación al plan original del gobierno estadounidense. Sólo se acordó una cláusula que reconocía forma condicional el principio de la nación más favorecida –artículo 2do.[10] En otras palabras, las concesiones otorgadas a terceros se hacían extensibles a la otra parte de aquel tratado únicamente si la aquella otorgaba concesiones similares a las realizadas por la tercera parte. Al parecer, las aspiraciones de la clase política norteamericanas se vieron truncadas por los requerimientos estratégicos. La confederación de las trece antiguas colonias no gozaba aún del peso necesario para negociar de igual a igual con las potencias europeas. Más aún, era dependiente del apoyo militar de Francia para sopesar la amenaza latente de Gran Bretaña.[11]

La corona francesa prestó una importante ayuda financiera a la causa independentista americana durante toda la guerra. El Tratado de Amistad y Comercio sirvió de precedente necesario para la refinanciación de la deuda contraída por el Congreso de los Estados Unidos. En julio de 1782, Benjamin Franklin, en calidad de embajador plenipotenciario del gobierno norteamericano, firmó con Francia un acuerdo de reestructuración del servicio de la deuda asumida por el gobierno estadounidense. Por medio de aquel instrumento, los Estados Unidos se comprometieron a rembolsar más de dieciocho millones de liras francesas abonadas por París desde 1778.[12] En febrero de 1783, el embajador Franklin consiguió un nuevo pacto por el cual afianzó un nuevo préstamo de  seis millones de liras, para sumarse al saldo anteriormente mencionado adeudado por el gobierno americano a la Corona francesa.[13] En ambos documentos se hace referencia a la importancia del fortalecimiento de las relaciones comerciales entre ambas naciones.

El Tratado de París de 1783 y la Segunda Ofensiva Diplomática

El 3 de septiembre de 1783 se firma el Tratado de París, entre Estados Unidos y Gran Bretaña, por el cual se pone fin a la cruenta guerra de independencia y Londres reconoce con resignación la independencia de sus trece enclaves coloniales. Sin embargo, la política comercial americana no se vio inmediatamente reforzada por el reconocimiento expreso de su independencia. Como lo señaló claramente Lord Sheffield, miembro del parlamento británico en aquel entonces: pasará un largo tiempo antes de que los Estados americanos puedan llegar a actuar como una única nación.[14] Ello significaba –como reconocía Paine–, en la práctica, que los británicos seguirían dominando el comercio de Norteamérica mediante la imposición de restricciones unilaterales. Desde su incendiario panfleto, Common Sense, Paine proclamaba en 1783 la necesidad de concertar una acción política común en materia de comercio exterior. De hecho, habiendo perdido los privilegios comerciales de acceso a los territorios del imperio británico, Estados Unidos tenía la eminente necesidad de concertar una estrategia común que le permita buscar nuevos mercados para sus productos.[15]

Ante la necesidad de romper la preponderancia económica de Gran Bretaña, hubo una segunda ofensiva diplomática en los días del Congreso de la Confederación. Uno de los principales medios para compensar la perdida de acceso a las Indias Orientales Británica era conseguir la autorización de otras potencia europeas para comerciar en sus territorios coloniales en Asia y América.[16] En 1784, en busca de reconocimiento diplomático por parte de otras naciones, el precario gobierno central americano siguió tratando de suscribir acuerdos con Europa. Thomas Jefferson, entonces miembros del Congreso, logró vencer el empecinamiento de sectores políticos que pretendían subyugar la aprobación de los acuerdos comerciales alcanzados a la ratificación de cada una de las legislatura estatales de la Confederación.[17]. El esfuerzo liderado por Jefferson no fue fructífero.[18] En la mayoría de los casos, las naciones del viejo continente miraron con desprecio sus propuestas americanas. El Reino Unido hizo caso omiso de sus ofertas.[19] Por otra parte, a pesar de haber apoyado secretamente las causas independentista americana, España no quiso apoyar más la causa revolucionaria ni dar accesos a sus colonias en América.[20] No obstante, se suscribieron algunos acuerdos comerciales de escasa importancia con otras naciones de Europa. En septiembre de 1785, se firmó un Acuerdo de Amistad y Comercio con Prusia en términos muy similares a los establecidos pocos años antes con Francia.[21]  A ellos se suman los instrumentos firmados posteriormente con el Reino de los Países Bajos en 1782, y con Suecia en 1783.[22]

La primera empresa diplomática del Congreso de Confederación no tuvo mayores efectos en suelo europeo, único destino posible de sus productos. Por esos días, los mercaderes americanos apenas iniciaban los primeros encuentros con países de Asia Oriental, por lo que todavía no se había planteado la idea de enviar misiones diplomáticas para suscribir acuerdos comerciales a esa región.[23] Sin embargo, como veremos más adelante, la ofensiva comercial diplomática abriría las puertas a futuros acuerdos con naciones de Oriente tales como China, algunas décadas después. Hasta entonces, la clase política americana se vio obligada a replantearse sus métodos en el panorama internacional y buscar la forma de ganar peso diplomático en el mundo.


[1] Traducción del texto original en inglés: The said States hereby severally enter into a firm league of friendship with each other, for their common defense, the security of their liberties, and their mutual and general welfare, binding themselves to assist each other, against all force offered to, or attacks made upon them, or any of them, on account of religion, sovereignty, trade, or any other pretense whatever.

[2] ALLAN, op. cit., p. 221.

[3] McCORMICK, Richard P.: “Ambiguous Authority: The Ordinances of the Confederation Congress, 1781-1789”,   AMERICAN JOURNAL OF LEGAL HISTORY, 41, 1997, p. 411.

[4] KENNEDY, Charles Stuart: The American Consul: A History of the United States Consular Service, 1776-1914,Greenwood Press, 1990, p. 5.

[5] El principio de trato nacional recíproco estaba contenido en los artículos I y II del plan:

ART. I: The Subjects of the most Christian King shall pay no other Duties or Imposts in the Ports, Havens, Roads, Countries, Islands, Cities, or Towns of the said united States or any of them, than the Natives thereof, or any Commercial Companies established by them or any of them, shall pay, but shall enjoy all other the Rights, Liberties, Priviledges, Immunities, and Exemptions in Trade, Navigation and Commerce in passing from one Part thereof to another, and in going to and from the same, from and to any Part of the World, which the said Natives, or Companies enjoy.

ART. II: The Subjects, People and Inhabitants of the said united States, and every of them, shall pay no other Duties, or Imposts in the Ports, Havens, Roads, Countries, Islands, Cities, or Towns of the most Christian King, than the Natives of such Countries, Islands, Cities, or Towns of France, or any commercial Companies established by the most Christian King shall pay, but shall enjoy all other the Rights, Liberties, Priviledges, Immunities and Exemptions in Trade, Navigation and Commerce, in passing from one port [Part] thereof to another, and in going to and from the same, from and to any Part of the World, which the said Natives, or Companies enjoy.

[6] Instructions to the Agent September 24, 1776. Disponible en: http://www.yale.edu/lawweb/avalon/diplomacy/france/fr1778i.htm

[7] Traducción del texto original en ingles del artículo 2 del tratado: The most Christian King, and the United States engage mutually not to grant any particular Favor to other Nations in respect of Commerce and Navigation, which shall not immediately become common to the other Party, who shall enjoy the same Favor freely, if the Concession was freer made, or on allowing the same Compensation, if the Concession was Conditional.

[8] Traducción del texto original en ingles del artículo 3 del tratado: The Subjects of the most Christian King shall pay in the Port Havens, Roads, Countries I lands, Cities or Towns, of the United States or any of them, no other or greater Duties or Imposts of what Nature soever they may be, or by what Name soever called, than those which the Nations most favoured are or shall be obliged to pay; and they shall enjoy all the Rights, Liberties, Privileges, Immunities and Exemptions in Trade, Navigation and Commerce, whether in passing from one Port in the said States to another, or in going to and from the same, from and to any Part of the World, which the said Nations do or shall enjoy.

[9] Traducción del texto original en ingles del artículo 4 del tratado: The Subjects, People and Inhabitants of the said United States, and each of them, shall not pay in the Ports, Havens Roads Isles, Cities & Places under the Domination of his most Christian Majesty in Europe, any other or greater Duties or Imposts, of what Nature soever, they may be, or by what Name soever called, that those which the most favoured Nations are or shall be obliged to pay; & they shall enjoy all the Rights, Liberties, Privileges, Immunities & Exemptions, in Trade Navigation and Commerce whether in passing from one Port in the said Dominions in Europe to another, or in going to and from the same, from and to any Part of the World, which the said Nation do or shall enjoy.

[11] ECKES, p. 6.

[12] Contract Between the King and the Thirteen United States of North America, signed at Versailles July 16, 1782. Disponible en: http://www.yale.edu/lawweb/avalon/diplomacy/france/fr-1782.htm

[13] Contract between the King and the Thirteen United States of North America February 25, 1783. Disponible en: http://www.yale.edu/lawweb/avalon/diplomacy/france/fr-1783.htm

[14] Citado por PAINE, Thomas, “Commerce with Britain and the Necessity of a Union” (Common Sense, 1783), Collected Writtings, The Library ofAmerica, 1995, p. 356.

[15] PETERSON, Merryl D.: “Thomas Jefferson and Commercial Policy, 1783-1793”, THE WILLIAM AND MARY QUARTERLY, 1964, p. 589.

[16] PETERSON, op. Cit, p. 593.

[17] Resolution on Treaties of Amity and Commerce, Apr. ?, 1784, in 7Jefferson Papers,

supra, at 203

[18] Congress, by the Confederation have no original and inherent power over the commerce of the states. But by the 9th article they are authorised to enter into treaties of commerce. The moment these treaties are concluded the jurisdiction of Congress over the commerce of the states springs into existence, and that of the particular states is superseded so far as the articles of the treaty may have taken up the subject. . . Congress may by treaty establish any system of commerce they please. But, as I before observed, it is by treaty alone they can do it. Tho’ they may exercise their other powers by resolution or ordnance, those over commerce can only be exercised by forming a treaty. . . If therefore it is better for the states that Congress should regulate their commerce, it is proper that they should form treaties with all nations with whom we may possibly trade. You seethat my primary object in the formation of treaties is to take the commerce of the states out of the hands of the states, and to place it under the superintendance of Congress, so far as the imperfect provisions of our constitution will admit. . . I would say then to every nation on earth, by treaty, your people shall trade freely with us, and ours with you, paying no more than the most favoured nation, in order to put an end to the right of individual states acting by fits and starts to interrupt our commerce or to embroil us with any nation. (Thomas Jefferson to James Monroe, junio 17 de 1785, Jefferson Papers, XXX, p. 227.

[19] GOLOVE, David: “Making and the Nation: The Historical Foundations of the Nationalist Conception of the Treaty Power”, MICHIGAN LAW REVIEW. 98, 1999-2000, p. 152-153? 1129.

[20] WERTZ, William F. y MORENO DE COTA Cruz del Carmen: “La España de Carlos III y el Sistema Americano”, FIDELIO, The Schiller Institute, primavera/verano 2004. Texto disponible en: http://www.schillerinstitute.org/newspanish/InstitutoSchiller/Literatura/Sinarquismo/CarlosIII/notas.htm#A022

[21] Treaty of Amity and Commerce Between His Majesty the King of Prussia, and the United States of America; September 10, 1785. Disponible en: http://www.yale.edu/lawweb/avalon/diplomacy/germany/prus1785.htm

[22] Curiosamente, aquel antiguo tratado suscrito entre Suecia y Estados Unidos fue invocado en los tribunales americanos, en 1930, dentro de un litigio por la herencia de un ciudadano fallecido de origen nórdico radicado en Estados Unidos. El Tribunal Supremo aceptó la efectiva vigencia del tratado aunque señaló que no era aplicable en aquel caso. (H. M., “The Todok Case”,  THE AMERICAN JOURNAL OF INTERNATIONAL LAW, Vol. 26, 1, 1932, pp. 144-146.

[23] COLE, Wayne S.: An Interpretive History of American Foreign Relations, Dorsey Press, 1974, p. 43.